viernes, 9 de enero de 2015

Dios y la unidad entre los hombres

Los recientes acontecimientos en Francia y las noticias sobre Siria, Irak y otros lugares del mundo, me han hecho pararme a pensar últimamente en la división que causan las diferencias religiosas entre los hombres y los conflictos bélicos que ha habido y hay hoy en día a causa de ello.

Sin lugar a dudas, las religiones dividen a los hombres. Si nos atenemos a los hechos, podemos comprobarlo. Pero no solamente dividen, sino que hacen que los hombres se destrocen entre sí. La religión, en muchos casos, es un instrumento al servicio de la barbarie. 

Quizá sea considerarla un instrumento lo que hace que la religión pierda su razón de ser y se vuelva inhumana... Cuando la religión puede ser usada, cuando puede estar a disposición del hombre, significa que lo divino puede ser manipulado por lo  humano, que el hombre puede someter a Dios, lo cual es lo mismo que anular a Dios, hacer que no sea Dios y que el hombre ocupe el lugar de su señorío divino.

Lo que ocurre entonces es que el hombre asume la responsabilidad de Dios a la hora de organizar el mundo en el que vive y de mantener la unidad y la armonía  entre los seres. Ello incluye organizar las relaciones entre los hombres, decir cómo deben comportarse, marcar una ley política y una moral social. Dicho de otra manera, unos cuantos hombres se encargan de este modo de regular la libertad del resto y de decir cuáles son las disposiciones y la voluntad de Dios para con ellos.

Una tarea así implica tener el conocimiento de la sabiduría divina, que conoce y mide todo lo que existe, para establecer la justicia entre los hombres, y según ese conocimiento de la justicia divina se establecen las leyes apropiadas para el hombre. 

Sin embargo, ¿acaso alguien tiene conocimiento de la Sabiduría de Dios? ¿Podemos acceder a la mente de Dios para ver en esencia cuál es la verdad de cada uno de los seres y establecer así, asumiendo del papel del Creador, cuál es la justa relación que debe haber entre ellos y decirle al hombre cuál es el camino auténtico para dirigir y orientar su libertad?

A mi modo de ver, es una temeridad atreverse a hacer eso. ¡Qué Dios tan miserable aquel que puede ser pensado con nuestra mente, aquel que puede ser reducido por nuestro intelecto y desmenuzado con nuestras manos para desentrañar sus pensamientos! 

Un Dios que puede ser pensado por el hombre, que puede ser absorbido por la mente humana, no es un Dios infinito, y un Dios que no es infinito no es Dios. Cuando el infinito puede ser contraído en lo finito, pierde su condición de infinitud, y consecuentemente se convierte en algo finito. Lo propio del Ser de Dios es ser Absoluto. Si puede ser manipulado por la mente humana, no tiene nada que ver con lo Absoluto, por lo tanto no es Dios.

Otro de los atributos divinos es el de la Unidad. Dios es Uno. Este es un atributo común en las religiones abrahámicas, aquellas que descienden de Abraham, como son la judía, la cristiana y la musulmana. Dios es Uno porque no hay nada anterior a Él mismo y porque es por sí mismo y en sí mismo. Él es el que Es, el Ser, y todo lo que es depende de Él; «en él vivimos, nos movemos y existimos» (Hechos 17, 28). Así, la unidad y la armonía entre los seres depende de la acción creadora de Dios. 

De igual modo, la unidad de las voluntades de los hombres depende de su adhesión a la voluntad de Dios. De ahí que Moisés dijera al pueblo judío: «Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios,  el Señor es Uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Deuteronomio 6, 4-5). Así, el deseo de Dios para los hombres es la unidad entre ellos uniéndose a su Ser, estando en consonancia con Él. El hombre se une a Dios con su inteligencia, pensando la Unidad, y con su voluntad, deseándola con su corazón y adhiriéndose a ella junto con los demás hombres.

Dios es Uno, Dios es la Unidad en sí misma que mantiene el orden y la armonía entre los seres y entre los hombres. Dios no desea otra cosa. Pero, de hecho, entre los hombres no hay unidad, están divididos. Esto nos sirve para pensar que, realmente, los hombres no están unidos a Dios, que no lo aman con todo el corazón, con toda el alma y con todas sus fuerzas. Dios no habita en el corazón de los hombres, por ello no hay unidad, por ello hay división y discordia: hay guerra. 

La división y el enfrentamiento entre los hombres son contrarios al deseo de Dios, no forman parte de la esencia divina. Por ello la guerra es contraria a Dios, atenta contra Dios mismo, pues destruye y anula su voluntad de mantener el orden y la armonía entre los seres que Él ha creado. La guerra destruye la Unidad de Dios, al menos la unidad que Él desea para sus creaturas. ¿Podemos pensar, entonces, que la guerra puede ser un mandato divino? Más bien todo lo contrario. La guerra pone de manifiesto el desconocimiento de la voluntad de Dios o, quizá, la voluntad firme de desobedecerle. No tiene nada que ver con Él.

Por ello, la religión, cualquier religión, si quiere re-ligar, si quiere re-unir a los hombres con Dios, que es la Unidad, debe renunciar a la guerra. La esencia de la religión es la paz, pues supone aceptar y amar a Dios de todo corazón. Amar a Dios implica amar todo lo que Él ama. Amar todo lo que Él ama es amar todo lo que Él ha creado. Si Dios ha creado a los hombres, los hombres son amados por Dios, por ello para amar a Dios hay que amar a todos los hombres. Así es como lograremos, en mi opinión, la unidad entre ellos.

5 comentarios:

Abelardo dijo...

sólo puedo decir una cosa, chapó!!

Rafa Monterde dijo...

¡Gracias, Abelardo! Un fuerte abrazo.

Caminar dijo...

Comentario 100% lógico, pero hay quienes, por desgracia, viven fuera de la lógica, o por mejor decir viven en una sinrazón.
Que Dios, el Dios Único y Verdadero se apiade de esta humanidad doliente y que va un poco a la deriva.
Un saludo.

Rocío Miralles dijo...

Para los no creyentes hasta quizás les convenza esto que dices. La verdad que no hay que creer en Dios ciertamente o concienciadamente. Como cada uno tenemos esa Luz en nuestro interior, esa naturaleza tocada por la divinidad tendemos al bien, nos llama el Bien, la Belleza, la Paz.
Todas estas personas que tienen ceniza en su interior, sólo tienen su alma, esa Luz, llena de polvo, con una capa, una coraza que no levantan, quitan, rompen a base del Amor de Dios, del amor del prójimo y del amor a sí mismos.
No se han decidido a dar el paso y quizás lo hagan, pero para eso necesitan de voluntad propia, del rezo de el de al lado (nosotros) y del Amor (el de Dios no le falta ni un día), del amor humano y de su amor. ¡Cuánto queda por hacer y cuánto está a nuestra mano!

Una entrada muy clara y al grano, ¡felicidades!

Rafa Monterde dijo...

Muchísimas gracias a las dos por comentar. La verdad es que escribir no tendría sentido si a uno no lo leen...

Caminar, tenemos un problema cuando se entiende que Dios está por encima de la razón, que puede ser contrario a la razón, porque es un Dios arbitrario, capaz de contradecirse, de decir que donde era A después es no-A, donde Bien, mal, y donde mal, Bien. Cosa que, gracias a Dios, no ocurre en nuestra fe, que es la fe en el Logos, la Palabra que desde el Principio lo crea todo sin contradicción. Por desgracia (y por gracia de Dios) la criatura libremente puede contradecir al Creador, negarlo. Pero negar al Creador es negar a la criatura: decir no a Dios es decirse no a uno mismo, aborrecerse...

Rocío, como le decía a Caminar, cabe la negación, no solamente el error o la ignorancia del Amor de Dios. El posible que la criatura, conociendo el Amor divino, niegue al Creador voluntariamente. Ese es el aspecto horroroso de la libertad. Esa es la condición de los ángeles caídos. Pero mientras caminemos en esta vida, la posibilidad está abierta: el Amor divino es infinito, y lo finito es desbordado por el Infinito del Ser de Dios. Por ello cabe que Dios se empeñe con los hombres para que se salven y les dé infinitas oportunidades para decirle que sí: fiat mihi secundum Verbum tuum!

¡Mil gracias de nuevo!