viernes, 21 de noviembre de 2014

La belleza de la nada


El silencio tiene un encanto especial. Es misterioso. Hay algo en el silencio que te hace sentir que estás en presencia de algo sagrado y delicado. Es precioso. Te hace sentir que sostienes con las yemas de los dedos una tela finísima, casi imperceptible, que tienes que tratar con delicadeza para no rasgarla con la piel. Incluso una caricia prolongada puede desmenuzar el trenzado de sus hilos. Nuestra respiración puede acabar con el silencio, hacer que deje de ser y de estar presente ante nosotros. Esa es la ternura del silencio. No es físico, es espiritual. Solamente puede tocarlo nuestra alma cuando está en calma, cuando está limpia. El silencio es el vestido del espíritu. Hace que lo invisible sea perceptible, que tenga forma y podamos percibir su silueta y su perfume. El silencio viste de majestad aquello que se oculta, que pasa desapercibido, que puede quebrarse cuando pronunciamos una palabra y lo atravesamos con el sable de nuestra lengua. El silencio es la sinfonía de la nada. Es el canto de la verdad. Un canto que no rompe el silencio, que no lo rasga ni lo quiebra con nuestra voz. El silencio es una voz que habla un lenguaje. Un lenguaje que no dice nada porque no se escucha. Calla. Se mantiene en silencio. Ese es su lenguaje. Un lenguaje que no sabemos hablar. Tampoco deberíamos. Si hablamos el lenguaje del silencio, desaparece. Alguien blasfemó al hablar del silencio, al  pronunciar una palabra que se refiere a la ausencia de cualquier palabra, de cualquier voz que oculta aquello que es precioso, que es silencio, que es Dios. Dicen que es Palabra. Palabra que no se escucha, Palabra que es silencio. Silencio que lo dice todo, que  lo pronuncia todo. Pero se queda callado. Es la Voz que mantiene la tensión de cada palabra. Es la Palabra que hace posible mi voz. Si digo algo es porque Ella lo ha dicho. Pero guarda silencio. Deja que lo haga yo. No me doy cuenta de que lo hace. Guarda silencio y yo no la escucho pronunciarlo todo. Se esconde en la nada. Parece que es nada, cuando lo dice todo. La Palabra se esconde detrás de las palabras que podemos escuchar. Si guardáramos silencio, si la sinfonía de las palabras pronunciadas cesara un momento, quizá escucharíamos a la Palabra pronunciando cada una de las palabras, narrando la historia en la que están escritos nuestros nombres, cada uno de ellos. Pero no. La Palabra se viste de nada, se viste de silencio para que se escuchen las palabras. Palabras que enaltecen la nada del silencio, de la Palabra. La nada que es Palabra que se esconde, que deja que se escuchen las palabras. Palabras que ocultan a la Palabra, que se visten con la tela de la Palabra que ha rasgado la cuchilla de nuestra voz. La Palabra se oculta detrás de todo lo que se dice, detrás de cada palabra. Se oculta como la nada se oculta detrás de todos los seres para que pueda contemplarse el destello de cada uno de ellos. Como María. Como María cuando fue atravesada por la Luz. María, Miryam: la excelsaEs la elevada, en la que vemos la grandeza. La grandeza de la nada, la nada que deja ser, la nada que se oculta. La nada es magnánima, es María. María dijo Ecce ancilla Domini, aquí está la esclava del Señor. Ella se hizo nada, se hizo nadie, para que pudiese aparecer Él, para que El que es, sea, para que fuera Palabra, para que la Palabra fuera escuchada. La Palabra, que estaba en silencio, se anonadó, se hizo nada, María guardó silencio y su silencio iluminó el mundo con el Nombre de Dios: el Nombre sobre todo nombre. El silencio que me pronuncia y que puedo escuchar en los labios de María.

2 comentarios:

Rocío Miralles dijo...

Es precioso lo que has escrito. Tiene acompasamiento y sutilidad. En relación con otros escritos tuyos, éste es corto pero contiene mucho.
¡Son palabras mayores! La misma Palabra.
Me encanta el silencio y pienso que nos estamos perdiendo mucho al no escucharlo. ¡Vaya paradoja! Pues sí, pero al silencio se le escucha. Acallar las voces externas, los estímulos, los miedos y todo cuanto nos impide conocernos, conocer al otro y conocer al que nos habla en ese silencio: Dios.
Tenemos tanto que aprender de María...

Rafa Monterde dijo...

Rocío, perdona que haya tardado en publicar el comentario. Muchas gracias por leer la entrada y comentar. Tus palabras son muy generosas. Me hubiese gustado, ahora que lo leo con más distancia, expresar más cosas, quizá decirlas de otra manera. La figura de María hay que destacarla más: es importantísima. Si se profundiza en ella, se encuentra casi todo, ¡o todo!