martes, 26 de agosto de 2014

¿Qué Dios es creíble?


Hace unos días los informativos de todo el mundo nos sorprendieron con la noticia del asesinato de James Foley. Cuando vi la frialdad con la que su asesino amenazaba a todo Occidente en nombre de Dios, me quedé sobrecogido. Son muchas las noticias que llegan desde hace meses de Siria y de Oriente Medio en las que se nos muestran las atrocidades de las guerras y de las persecuciones religiosas que están habiendo.

Por si fuera poco, esta mañana he leído varias noticias en las que el recién autoproclamado Estado Islámico amenazaba de muerte al Papa Francisco por ser el representante de una religión falsa. Me sorprende que en nombre de Dios se lleguen a cometer actos como estos y no dudo que, dadas las circunstancias, van a cometerse muchos más. Pero me sorprende aún más y me asusta que se amenace al Papa en persona, porque amenazando al Papa declaran una guerra abierta contra todos los cristianos, sean católicos o no.

No puedo creer en un Dios que te obliga a ver a tus semejantes como tus enemigos. No puedo creer en un Dios que te obliga a aniquilar a sus criaturas como si esos actos formaran parte de su plan divino. Ese Dios no me parece Dios, pues es un Dios contradictorio e impotente que necesita la violencia para asegurar su ley divina.

Cualquier idea, sea filosófica, política, religiosa o de cualquier otra índole, que te hace ver a otro ser humano como un enemigo me parece una idea inhumana. A decir verdad, me parece irrealizable, porque una idea que destruye al ser humano se convierte en sí misma en una idea que es imposible llevarla a cabo. De igual modo, una religión que destruye al hombre no es propia de él ni de Dios mismo, porque un Dios que no es el Dios de todos los hombres, sino que es el Dios de unos pocos que se someten a Él y que no respeta la libertad de cada persona, es un Dios de nadie. A fin de cuentas: no es Dios.

En otro sitio escribí que “reconocemos las cosas cuando son buenas, sabemos quiénes son los demás cuando son buenos. El mal en el ser humano hace que su rostro se desfigure, que no sepamos quién es el que tenemos delante”. Cuando vi la noticia de James Foley y observé a su asesino con el rostro cubierto pude ver la vergüenza que trasmitía su odio: un hombre que cubre su rostro cuando realiza alguna acción no quiere comportarse ni que se le reconozca como hombre, no quiere que sepamos quién es. Un hombre que quiere ocultarse reconoce su delito.

¿Podemos decir que un hombre que justifica sus actos y que no quiere ser conocido está seguro de aquello que hace? ¿Acaso el hombre cuando actúa cumpliendo la voluntad de Dios se convierte en un desconocido, en un extraño para los otros hombres? O aún más, ¿creer en Dios implica dejar de creer en el hombre y odiarlo ejecutando su muerte?

Un Dios que te hace odiar a sus criaturas me parece un Dios absurdo. Ese Dios, si fuera real, sería un Dios que en la intimidad de su Ser entrañaría la contradicción y el odio al haber creado seres a los que desea destruir. Un Dios que además, en su contradicción interna, se destruye a sí mismo… sería un Dios temible, al que no podríamos reconocer, del que querríamos escondernos y al que odiaríamos por habernos arrojado a esta vida determinada por su maldad. Un Dios al que no podemos reconocer y en el que no podemos reconocernos todos los hombres, no es Dios.

Un Dios que obliga a sus fieles hacer uso de la violencia es un Dios incapaz de hacer que el Bien florezca en su Creación. Y un Dios incapaz no es Dios…

No obstante, estas noticias no son las únicas que han llegado del extranjero. Estas últimas semanas también están llegando las noticias de la expansión del ébola en África. Éstas también me llenan de temor e impotencia, pues es terrible ver el sufrimiento de tantas personas que están muriendo a causa de la enfermedad. Entre estas personas está el misionero español Miguel Pajares y otros misioneros y misioneras que trabajaban con él.

Viendo y comparando las noticias me preguntaba cómo era posible que el ser humano, haciendo la voluntad de Dios, pudiera llegar a hacer cosas tan distintas. La imagen de Miguel Pajares muriendo de ébola porque no quiso alejarse de los más desfavorecidos por su fidelidad al Amor de Dios y de los hombres contrasta radicalmente con la imagen del asesino de James Foley.

No todas las creencias religiosas son irracionales e inhumanas. Hay creencias que humanizan al hombre y que transforman a las personas haciendo que el fruto de sus obras sea un amor sacrificado que busca el bien de los que más sufren. No sólo eso, además es un amor que padece el sufrimiento del otro hasta identificarse con él, como hizo Miguel Pajares. En el misionero español podemos ver al Dios del que habla el Papa Francisco. Ese Dios pobre que lo da todo por los más pobres. Ese Dios sufriente que sufre con los que más sufren. Ese Dios que se hace hombre para salvar al hombre, para hacer que el hombre sea más parecido a Dios, para que sea verdaderamente imagen suya.

El Dios de Miguel Pajares y del Papa Francisco es un Dios que tiene rostro. Es un Dios del que tenemos noticia de que se hizo carne, y habitó entre nosotros (Jn 1,14). Es un Dios que manifiesta ternura, confianza y verdad, la verdad del amor auténtico de Jesucristo, que amó hasta el extremo (Jn 13,1).

Sinceramente, ese es el Dios en el que me atrevo a creer, pues es un Dios que me invita a creer mirándome desde el madero de la Cruz. Es un Dios que, indefenso, abre su corazón con los brazos extendidos y que te permite estar ante Él con la fidelidad de María y de Juan, la rabia de los fariseos, el miedo de aquellos que lo abandonaron o el escepticismo de Pilato. Es un Dios que cree en la libertad del hombre, la respeta y la ama. En su respeto descubrimos su Amor y su Omnipotencia, pues, a mi modo de ver, crear la libertad humana ha sido y es uno de los mayores actos de omnipotencia divina.


Si ese es el Dios que los asesinos de Foley consideran falso, con sus actos demuestran que es el verdadero: el horror de sus atrocidades pone de manifiesto que el mal desfigura el rostro del hombre y hace irreconocible la presencia de Dios en el mundo. Sin lugar a dudas, James Foley y Miguel Pajares me ayudan a convencerme y a creer que sólo el amor es digno de fe, ese amor que trasmite el Dios del Papa Francisco.

4 comentarios:

Caminar dijo...

Muy buena y profunda la reflexión. Lástima que haya quien no se plantee las cosas de ese modo. Pero no tengamos duda, el BIEN triunfará, no sabemos cuándo, pero vencerá.
Un saludo en Cristo

Rafa Monterde dijo...

Muchas gracias, María, por leer la entrada. Esperemos que las barbaridades que están ocurriendo cesen pronto. Hay que rezar mucho por nuestros hermanos perseguidos y por todos los que están sufriendo estas locuras.

Un saludo en Cristo.

Rocío Miralles dijo...

Leí hace poco un artículo en el blog de "Voces católicas" hablando de que esas barbaridades no las hacen y están de acuerdo los musulmanes y demás personas de aquella zona. Sólo son (vaya) unos cuantos radicales/extremistas. Si los "otros" salieran y vociferaran lo contrario a lo que dicen y hacen, esto sería otro cantar.

En fin, muy contenta por tus argumentaciones que va directas a la mente y al corazón. Espero que tengan su efecto y como dice "Caminar": el Bien triunfará, sólo hay que esperar con Fe y rezando por ello. ¡Saludos!

Rafa Monterde dijo...

Rocío, gracias por comentar.

La verdad es que estoy seguro de que el Islam que viven los terroristas no tiene nada que ver con el Islam mayoritario. A decir verdad, ese Dios que he descrito no es el Dios del Islam. Puede ser el Dios de cualquiera que vea el terror y la contradicción como una manifestación de Dios.

El Islam, como el judaísmo y el cristianismo, al ser una religión que desciende de Abraham, puede entenderse con las demás religiones monoteístas, porque en cierto modo comparte una experiencia del mismo Dios que las otras. Eso creo yo... Si no es así, que me lo explique alguien que sepa.

Pero bueno, la cuestión es que la violencia en nombre de Dios desdibuja siempre y hace irreconocible la presencia de Dios en el mundo. Y no sólo eso, hace irreconocible el rostro del hombre.

La brutalidad no tiene justificación alguna, como tampoco la tiene el mal.

Un saludo