jueves, 27 de noviembre de 2014

La esperanza del Adviento


Llega el tiempo de Adviento. Tiempo de espera, de vigilia. Tiempo que nos hace sentir aquello que nos trasciende y que consolida el tiempo haciendo que llegue la plenitud de los tiempos. Es un momento delicado, pues nos coloca en el borde de la Historia, como si estuviéramos en el Finisterrae y pudiésemos contemplar el horizonte de la eternidad y del infinito.

Casi parece un sueño, una ilusión. No sé si me llena de esperanza o de temor pensar que el tiempo, la Historia, pueden alcanzar su plenitud y elevarse hasta la misma vida de Dios. Cuando miro el cielo tengo vértigo: la profundidad de su abismo me hace sentir que si intento elevarme caeré y caeré sin llegar a ver el final perdiendo el conocimiento en el transcurso de la caída. Prefiero mirar al suelo, tener la vista fija en la tierra, para no ver cuán alejado estoy de Dios…

Pero es Adviento. Dios ha asumido mi tiempo, lo ha hecho suyo, y el abismo que nos separa ha dejado de atemorizarme. Ahora puedo contemplar la profundidad del infinito en los ojos de una joven que se llama María. Está encinta, esperando un niño. Me mira tranquila y veo esa plenitud tan propia de Dios, esa paz que es fuego, una llama que se imprime en el corazón y que lo sella con una cicatriz tan honda que trasciende el horizonte de este mundo.

No es el cielo lo que ahora me da vértigo. Soy yo. En mi pecho anida el vacío del horizonte de la eternidad. Ahora miro el mundo y soy incapaz de satisfacer los deseos de mi alma. Si intento negar a María, si tapo el hueco que me ha dejado en el corazón con la mano y miro hacia otro lado, el pecho pesa y se sumerge en la oscuridad del océano de mi cicatriz, de Finisterrae.

Hay que mirar a María, a aquella que ha acogido al Eterno, al Infinito en su alma y se ha llenado de gozo en la presencia de Dios. Es ella quien convierte mi  angustia en esperanza, quien transforma mi cicatriz en la fuente de la que manan ríos de agua viva, de agua clara y pura, y que hacen que el tiempo que vivo sea pleno.


Vivir el Adviento es creer en María, ver en su mirada la plenitud de los tiempos. Ella es la Virgen que es Madre, es el tiempo fecundo y pleno de la eternidad. Hay que estar vigilantes para contemplar su mirada, la mirada que proyecta la luz diáfana de la Verdad, de Cristo.

4 comentarios:

Caminar dijo...

Un 10, Rafa. Me lo llevo, sé que no te importa.
Santo Adviento y como comienza el Año de la Vida consagrada, una oración. Gracias.

Rafa Monterde dijo...

¡Claro que no me importa! ¡Muchísimas gracias! Un abrazo y mil oraciones.

Rocío Miralles dijo...

Pasado ya Adviento pero no Navidad hago mi comentario. La verdad que has plasmado a la perfección cómo se ve o siente uno ante este mes pasado... ¡Tan poca cosa y tan necesitada de mirar hacia arriba, hacia Dios y la Virgen! Pues así andamos algunos o intentamos hacerlo porque si no... Mal andaríamos. Me ha encantado, ¡gracias por tus palabras!

Rafa Monterde dijo...

¡Hay que atreverse a mirar al Cielo! Gracias por tus palabras, son muy generosas. Espero que estas Navidades las pases bien cerca del Belén con tu familia. Un abrazo.