jueves, 22 de mayo de 2014

Cuando lo inesperado genera la esperanza

Vuelve a hablarse en el debate público del tema del aborto. Cuando se habla de ello prefiero no implicarme. La razón es la cantidad de sentimientos contrarios que genera y la capacidad que tiene este asunto para enfrentarnos con personas con las que nos cruzamos todos los días. Personas con las que quizá en más de una ocasión nos hemos reído o con las que hemos compartido algunos momentos de nuestra vida, pero que al hablar del aborto se convierten en contrarios, casi en enemigos… Y no entiendo por qué permitimos que personas que no conocemos, como son los políticos, generen tanta crispación entre nosotros.

Sin embargo, no puedo negar que el tema del aborto me afecta. Aunque prefiera mantenerme al margen, no puedo negar que el corazón me da un vuelco y me llena de tristeza ver la ira que produce un asunto tan delicado como es un embarazo. Personalmente, veo que tratamos el asunto según nuestros intereses. Intereses que pueden ser íntimos, morales, económicos, políticos o religiosos. Se trata de intereses que pueden estar legitimados o no según la visión de cada uno, pero que quizá no se hacen cargo de la realidad del embarazo.

No soy político, ni científico y tampoco pertenezco a alguna organización que se haga cargo de la realidad que viven las madres en la actualidad. Además, soy varón, y como tal, quizá, no sea el más apropiado para hablar de las preocupaciones que anidan en el corazón de cada mujer cuando se queda embarazada. Pero sí que tengo experiencia de lo que supone un embarazo dificultoso en el que la vida de la madre corre peligro.

Sin ir más lejos, mi madre se quedó embarazada de mi hermano pequeño hace ya once años. Fue lo que podríamos llamar un “embarazo inesperado”, pues estaba más que advertida por los médicos de que si se quedaba embarazada corría el riesgo de morir… A pesar del miedo, ella no dudó en seguir adelante.

Recuerdo que fue un acontecimiento que implicó a toda la familia, porque todos, dentro de nuestras posibilidades, hicimos lo posible para ayudar a mi madre. Familiares, amigos y conocidos se volcaron para que el embarazo llegara a buen término. No faltaron las dificultades, las críticas ni los comentarios que intentaban minar el ánimo de mis padres, pero todo ello hizo que ellos se abandonaran aún más en la Providencia de Dios y en la ayuda de aquellos que los apoyaron.

Fue una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida: todos pusimos de nuestra parte para hacer que la vida de mi hermano fuera posible y para que la salud de mi madre no corriera peligro. Mi padre demostró lo que es ser “un hombre todoterreno” que se adapta a cada circunstancia de su matrimonio.

Sólo puedo decir que la experiencia del embarazo de mi hermano me hizo comprender que trabajar porque la vida humana acontezca en este mundo vale la pena. Ahora mi hermano pequeño está a punto de pasar a 1º de E.S.O, que es el curso en el que yo estaba cuando él  apareció en nuestra familia, y me encanta ver que gracias a él mi familia se mantiene joven, porque la diferencia de nuestras edades nos obliga a comprender las vivencias de cada uno de los miembros de la familia. Ese “embarazo inesperado” nos hizo esperar la vida de mi hermano y llenó de esperanza nuestras vidas, porque nos obligó a todos a mirar hacia delante para preparar el futuro del más pequeño de la familia.


Desde entonces puedo decir que toda vida humana es una ocasión de futuro, una oportunidad para construir nuestra vida junto a los demás y hacer que nuestro mundo sea más acogedor y humano, un lugar en el que el amor se realice constantemente a pesar de las dificultades que surgen en el día a día…