martes, 20 de enero de 2015

El silencio de Dios

Se alzan las voces en el mundo musulmán tras las nuevas publicaciones de Charlie Hebdo, en las que en un arrebato de venganza y de burla volvieron a caricaturizar al profeta Mahoma. 

Las imágenes que llegan de Chechenia no son las de un grupo marginal de musulmanes que han perdido la razón, sino las de cientos de miles de personas que han visto insultados sus sentimientos más íntimos... Y es que el semanario satírico francés ha demostrado que es capaz de tropezar dos veces con la misma piedra.

Quizá antes de publicar una burla religiosa, Charlie Hebdo debería preguntarse si vale la pena meter en el mismo saco a todos aquellos que creen en aquello que es objeto de su mofa. Cuando lo que es criticado es Dios o uno de sus representantes  o símbolos, sería conveniente pensar que no sólo los radicales creen en ello, sino también personas razonables que buscan lograr la convivencia pacífica en democracia, y que con sus burlas, que son abiertamente ofensivas, no colaboran para que eso se logre. 

La libertad de expresión no puede poner en peligro la armonía social, menos aún cuando afecta a algunos de los primeros derechos reconocidos en Europa: la libertad de conciencia y de religión. Haciendo eso daríamos un paso atrás, actualizando las guerras de religión y perdiendo las conquistas que la libertad humana ha logrado a lo largo del tiempo.

La Historia ha dado a las religiones experiencia suficiente para saber cómo evitar los problemas surgidos por las diferencias religiosas y lograr, al menos, una cierta paz o cordialidad social. Hoy son aún responsables de seguir garantizando la paz entre ellas y hacer que los hombres puedan tener experiencia de Dios.

Sin embargo, cuando las páginas de la Torá, del Evangelio o del Corán están manchadas de sangre, la Palabra de Dios se vuelve muda y su sonido se confunde con las ráfagas de los fusiles de asalto, los gritos de miedo y el llanto de aquellos que han perdido a sus seres queridos.

Es imposible que Dios salga al encuentro de los hombres con la espada. La palabra divina se oculta y se hace irreconocible en el rostro de aquellos que quieren acabar con sus semejantes, del mismo modo que la libertad se volvió terrible cuando cayó sobre Europa con el filo de la guillotina.

Cuando la razón es sustituida por la violencia, pierde toda su fuerza. Cuando la fe es defendida a voz en grito, Dios se oculta en el silencio, esperando que vuelva a ser escuchado. La razón, la fe y la libertad deben incluir a todos los hombres. Si no se lo proponen, si no buscamos todos la paz, no quedará incluido ninguno.


2 comentarios:

Rocío Miralles dijo...

No es tanto el silencio de Dios sino la falta de escucha del ser humano. Dios está ahí, Dios está en la conciencia, Dios está en uno mismo.
Cuando nos movemos por nosostros mismos, cuando decimos que podemos ser buenos sin Dios, algo falla. Se puede ser bueno sin creer en Dios pero sin Dios no (acabo de ver un vídeo de Catholic Link sobre esto muy aclarador).

Por tanto, esa libertad de expresión no sería libre si no se sabe usar en concordancia a la conciencia, a la buena conciencia. Recta, humilde, llena de amor y respeto. Si esa libertad de expresión genera un mínimo de rechazo, no es buena ni libre y, en consecuencia, no puede llegar lejos. Dios no calla, espera. Dios no se esconde, nos espera. Que no queramos hacer caso a lo que objetivamente es Bueno, Bello y Bondad, es nuestro problema. Pero la conciencia nos lo hace ver, sentir y experimentar cuando nos desviamos de aquéllos tres.

La violencia, la libertad de expresión basada en la violencia, se cae por su propio peso. El ser humano tiene el Bien en su interior y no tiende al mal a menos que él quiera y se lo proponga y se deje caer en manos de él.

Rafa Monterde dijo...

La conciencia... ¡nos ahorraría tantos problemas si la escucháramos con más frecuencia!

El Bien es infinito, eterno, puede cambiarlo todo... si lo aceptamos. Es uno de los misterios y de los horrores de la libertad: podemos negar el Bien a conciencia. Si no fuera así, no seríamos libres. Pero esto no debe hacernos caer en la desesperación, porque si aceptamos el Bien, podemos crecer infinitamente.