martes, 2 de junio de 2015

El hombre que pudo reinar


El hombre que pudo reinar, ese es el nombre de la película. El título nos indica el desarrollo de esta aventura ideada por Rudyard Kipling en 1888 y llevada al cine por John Huston en 1975. El film contó con la participación de Sean Connery, Michael Cane y Christopher Plummer.

Connery y Cane interpretan a dos aventureros ingleses en la India que, tras servir como oficiales en el Ejército británico, firman un contrato ante Plummer, que da vida al mismo Kipling, prometiendo aventurarse en Kafiristán, una región del noroeste de Afganistán, para gobernar allí como reyes. 

La aventura está llena de simbolismo. Desde el comienzo, los protagonistas dejan claro que pertenecen a la fraternidad de los hijos de la viuda, la francmasonería. Ayuda a comprender algunas de las actitudes e ideas de esta sociedad, que tantas intrigas suscita cuando se la menciona. Quizá la aventura de Daniel Dravot (Connery) y Peachy Carnean (Cane) nos ilustre un poco con los símbolos de la película. 

Esta historia es un homenaje a la astucia y a la valentía. Podemos ver cómo la voluntad de dos hombres, en tierras desconocidas, puede ser suficiente para construir un mundo que, en apariencia, es imposible. Un mundo en el que el azar acaba convirtiéndose en destino. Un mundo en el los hombres pueden superar sus divisiones y unirse bajo un mismo símbolo... 

Sin embargo, se trata de un mundo en el que las palabras pierden su significado. Pues la verdad y la mentira se confunden con la luz de la ilusión y de los sueños. El precio de la verdad es demasiado alto... y su valor, incluso cuando se ha logrado construir un imperio, trasciende la fuerza de los hechos.

En un momento como el actual, en el que la política se encuentra sacudida por la frustración de la mentira y la esperanza de los nuevos proyectos políticos, es una película más que recomendable para valorar las consecuencias de nuestros actos. 


lunes, 18 de mayo de 2015

lunes, 6 de abril de 2015

Jesucristo, protagonista de la Historia


Es Domingo de Resurrección. Los cristianos celebramos una fiesta que da sentido a nuestra fe. La Resurrección de Jesús fue el acontecimiento que proyectó los corazones de sus seguidores hacia el horizonte de la Historia, hacia un futuro, tantas veces incierto, que desde ese momento tomaba la forma de la esperanza en la vida eterna.

Ya San Pablo, en el primer siglo del cristianismo, explicaba a la Iglesia de Corinto el valor de la Resurrección y el sentido que tenía. Gracias a ella, dijo que Jesús "se me apareció a mí también" (1 Co 15, 8). Es decir, que Pablo, a pesar de no conocer a Jesús en persona cuando predicaba en Palestina, tuvo la oportunidad de conocerlo porque está vivo. Por ese encuentro personal e íntimo, Saulo se convirtió en Pablo, en el Apóstol de los gentiles, y abrió la fe cristiana a las culturas con las que coexistía en aquel momento de la Historia.

Al escuchar el Evangelio de hoy, me he puesto a pensar en esto. He intentado hacer presente ese acontecimiento que ha marcado la vida de tantos desde el siglo I hasta ahora. Y, por ello, me pregunto si tiene algún sentido hablar de Jesucristo en la actualidad, si su persona tiene ese valor que tuvo entonces, cuando la esperanza de los hombres de aquel tiempo se proyectaba hacia un mundo que trascendía los límites del tiempo más allá de la muerte. 

Me pregunto si los cristianos del siglo XXI podemos decir, como Pablo, "si Cristo no ha resucitado, inútil es nuestra predicación, inútil es también vuestra fe" (1 Co 15, 14). ¿Podemos nosotros, como Pablo, encontrarnos con el Resucitado? ¿Quién de nosotros puede decirlo? ¿Quién ha conocido a Jesús como aquellos que le siguieron? 

De este encuentro depende nuestra fe, porque si no se da, ¿en quién creemos? ¿Cuál es nuestra esperanza? Quizá sea encontrar trabajo, pagar a Hacienda, poder jubilarse o conservar la relación con nuestra pareja, entre tantas otras. 

Pero... ¿creemos en Cristo o creemos en algo temporal, finito, que no puede durar más allá de la muerte? Si nuestra esperanza acaba con la muerte, quizá no podamos hablar de esperanza, pues se convierte en una palabra dura, casi cruel, cuando ante nuestra mirada se presenta la imagen poderosa de la muerte.

Sin embargo, esa imagen se vuelve frágil y se esfuma como el humo de un cigarrillo cuando el aire del sepulcro abierto de Jesús acaricia nuestro rostro. Jesús tiene esa capacidad. Fortalece lo que parece pasajero. Su Resurrección hace que nuestro encuentro con Él se convierta en algo revolucionario, pues las raíces de nuestro ser penetran la tierra fértil y fecunda de la eternidad.

La Resurrección ha cambiado el tiempo de la Historia. Antes la luz del pasado se difuminaba en la oscuridad del futuro. Ahora el futuro tiene forma y en el horizonte se proyecta la luz de un hombre nuevo que ya no teme a la muerte y que la ha vencido. 

Hay un amanecer que abre el futuro. Es la mirada de Jesucristo, que es el nuevo Sol. Ya no hace falta mirar atrás para recordar el tiempo en el que el Creador y la criatura estaban unidos. Delante de nosotros aparece la imagen del hombre que ha recuperado la armonía con Dios, de aquel que ha cumplido hasta el final la voluntad divina.

Desde ese instante, el cauce del tiempo se dirige hacia el corazón de Jesús, donde encuentra su plenitud. Su Persona atrae el movimiento de la Historia y la proyecta hacia su fin auténtico, el Cielo.

Por eso aún podemos, hoy, alegrarnos como se alegraron los primeros cristianos. La Resurrección de Jesús ha hecho que Él se convierta en una persona siempre contemporánea, actual, que guarda en su corazón la memoria de toda la Historia y que la funda, dándole forma y plenitud. 

Hoy podemos conocerle igual, o mejor, que aquellos que le conocieron entonces, porque el paso del tiempo nos ayuda a meditar y comprender con mayor profundidad nuestra fe. Conforme avanza la Historia, vemos más cerca la meta, el final del camino que inició María cuando dijo fiat mihi secundum Verbum tuum y que recorremos de la mano de Cristo desde el momento en el que nos atrevemos a abrirle nuestro corazón.

miércoles, 1 de abril de 2015

El valor filosófico de la enfermedad


Hay muchas formas de encontrar el sentido de la vida. También muchas de perderlo. Son esas ocasiones o momentos que llegan al corazón, que lo remueven por dentro y hacen que las seguridades o certezas que teníamos hasta ese instante se conviertan en dudas profundas y en interrogantes que no sabemos muy bien cómo resolver. 

El pasado jueves, cuando visité con los alumnos de 1º de Bachillerato un centro de enfermos crónicos, se convirtió en una de esas formas tan asombrosas. 

Algunos alumnos y profesores del Colegio Madre Sacramento fuimos al Cottolengo del Padre Alegre de Valencia. Yo tenía un vago recuerdo del lugar, porque fui de pequeño, creo que cuando comenzaba la E.S.O, y solamente unas pocas imágenes venían a mi recuerdo. Así que la visita fue casi novedosa.

Llegamos cuando comenzaba el mediodía. Nos recibió una de las monjas encargadas. Era menuda, con un pequeño problema de espalda que le impedía mover el cuello con soltura. Nos estuvo explicando las labores del Cottolengo, que recibe enfermos que  no pueden valerse por sí mismos, con deficiencias mentales y, siendo condición indispensable, pobres. En ese Centro, en concreto, atienden a mujeres.

Nos contó algunas anécdotas que nos sorprendieron a todos: cómo viven de la Providencia de Dios, de los donativos que les da la gente por caridad y cómo cada día es un acto de fe junto a los enfermos, que, como nos dijo ella, son un tesoro de Dios y el regalo que ellas tienen para conocer a Cristo.

Después nos enseñó algunos pisos del Cottolengo. Antes de ver a las residentes, nos pidió que entráramos en la Capilla y dijo que ese era el lugar más importante de todos, porque si no fuera por su amor a Dios y a la vida de oración ellas no podrían estar allí ni un momento. 

Tras rezar el Ángelus, recorrimos algunos pasillos, en los que había monjas y voluntarias cuidando de algunas mujeres que vivían allí. Una de ellas era paralítica e iba en una silla de ruedas. Nos contaron que, a base de empeño con los médicos, descubrieron que tenía un poco de movilidad en unos dedos del pie y consiguieron hacerle una silla adaptada para que pudiera moverse por sí misma.

Conforme pasamos los pasillos y habitaciones fuimos conociendo a algunas de las mujeres que viven allí y sus historias. La más joven tiene cuatro años y las mayores ya son ancianas. A todos se nos hizo un nudo en el estómago al ver el cariño y el cuidado que les brindaban las monjas y voluntarias, porque muchas de ellas padecían alguna deficiencia física. 

Cuando ves a enfermos cuidando a enfermos te planteas hasta dónde llega tu fortaleza, cuántas veces te has quejado por nimiedades y has dejado de pensar en los demás, mientras mujeres como las del Cottolengo dedican su vida al servicio del otro a pesar de sus límites físicos, que no son comparables con la grandeza infinita de sus corazones.

De hecho, este lunes, en el Colegio, en la clase de Filosofía, estuvimos compartiendo y comentando nuestra experiencia de la visita. Sin duda alguna, a todos nos llegó al corazón el ejemplo de aquellas mujeres. Incluso uno de los alumnos, uno de esos que son "tíos duros", pasotas en apariencia, reconoció que "le había tocado la patata". 

De los que fuimos, la mayoría eran alumnas. Así que recordaron multitud de detalles de la visita. Todas vieron, por ejemplo, la suerte de gozar de salud y, como yo, vieron que las dificultades que vivimos en nuestra vida cotidiana son minúsculas comparadas con las de las mujeres que viven en el Cottolengo. 

Sobre todo se dieron cuenta de una cosa: cuando das, cuando te das, ganas más de lo que pierdes. Más bien nos preguntamos si se pierde algo, pues todo son ganancias, bienes, cuando tu vida se basa en el servicio a Dios y al prójimo. Comentamos que el mayor beneficio que obtenían las monjas con los enfermos eran las sonrisas que les regalaban y que pudimos contemplar en sus rostros cuando nos recibieron las residentes. Sonrisas que se reflejaban, también, en los labios de las hermanas.

Nos detuvimos comentando que la mayoría de las monjas que ayudaban allí tenían deficiencias físicas. Eso no encajaba dentro del esquema natural al que estamos acostumbrados, en el que es el fuerte quien ayuda al débil en el mejor de los casos. Allí vimos que los débiles ayudaban a los más débiles. Quizá esa sea la clave para salir de la crisis cultural que padecemos... Sin lugar a dudas en las monjas encontramos la viva imagen del Crucificado, que, desde la impotencia de la Cruz, salva el mundo con el don del Amor. 

Comentaron también que uno de los profesores acarició y besó las manos de una de las enfermas y que eso les pareció especialmente tierno. Ello nos dio pie para hablar de la importancia de la ternura, que no está reñida con la fortaleza del varón. Ambas son indispensables para el desarrollo de las virtudes, porque si la ternura no compensa la fortaleza corremos el riesgo de volvernos crueles, fríos, calculadores, distantes... y que ello es una enfermedad que, muchas veces, se convierte en una epidemia en nuestra sociedad.

Concluimos haciendo una reflexión filosófica al respecto. Recordamos esa frase de Platón que dice que la filosofía es una meditación sobre la muerte y dijimos que, quizá, la mejor manera de hacer filosofía sea atender a los enfermos y a los moribundos, pues en esas circunstancias es cuando surgen preguntas fundamentales sobre el sentido de la vida y nuestro destino. 

La enfermedad tiene, pues, valor filosófico, pues nos descubre algo que está oculto a nuestra mirada si no nos detenemos a pensarlo: la fragilidad de la vida humana y la fuerza, casi invencible, de la muerte.

miércoles, 18 de febrero de 2015

La sangre de los mártires

La brutalidad vuelve a ser noticia. Desde hace meses no hay semana que no lo sea. La sangre de los mártires ha sido derramada de nuevo. Veintiún cristianos coptos han sido asesinados. Su sangre se ha diluido en el Mediterráneo.

Como hace dos mil años, sangre y agua se mezclan haciendo que la acción amorosa de Dios penetre la realidad despiadada de este mundo. Del mismo modo que el Apóstol San Juan vio la sangre de Jesús de Nazaret derramándose de su costado abierto junto con el agua, vemos la de los cristianos en las aguas mediterráneas.

Al enterarme de la noticia un escalofrío recorrió mi cuerpo. He de decir que tuve miedo. Ante tanta maldad uno no  sabe cómo responder. Me sentí profundamente impotente. Pero a la vez comprendí que no podía ser esclavo de la barbarie. Comprendí que el miedo no puede acallar mi libertad ni impedirme ver que el mal ante el bien es nada, no tiene poder alguno.

Estoy convencido de que la violencia es el recurso de aquellos que no tienen razón, la herramienta de los que han perdido la esperanza. Con la violencia, con el horror que provoca, se hace irreconocible la presencia de Dios en el mundo. Desaparece.

La violencia manifiesta la ausencia del bien, la negación rotunda de la acción de Dios en nuestra vida. Por ello, ante una negación de tal envergadura, con paciencia y calma podemos considerar la presencia infinita del Bien en sí mismo, que es la Esencia de Dios.

La acción del mal es propia de las creaturas que niegan al Creador, cuyo Ser es Infinito. La acción de la creatura es finita, limitada: si se compara con el Ser de Dios, en sí misma no tiene poder alguno; el mal de la creatura es nada ante el Bien de Dios.

Por eso, cuando el ruido de los disparos aturde nuestros oídos y la tierra manchada de sangre salpica nuestro rostro, es importante alzar la mirada hacia lo alto y contemplar la amplitud inabarcable del Creador, que es capaz de transformar nuestros corazones y hacer que, a pesar de los males innumerables que nos acorralan, el bien se haga presente a nuestro alrededor impidiendo que el mal oscurezca la belleza de la libertad humana.

Como decía Tertuliano, “la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”. Quizá tengamos la ocasión de demostrar, en estas circunstancias, que “el pueblo de la Cruz” no ha perdido la fe, que los cristianos aún tenemos esperanza y que es posible que la caridad acontezca en nuestro tiempo.

martes, 20 de enero de 2015

El silencio de Dios

Se alzan las voces en el mundo musulmán tras las nuevas publicaciones de Charlie Hebdo, en las que en un arrebato de venganza y de burla volvieron a caricaturizar al profeta Mahoma. 

Las imágenes que llegan de Chechenia no son las de un grupo marginal de musulmanes que han perdido la razón, sino las de cientos de miles de personas que han visto insultados sus sentimientos más íntimos... Y es que el semanario satírico francés ha demostrado que es capaz de tropezar dos veces con la misma piedra.

Quizá antes de publicar una burla religiosa, Charlie Hebdo debería preguntarse si vale la pena meter en el mismo saco a todos aquellos que creen en aquello que es objeto de su mofa. Cuando lo que es criticado es Dios o uno de sus representantes  o símbolos, sería conveniente pensar que no sólo los radicales creen en ello, sino también personas razonables que buscan lograr la convivencia pacífica en democracia, y que con sus burlas, que son abiertamente ofensivas, no colaboran para que eso se logre. 

La libertad de expresión no puede poner en peligro la armonía social, menos aún cuando afecta a algunos de los primeros derechos reconocidos en Europa: la libertad de conciencia y de religión. Haciendo eso daríamos un paso atrás, actualizando las guerras de religión y perdiendo las conquistas que la libertad humana ha logrado a lo largo del tiempo.

La Historia ha dado a las religiones experiencia suficiente para saber cómo evitar los problemas surgidos por las diferencias religiosas y lograr, al menos, una cierta paz o cordialidad social. Hoy son aún responsables de seguir garantizando la paz entre ellas y hacer que los hombres puedan tener experiencia de Dios.

Sin embargo, cuando las páginas de la Torá, del Evangelio o del Corán están manchadas de sangre, la Palabra de Dios se vuelve muda y su sonido se confunde con las ráfagas de los fusiles de asalto, los gritos de miedo y el llanto de aquellos que han perdido a sus seres queridos.

Es imposible que Dios salga al encuentro de los hombres con la espada. La palabra divina se oculta y se hace irreconocible en el rostro de aquellos que quieren acabar con sus semejantes, del mismo modo que la libertad se volvió terrible cuando cayó sobre Europa con el filo de la guillotina.

Cuando la razón es sustituida por la violencia, pierde toda su fuerza. Cuando la fe es defendida a voz en grito, Dios se oculta en el silencio, esperando que vuelva a ser escuchado. La razón, la fe y la libertad deben incluir a todos los hombres. Si no se lo proponen, si no buscamos todos la paz, no quedará incluido ninguno.


lunes, 12 de enero de 2015

La violencia religiosa y el ateísmo

Hay muchas maneras de ser ateo. Para negar a Dios se puede ser tremendamente ingenioso y creativo, pues es un auténtico reto para la inteligencia hacerlo, ya que si se consigue demostramos con ello que el poder de Dios es ínfimo y que nosotros somos capaces de arrebatárselo cuando lo negamos, de modo que logramos hacernos con su poder y nos hacemos iguales a Él. 

Por ello, una manera de ser ateo es proclamarse Dios, ocupar su lugar negándolo con nuestro poder: negando a Dios demostramos que Dios no es Dios, puesto que no tiene poder sobre nosotros, porque podemos negarlo. Sin embargo, es una paradoja negar a Dios ocupando su lugar: solamente intentamos desalojar el lugar de Dios y ocuparlo nosotros hasta que la muerte se encargue de refutar nuestro argumento.

Pero también hay otras formas de ser ateo. Se puede ser ateo para evitar el conflicto que provocan las diferencias religiosas. Ante la violencia que ha habido y hay actualmente en el panorama de la pluralidad de las religiones, es razonable situarse en el plano de la negación de Dios, del ateísmo, para lograr una situación de paz o de no violencia. 

No obstante, esta actitud entraña la dificultad y el reto de negar a Dios. De tener poder para negarlo. Lo cual es lo mismo que afirmarlo, puesto que para negar a Dios hay que situarse en su mismo nivel o estar por encima de Él. Y estar por encima de Dios es lo mismo que serlo. 

Cuando se llega a este punto, es preciso justificar ante aquellos que son creyentes de diferentes religiones que uno tiene poder para negar a Dios, lo que hace, quizá, más grande el problema de las diferencias religiosas, puesto que si es dificultosa la diferencia entre las religiones, su negación es un ingrediente que sólo acrecienta las dificultades para resolverlo, pues surgen los radicalismos que intentan justificar sus posturas con violencia, intentando imponer el poder de su divinidad sobre aquellos que afirman que pueden negarlo.

No obstante, justificar el poder de Dios con la fuerza es sinónimo de inseguridad, de no estar convencido de que Dios posee tal poder, porque si Dios es Dios, es impasible, no le afecta la negación, y por ello el creyente puede estar en cierta paz, pues realmente Dios es Todopoderoso, porque Dios  es El que verdaderamente Es. Así, defender el poder de Dios con la violencia es lo mismo que decir que Dios no tiene poder y ocupar su lugar para demostrar que lo tiene, de modo que el que se declara creyente en ese Dios Todopoderoso niega su poder, y negando el poder de Dios niega a Dios mismo, porque si Dios no es Todopoderoso no es Dios. 

Podemos ver cómo el ateo y el fundamentalista religioso llevan a cabo el mismo acto: dudar del poder de Dios, negándolo y ocupando su lugar. Ambos son ateos, porque ambos niegan el poder de Dios. Pero ambos afirman que creen en la existencia de Dios, pues pretenden ocupar su lugar y hacerse cargo de su señorío divino.

viernes, 9 de enero de 2015

Dios y la unidad entre los hombres

Los recientes acontecimientos en Francia y las noticias sobre Siria, Irak y otros lugares del mundo, me han hecho pararme a pensar últimamente en la división que causan las diferencias religiosas entre los hombres y los conflictos bélicos que ha habido y hay hoy en día a causa de ello.

Sin lugar a dudas, las religiones dividen a los hombres. Si nos atenemos a los hechos, podemos comprobarlo. Pero no solamente dividen, sino que hacen que los hombres se destrocen entre sí. La religión, en muchos casos, es un instrumento al servicio de la barbarie. 

Quizá sea considerarla un instrumento lo que hace que la religión pierda su razón de ser y se vuelva inhumana... Cuando la religión puede ser usada, cuando puede estar a disposición del hombre, significa que lo divino puede ser manipulado por lo  humano, que el hombre puede someter a Dios, lo cual es lo mismo que anular a Dios, hacer que no sea Dios y que el hombre ocupe el lugar de su señorío divino.

Lo que ocurre entonces es que el hombre asume la responsabilidad de Dios a la hora de organizar el mundo en el que vive y de mantener la unidad y la armonía  entre los seres. Ello incluye organizar las relaciones entre los hombres, decir cómo deben comportarse, marcar una ley política y una moral social. Dicho de otra manera, unos cuantos hombres se encargan de este modo de regular la libertad del resto y de decir cuáles son las disposiciones y la voluntad de Dios para con ellos.

Una tarea así implica tener el conocimiento de la sabiduría divina, que conoce y mide todo lo que existe, para establecer la justicia entre los hombres, y según ese conocimiento de la justicia divina se establecen las leyes apropiadas para el hombre. 

Sin embargo, ¿acaso alguien tiene conocimiento de la Sabiduría de Dios? ¿Podemos acceder a la mente de Dios para ver en esencia cuál es la verdad de cada uno de los seres y establecer así, asumiendo del papel del Creador, cuál es la justa relación que debe haber entre ellos y decirle al hombre cuál es el camino auténtico para dirigir y orientar su libertad?

A mi modo de ver, es una temeridad atreverse a hacer eso. ¡Qué Dios tan miserable aquel que puede ser pensado con nuestra mente, aquel que puede ser reducido por nuestro intelecto y desmenuzado con nuestras manos para desentrañar sus pensamientos! 

Un Dios que puede ser pensado por el hombre, que puede ser absorbido por la mente humana, no es un Dios infinito, y un Dios que no es infinito no es Dios. Cuando el infinito puede ser contraído en lo finito, pierde su condición de infinitud, y consecuentemente se convierte en algo finito. Lo propio del Ser de Dios es ser Absoluto. Si puede ser manipulado por la mente humana, no tiene nada que ver con lo Absoluto, por lo tanto no es Dios.

Otro de los atributos divinos es el de la Unidad. Dios es Uno. Este es un atributo común en las religiones abrahámicas, aquellas que descienden de Abraham, como son la judía, la cristiana y la musulmana. Dios es Uno porque no hay nada anterior a Él mismo y porque es por sí mismo y en sí mismo. Él es el que Es, el Ser, y todo lo que es depende de Él; «en él vivimos, nos movemos y existimos» (Hechos 17, 28). Así, la unidad y la armonía entre los seres depende de la acción creadora de Dios. 

De igual modo, la unidad de las voluntades de los hombres depende de su adhesión a la voluntad de Dios. De ahí que Moisés dijera al pueblo judío: «Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios,  el Señor es Uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Deuteronomio 6, 4-5). Así, el deseo de Dios para los hombres es la unidad entre ellos uniéndose a su Ser, estando en consonancia con Él. El hombre se une a Dios con su inteligencia, pensando la Unidad, y con su voluntad, deseándola con su corazón y adhiriéndose a ella junto con los demás hombres.

Dios es Uno, Dios es la Unidad en sí misma que mantiene el orden y la armonía entre los seres y entre los hombres. Dios no desea otra cosa. Pero, de hecho, entre los hombres no hay unidad, están divididos. Esto nos sirve para pensar que, realmente, los hombres no están unidos a Dios, que no lo aman con todo el corazón, con toda el alma y con todas sus fuerzas. Dios no habita en el corazón de los hombres, por ello no hay unidad, por ello hay división y discordia: hay guerra. 

La división y el enfrentamiento entre los hombres son contrarios al deseo de Dios, no forman parte de la esencia divina. Por ello la guerra es contraria a Dios, atenta contra Dios mismo, pues destruye y anula su voluntad de mantener el orden y la armonía entre los seres que Él ha creado. La guerra destruye la Unidad de Dios, al menos la unidad que Él desea para sus creaturas. ¿Podemos pensar, entonces, que la guerra puede ser un mandato divino? Más bien todo lo contrario. La guerra pone de manifiesto el desconocimiento de la voluntad de Dios o, quizá, la voluntad firme de desobedecerle. No tiene nada que ver con Él.

Por ello, la religión, cualquier religión, si quiere re-ligar, si quiere re-unir a los hombres con Dios, que es la Unidad, debe renunciar a la guerra. La esencia de la religión es la paz, pues supone aceptar y amar a Dios de todo corazón. Amar a Dios implica amar todo lo que Él ama. Amar todo lo que Él ama es amar todo lo que Él ha creado. Si Dios ha creado a los hombres, los hombres son amados por Dios, por ello para amar a Dios hay que amar a todos los hombres. Así es como lograremos, en mi opinión, la unidad entre ellos.

jueves, 8 de enero de 2015

Dios y la violencia

Ha vuelto a ocurrir. Fue ayer. París fue sacudida por el odio, la violencia y la muerte. Doce personas han sido asesinadas. Los asesinos abogaban a la divinidad. Dios, el Todopoderoso, necesitaba las manos de los asesinos para apretar los gatillos de sus kalashnikovs. Dios los necesitaba porque él no puede someter la libertad de sus criaturas. Dios necesita otras criaturas para someter a aquellas que no quieren someterse. Tiene poder para crearlas pero no tiene poder para someterlas. Y como es Todopoderoso, recurre a sus criaturas, a las que son fieles, para que las infieles sean fieles o mueran en su pecado. 

Pero... Dios, ¿es así? Dios, ¿necesita la violencia? No lo entiendo. Dios, el Creador, el Todopoderoso, se vuelve violento, pierde el control y necesita que sus fieles maten a los infieles. Ese Dios es humano, demasiado humano. No parece Dios, parece un impotente. Y un Dios impotente, no es Dios. Un Dios violento, descontrolado, no es Todopoderoso; y un Dios que no es Todopoderoso, no es Dios.

Si Dios no desea que sus criaturas sean libres, ¿para qué crea la libertad? Si Dios no desea que sus criaturas le respondan libremente, abriendo la posibilidad de que le nieguen, ¿para qué nos crea libres? Atentar contra la libertad es atentar contra Dios mismo. Dios crea la libertad para que podamos ejercerla, no para que la neguemos, no para que acabemos con ella. 

Cuando negamos la libertad del otro, cuando intentamos someterla, estamos intentando someter la voluntad de Dios, pues es un deseo de Dios que sus criaturas sean libres, e impedir su libertad es intentar impedir la voluntad de Dios. Si Dios quiere que seamos libres, si es su voluntad que haya libertad, atentar contra la libertad del ser humano es atentar contra la voluntad de Dios y ello conlleva atentar contra Dios mismo.

El asunto va más allá. Dios es el Creador. Todo lo creado existe por voluntad suya, porque Él quiere que exista. Él es el Señor de la Vida. Si no amamos lo que Él ama, si no amamos a sus criaturas, no le amamos a Él. Pero si, además, no solamente no amamos a sus criaturas, sino que las matamos, estamos matando el amor que Dios les tiene, el amor que hace que existan, e intentar matar el amor de Dios es como intentar matarlo a Él: matar a las creaturas es matar al Creador, negarlo radicalmente, arrebatarle su señorío y hacerse con él. 

¿De verdad se puede actuar en Nombre de Dios cuando matamos a sus creaturas, cuando éstas se matan entre sí? Sinceramente, me parece absurdo.