lunes, 27 de octubre de 2014

Moon, una peli de astronautas


Ayer por la noche, después de ver una peli de romanos que me gustó mucho (me encantan las historias de romanos), hicieron en la tele una película de astronautas. Se titula Moon.

Cuando empecé a verla pensé que no me diría nada. Pero como no tenía sueño, me quedé hasta el final. He de reconocer que me llevé una sorpresa. Al principio me recordó a 2001: Odisea en el espacio, la de Kubrick, porque había un ordenador que hablaba con el protagonista y todo eso. Así que no pude evitar anticiparme a los acontecimientos y pensar que el malo de la peli era un ipod gigante al que se le funden los fusibles. Pero no fue así. El ordenador no era el malo de la peli.

También me acordé de Solaris, el film de Tarkovski. Ya que en Moon también hay casos de clonación y el protagonista tiene unos problemas de identidad considerables. También pensé que el malo de la peli sería uno de los clones. Pero no, los clones no eran malos y tampoco se volvían locos. Así que quedó descartada la psicopatía de los clones.

No obstante, el tema de la clonación me hizo pensar en el conflicto de identidad que padecen los protagonistas (¿o tengo que decir "el protagonista"?) a lo largo de la película. Cuando el protagonista se encuentra consigo mismo cae en la cuenta de que su identidad no es suya. Un filósofo diría que no es sí mismo. Es decir, que el encuentro consigo mismo es un desencuentro, una confusión, porque ninguno de los dos sabe cuál es su origen. No saben de dónde proceden ni si sus experiencias, sus recuerdos y sus afectos son suyos o son producto de una programación genética. Además de que no saben qué van a hacer en adelante.

La película se desarrolla en la luna, en una base que se encarga de recoger minerales y mandarlos a la tierra. Es futurista, como se puede ver. La verdad es que la situación me pareció una imagen bastante fiel de lo que le ocurre a la reflexión filosófica ahora mismo. Más bien al hombre contemporáneo.

El hombre contemporáneo tiene un control de la naturaleza como nunca se ha visto antes. En la película se puede ver eso: el hombre no sólo puede controlar la naturaleza con su técnica y su conocimiento, sino que es capaz de manejarla convirtiendo al ser humano en un resultado de su producción científica clonándolo en serie. Puede hacerse cargo de las leyes de la naturaleza hasta tal punto que puede decidir usarlas a su antojo. Pero la cosa no queda ahí. El hombre con su tecnología es capaz de crear autoconciencia cibernética, robots con conciencia de sí mismos y de los otros.

Como se puede ver, las capacidades del hombre son increíbles. Desde las cavernas hasta ese momento las cosas han cambiado bastante. Sin embargo, la confusión que padecen los clones me parece tremendamente realista. Ahora mismo el hombre no necesita encontrarse con su propio clon para quedarse desconcertado, porque lo cierto es que lo está.

A pesar de que el clon sería aquel producto en el que el hombre podría reconocerse a sí mismo en el resultado de su trabajo completando una especie de proceso de identidad dialéctica, el efecto que produce el encuentro con el clon es el contrario: una perplejidad total. En cierto modo, el encuentro con el clon me ha recordado a los intentos de autoconciencia absoluta que se han pretendido en la filosofía contemporánea.

Tras el entusiasmo de haber logrado reconocernos en nuestro conocimiento logrando una identidad total y absoluta, acontece la confusión, el desengaño, porque nuestro conocimiento no nos ayuda a saber quiénes somos. Conforme aumenta la precisión con la que conocemos el mundo se empaña nuestra imagen y no sabemos ya quiénes somos nosotros dentro de la inmensidad del Universo.

Esto, evidentemente, no lo dice la película ni es su trama. Aunque me lo ha sugerido. Se podrían destacar más cosas. Pero ahí dejo eso. Me ha encantado que una peli así me sorprenda. Os animo a verla. 

viernes, 10 de octubre de 2014

La (im)puntualidad de la filosofía

Dicen que la filosofía siempre llega tarde. Si lo dijeran por mí, desde luego estarían en lo cierto. La puntualidad no es una de mis virtudes… y no es porque me guste no tenerla. Aunque a decir verdad compararme con la filosofía y su impuntualidad sería como si intentara comparar mis habilidades futbolísticas con Cristiano Ronaldo o con mi hermano pequeño, que sin duda son más capaces que yo.

A pesar de que la filosofía siempre llegue tarde, por suerte hubo un filósofo que marcó el ritmo de las horas de su tiempo, porque Kant era más preciso en la medición del tiempo que todos los relojes de Königsberg. Quizá por eso insistía tanto en que el espacio y el tiempo eran formas a priori de la sensibilidad… Para Kant el tiempo era algo muy (a)priori-tario.

No lo había pensado nunca, pero es posible que por mi incapacidad para ser puntual es por lo que no soy kantiano ahora mismo. No sé si lo seré en algún momento de mi vida. Visto lo que hay hoy en día, no. No soy lo suficientemente puntual para ser autónomo y mi impuntualidad me encadena a esa heteronomía de la que Kant tanto huía. Como se puede ver, Kant y yo tenemos un ethos radicalmente diferente.

Aunque tampoco puedo compararme con Kant, no puedo decir que yo tenga un ethos diferente al suyo. Compararme con Kant sería como compararme con Cristiano Ronaldo: algo absurdo, porque yo no juego al fútbol y soy demasiado torpe para hacerlo. De igual modo, soy demasiado torpe para la filosofía. Yo no tengo la tenacidad de Inmanuel Kant ni de Hegel para ponerme a escribir libros tan largos y profundos como ellos... ¡El Whatsapp no me deja!

Lo que sí que tengo es cierta afición a la filosofía. Digamos que me gusta pensar cosas de filosofía. Por eso soy tan despistado e impuntual. Los que me conocen saben que es así. Por culpa de Kant llego tarde a clase, porque me despisto pensando en sus a prioris y en sus posibilidades del conocimiento y después no me acuerdo de la hora que es…

¿Cómo quiere Kant convencerme de lo que dice si me hace perder la noción del tiempo cuando me pongo a pensar las cosas que propone? ¿Cómo voy a entender que el tiempo es una forma pura de la sensibilidad cuando al ponerme a pensarlo se me pasa el tiempo volando? ¡Cuando me pongo a pensar la formalidad del tiempo, el tiempo se me escapa y dejo de percibirlo!

En fin, como se puede ver, por culpa de Kant llego tarde a clase. Creo que si Kant y yo intentáramos ser amigos, nuestra amistad no duraría más que mi retraso a la hora de llegar al sitio en el que hubiésemos quedado: él se esperaría tan sólo para decirme que “no tengo formas”… A lo que yo le diría que “tiene toda la razón del mundo” (nunca mejor dicho), porque yo no soy muy a priori. Sin duda alguna, no es posible forjar una amistad a priori, hace falta perder mucho tiempo en ella para que dé frutos, algo que Kant no se podía permitir.

Volvamos a mi gusto por la filosofía, que es comparable a mi impuntualidad. Me gusta pensar. No sé si lo hago bien, pero me gusta hacerlo. A los ojos de los demás parece que no haga nada, pero mi interior está en ebullición cuando lo hago. Esa es una de las cosas que más me fascina: el pensar en apariencia no cambia nada y dentro de uno mismo lo remueve todo. Ese es uno de los misterios más fascinantes de la filosofía. Quizá tenía razón Platón al decir que la filosofía era llegar más allá de las apariencias, porque aunque la filosofía no cambie nada en apariencia, aunque parezca una pérdida de tiempo, hace que se rasgue el velo con el que la apariencia cubre nuestra vista y nos descubre la luz que resplandece en todos los seres. Aunque sólo cambie nuestro interior, nuestra manera de estar en el mundo, de vivir y de ser, ya lo ha cambiado todo, porque para nosotros el mundo se vuelve nuevo cuando lo miramos después de haberlo pensado con paciencia y cuidado.

Por eso me gusta perder el tiempo pensando cosas filosóficas. Pensar hace que la vida, en tantos momentos monótona, sea apasionante con cosas que parece que no tengan importancia, cuando en realidad tienen una importancia muy grande.

Hace unos días me pasó algo así. No sé por qué, estaba pensando en el tema de las posibilidades del pensamiento, cuándo podemos decir que conocemos y todo eso. Tema que sin duda me supera, porque no me atrevo a decir cuándo podemos decir que conocemos y cuándo no. Pero el asunto es que me puse a pensar cuándo comienza el pensamiento, cuáles son sus inicios y sus posibilidades.

Así que, no sé por qué, pensé que lo posible en el pensamiento depende de aquello que se piense y de aquello que ya se conozca. Es decir, que si se intentan fijar las posibilidades del pensar, dichas posibilidades se fijan desde lo que ya se conoce. Si se quiere decir lo que se puede llegar a conocer, es decir, qué es el objeto del pensar, ya estamos pensando dicho objeto. Por ello, el objeto ya se encuentra en situación de conocido y es él el que está fijando la posibilidad de lo pensable en cuanto que éste es pensado.

Lo pensado (el objeto) marca ya la posibilidad del pensar. Si pensamos la posibilidad del pensar no nos remontamos a un locus del pensamiento en el que éste goce de una condición indeterminada y se encuentre sin lo que es pensado (el objeto). Lo que es pensado (el objeto) antecede a la consideración de las posibilidades del pensar ya, sin que se pueda prescindir de lo conocido (el objeto). Si intentamos remontarnos a una situación en la que el pensar se encuentra sin lo que es pensado (el objeto), no encontramos dicha situación, porque el pensar ya tiene lo conocido (el objeto) cuando intenta ver qué puede llegar a conocer. Ese es el límite del pensamiento: no es el pensamiento considerándose a sí mismo el que logra ver hasta dónde puede llegar, sino que es lo que se piensa (el objeto) el que ya fija el límite. El pensamiento no se-limita, sino que es limita-do por lo pensado (el objeto).

Se puede ver aquí cómo la filosofía llega tarde. Cuando la filosofía busca ver sus posibilidades, sus límites, ya se encuentra limitada por la posibilidad dada por el objeto conocido. Cuando la filosofía se pone a pensar qué es el pensar, estaba antes pensando para caer en la cuenta de que pensaba. Cuando intentamos ver si conocemos o si conocemos algo, ese algo ya es conocido por nosotros.

Sin lugar a dudas, la filosofía siempre llega tarde. Puedo decir que la filosofía es impuntual. No sé si por mi impuntualidad me gusta la filosofía o si me he vuelto impuntual al gustarme la filosofía, pero desde luego el tiempo es un asunto que no he entendido muy bien desde entonces.