domingo, 7 de diciembre de 2014

Leones por corderos

Roma está ardiendo. Esta es, quizá, la frase que hila toda la argumentación de la película Leones por corderos. El film dirigido por Robert Redford es un reclamo de responsabilidad ética ante una situación que nos es dada. Quizá, viendo la película, nos hacemos cargo de lo que supone la responsabilidad, que en su origen latino es respondeo: responder.

La película trata de la respuesta, del modo mediante el cual cada uno de los personajes, hasta los espectadores, se sitúan ante un conflicto que nos afecta a todos, como es la guerra de Afganistán, y que, en apariencia, solamente depende de aquellos que ostentan el poder de decisión política y estratégica.

Pero no. La respuesta al conflicto no depende solamente de los políticos, sino de aquellos que se atreven a mirar a los problemas a la cara, incluso de aquellos que se mantienen indiferentes. No caben sujetos pasivos, incluso la pasividad es actividad, decisión de uno ante el problema. Aquí está el debate entre Stephen Malley y Todd Hayes. El profesor universitario enfrenta a su alumno ante el problema y le reta a decidirse, haciéndole ver que la pasividad es una decisión que tiene consecuencias, que aunque los resultados de nuestras acciones no solucionen el problema, el hecho de no hacer nada supone una pérdida mayor que el haber intentado solucionar el problema en el que estamos implicados, queramos o no.

Personalmente, esto me ha recordado el planteamiento socrático de la ética. Sócrates entendía que más vale padecer una injusticia que cometerla. En cierto modo, no buscar la justicia es una forma de injusticia. No arriesgarse por la justicia y comprometerse con ella es una manera de contribuir con la injusticia. Por ello, ser pasivos ante el mal es hacernos cómplices de él. Puede que buscando la justicia padezcamos la injusticia, pero al menos habremos salvado nuestra conciencia y seremos inocentes ante la mirada de todos aquellos que no hacen nada (o que sí que hacen) y, sobre todo, ante la mirada de nuestro corazón.

Este es el caso de Ernest Rodríguez y Arian Finch, dos jóvenes estudiantes que se comprometen con sus ideales de justicia y se enrolan en el Ejército de los Estados Unidos para combatir en Afganistán. Quienes hayan visto la película entenderán de lo que estoy hablando.

Dejar que arda Roma es peor que incendiarla, porque manifiesta la pobreza de nuestra voluntad, que es incapaz de reconstruir aquello que otros destruyen y de hacerse cargo de sí misma, dejando que la comodidad y las circunstancias rijan nuestra vida. Al actuar de este modo perdemos la oportunidad de ser autores y protagonistas de nuestra vida, porque son otros quienes, cometiendo la injusticia o enfrentándose a ella, escriben los capítulos de la Historia. Dejar que el curso de los acontecimientos dependa del azar o de las decisiones de otros es renunciar a la libertad, es dejar de ser persona, perder la oportunidad de serlo en plenitud.

Así es como, más o menos, le plantea el problema el profesor Malley a Todd Hayes. En cierta manera, el peor enemigo de los Estados Unidos no son los talibanes ni los terroristas que estrellaron los aviones contra las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001, son los ciudadanos americanos que optan por la indiferencia. Sin lugar a dudas, podemos afirmar que la indiferencia es la enemiga de la justicia y de la civilización.

Del mismo modo, justificar nuestras acciones, sean cuales fueren, para alcanzar la justicia es una manera de acabar con ella. Es el problema de los medios para alcanzar el fin propuesto. ¿Acaso podemos lograr el bien mediante el mal? ¿Podemos lograr la paz preparándonos para la guerra? El fin no justifica los medios, pero cuando no se sabe qué medios son justos, solamente podemos atenernos a los resultados.

Tal es la situación de Jasper Irving, el senador norteamericano que pretende cambiar la estrategia de acción del Ejército de los Estados Unidos en Afganistán. Su objetivo es la victoria, no el examen de conciencia por los errores cometidos en anteriores misiones. La conciencia debe examinarse una vez se haya alcanzado la victoria. La razón es la guerra: una agresión bélica no se soluciona con la diplomacia ni con la deliberación ética. Oculum pro oculo, dentem pro dente, ojo por ojo, diente por diente. Y no sólo eso: hay que acabar con el enemigo para ser garantes de la libertad que los Estados Unidos anuncian.

La responsabilidad ética de los dirigentes estadounidenses tiene un ordenamiento diferente, pues de ellos depende la veracidad de los principios de la libertad americana y no pueden dejarse humillar por aquellos que no los comparten o que los consideran una herejía, como es el caso de los radicales islámicos. Se trata de un conflicto cultural que no puede solucionarse mediante el diálogo, pues se trata de un aut-aut, de dos modos de ver el mundo contradictorios, dos modos de vida que ni la mejor de las tolerancias lograría armonizar con las leyes de un sistema democrático.

Quizá podemos decir que la actitud del senador puede resumirse así: la victoria o la muerte. Cuando la periodista Janine Roth entrevista al senador Irving se encuentra con el dilema moral de aceptar tales actuaciones o no, se pregunta si es un deber moral hacer públicas las verdaderas intenciones de Irving, que, bajo la bandera de la libertad y de la justicia, es capaz de hacer cualquier cosa para alcanzar la victoria. Hay que tener en cuenta que los Estados Unidos son la mayor potencia militar del mundo y que una decisión así podría suponer la guerra total, el bellum omnium contra omnes.

Si se llegase a esta situación, evidentemente el remedio sería peor que la enfermedad. Sin embargo, aunque no se llegase a una situación así, la periodista se pregunta si no buscar la verdad, si no esclarecer las verdaderas intenciones de Irving, es acaso una renuncia a la justicia, fracasar en su vocación periodística y ser infiel a sí misma, a los ideales que le han inspirado a trabajar siempre. Ella se encuentra con un problema inmenso: quizá las vidas de miles de personas dependan de la veracidad de sus palabras. Se da cuenta de que el silencio puede llegar a convertirse en un crimen.

La omisión de la justicia es una injusticia. ¿Ser o no ser justo? Esta es la cuestión. Quizá las palabras de Hamlet nos ayuden a enfrentarnos al problema y deliberar, como él, si vale la pena ser cómplices de la injusticia con nuestra indiferencia, con nuestra comodidad o con nuestro escepticismo. Ante la justicia no cabe situarse en un punto intermedio o quedarse al margen. Es un sí o un no el que hace que nos decidamos. Los peros, las ambigüedades y los  juegos de palabras colaboran para que no pueda alcanzarse y hacerse real.

Quizá nuestro modo de decir sí a la justicia sea lo que determine el lado en el que nos coloquemos, porque un no rotundo será, lo más seguro, una decisión demasiado extrema, una decisión que en los discursos sobre la justicia nadie quiere tomar por ser políticamente incorrecta. Mientras tanto, el debate ético omite la decisión por la justicia, perdiéndose en palabras bien escritas y en discursos que no se atreven a ver la realidad y a aquellos que mueren siendo víctimas del silencio o mártires de la verdad al haberse atrevido a acudir a los lugares donde es necesario actuar sin demora.

Las miles de mujeres violadas y asesinadas en Siria, en Irak, los niños muertos en la franja de Gaza, los cristianos decapitados y crucificados por el Estado Islámico, no pueden ser ya ni lo serán nunca sujetos que participen en una situación ideal de habla… La sangre de los inocentes ha empapado las páginas de nuestros discursos sobre la justicia, la igualdad y la tolerancia; nuestros ideales están enterrados bajo los cadáveres de todos aquellos que han perdido su vida ante la boca de los fusiles de asalto o el filo de los puñales y yacen ahora en una fosa común.

Nuestra realidad supera la ficción. Roma no solamente está ardiendo en la película: el Oriente está en llamas y se están extendiendo hacia el Oeste. Nos enfrentamos al mismo problema, incluso aún mayor. Los resultados de nuestras decisiones los veremos dentro de unos años, pero no como espectadores de una película, sino como protagonistas del conflicto.

Tendremos que enfrentarnos al problema como el senador, la periodista, el profesor o el alumno. Incluso habrá que desempeñar nuevos papeles que no están previstos en el guion. La película nos puede ayudar a anticiparnos a los acontecimientos y a decidirnos de antemano por la justicia y arriesgarnos, como Sócrates y Hamlet, a ser fieles a la verdad aunque ello nos lleve a la muerte.

6 comentarios:

Caminar dijo...

¡Qué fuerte!.
Magnífico.
Un abrazo y buen día de María Inmaculada.

Rafa Monterde dijo...

¡Muchas gracias y un fuerte abrazo!

Abelardo dijo...

¡Eres muy grande! Gran reflexión, real cómo la vida misma.

Rafa Monterde dijo...

¡Muchas gracias, Abelardo! Un abrazo.

Rocío Miralles dijo...

Llego tarde pero llego. Leí la entrada y me pareció muy oportuna como la película que viste. No la conocía y gracias por la reflexión y paralelismo que has hecho.
Me impacta el mundo que tenemos hoy en día, lo que somos capaces de hacer y de no hacer las personas. Acabo de ver un reportaje fotográfico que muestra las diferentes realidades que hay en nuestro querido planeta Tierra. ¡Tan dispares! Tan duras unas y tan alegres otras. ¡Y eso a unos pocos kilómetros de distancia.

Por eso la importancia de saber para qué se está en el mundo, que somos Luz para el de al lado y no cenizas. Que no es el mundo para uno sólo ni yo solo para el mundo. ¡Responsabilidad a gritos! Y en todos los sentidos.

¡Un saludo y Feliz Navidad!

Rafa Monterde dijo...

Rocío, muchas gracias por tu comentario.

Cuando estuve en Nicaragua, me quedé sobrecogido al volver a casa, porque son unas horas en avión las que separan el primer mundo del tercero. Esa diferencia entre los mundos fue la que me hizo empezar a plantearme cosas. Y, fíjate, que ahora estoy acabando la carrera de filosofía. Conocer esa realidad me hizo entender que hay que ser responsables: hay que responder. No sé si hasta el momento lo he hecho, pero me estoy esforzando por ser capaz de hacerlo.

¡FELIZ NAVIDAD!