miércoles, 18 de febrero de 2015

La sangre de los mártires

La brutalidad vuelve a ser noticia. Desde hace meses no hay semana que no lo sea. La sangre de los mártires ha sido derramada de nuevo. Veintiún cristianos coptos han sido asesinados. Su sangre se ha diluido en el Mediterráneo.

Como hace dos mil años, sangre y agua se mezclan haciendo que la acción amorosa de Dios penetre la realidad despiadada de este mundo. Del mismo modo que el Apóstol San Juan vio la sangre de Jesús de Nazaret derramándose de su costado abierto junto con el agua, vemos la de los cristianos en las aguas mediterráneas.

Al enterarme de la noticia un escalofrío recorrió mi cuerpo. He de decir que tuve miedo. Ante tanta maldad uno no  sabe cómo responder. Me sentí profundamente impotente. Pero a la vez comprendí que no podía ser esclavo de la barbarie. Comprendí que el miedo no puede acallar mi libertad ni impedirme ver que el mal ante el bien es nada, no tiene poder alguno.

Estoy convencido de que la violencia es el recurso de aquellos que no tienen razón, la herramienta de los que han perdido la esperanza. Con la violencia, con el horror que provoca, se hace irreconocible la presencia de Dios en el mundo. Desaparece.

La violencia manifiesta la ausencia del bien, la negación rotunda de la acción de Dios en nuestra vida. Por ello, ante una negación de tal envergadura, con paciencia y calma podemos considerar la presencia infinita del Bien en sí mismo, que es la Esencia de Dios.

La acción del mal es propia de las creaturas que niegan al Creador, cuyo Ser es Infinito. La acción de la creatura es finita, limitada: si se compara con el Ser de Dios, en sí misma no tiene poder alguno; el mal de la creatura es nada ante el Bien de Dios.

Por eso, cuando el ruido de los disparos aturde nuestros oídos y la tierra manchada de sangre salpica nuestro rostro, es importante alzar la mirada hacia lo alto y contemplar la amplitud inabarcable del Creador, que es capaz de transformar nuestros corazones y hacer que, a pesar de los males innumerables que nos acorralan, el bien se haga presente a nuestro alrededor impidiendo que el mal oscurezca la belleza de la libertad humana.

Como decía Tertuliano, “la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”. Quizá tengamos la ocasión de demostrar, en estas circunstancias, que “el pueblo de la Cruz” no ha perdido la fe, que los cristianos aún tenemos esperanza y que es posible que la caridad acontezca en nuestro tiempo.

2 comentarios:

Rocío Miralles dijo...

Leo esto de nuevo y bien. Sigue sucediéndose a pesar de haber transcurrido un año. Gracias por tus palabras ante el horror, por poner palabras, que es lo más difícil porque a veces nos vence el miedo, la desesperanza.
Yo también me lleno de impotencia y, quizás, un poco de miedo al ver que no hay límites para el ser humano cuando deja entrar el mal en su corazón. Pero vuelvo a la realidad de la fe y se me vislumbra un horizonte porque sé que no es el hombre quien tiene plena voluntad para hacer o dejar de hacer el bien, Dios le empuja. Al igual que no es el hombre quien tiene plena voluntad para hacer o dejar de hacer el mal, es el demonio quien le tienta y arrastra. Entonces sólo queda quedarse con Él, Dios, retenerlo en nuestro corazón y hacérselo visible al resto, para que se les caiga el antifaz.

Rafa Monterde dijo...

Non abbiate paura!