miércoles, 1 de abril de 2015

El valor filosófico de la enfermedad


Hay muchas formas de encontrar el sentido de la vida. También muchas de perderlo. Son esas ocasiones o momentos que llegan al corazón, que lo remueven por dentro y hacen que las seguridades o certezas que teníamos hasta ese instante se conviertan en dudas profundas y en interrogantes que no sabemos muy bien cómo resolver. 

El pasado jueves, cuando visité con los alumnos de 1º de Bachillerato un centro de enfermos crónicos, se convirtió en una de esas formas tan asombrosas. 

Algunos alumnos y profesores del Colegio Madre Sacramento fuimos al Cottolengo del Padre Alegre de Valencia. Yo tenía un vago recuerdo del lugar, porque fui de pequeño, creo que cuando comenzaba la E.S.O, y solamente unas pocas imágenes venían a mi recuerdo. Así que la visita fue casi novedosa.

Llegamos cuando comenzaba el mediodía. Nos recibió una de las monjas encargadas. Era menuda, con un pequeño problema de espalda que le impedía mover el cuello con soltura. Nos estuvo explicando las labores del Cottolengo, que recibe enfermos que  no pueden valerse por sí mismos, con deficiencias mentales y, siendo condición indispensable, pobres. En ese Centro, en concreto, atienden a mujeres.

Nos contó algunas anécdotas que nos sorprendieron a todos: cómo viven de la Providencia de Dios, de los donativos que les da la gente por caridad y cómo cada día es un acto de fe junto a los enfermos, que, como nos dijo ella, son un tesoro de Dios y el regalo que ellas tienen para conocer a Cristo.

Después nos enseñó algunos pisos del Cottolengo. Antes de ver a las residentes, nos pidió que entráramos en la Capilla y dijo que ese era el lugar más importante de todos, porque si no fuera por su amor a Dios y a la vida de oración ellas no podrían estar allí ni un momento. 

Tras rezar el Ángelus, recorrimos algunos pasillos, en los que había monjas y voluntarias cuidando de algunas mujeres que vivían allí. Una de ellas era paralítica e iba en una silla de ruedas. Nos contaron que, a base de empeño con los médicos, descubrieron que tenía un poco de movilidad en unos dedos del pie y consiguieron hacerle una silla adaptada para que pudiera moverse por sí misma.

Conforme pasamos los pasillos y habitaciones fuimos conociendo a algunas de las mujeres que viven allí y sus historias. La más joven tiene cuatro años y las mayores ya son ancianas. A todos se nos hizo un nudo en el estómago al ver el cariño y el cuidado que les brindaban las monjas y voluntarias, porque muchas de ellas padecían alguna deficiencia física. 

Cuando ves a enfermos cuidando a enfermos te planteas hasta dónde llega tu fortaleza, cuántas veces te has quejado por nimiedades y has dejado de pensar en los demás, mientras mujeres como las del Cottolengo dedican su vida al servicio del otro a pesar de sus límites físicos, que no son comparables con la grandeza infinita de sus corazones.

De hecho, este lunes, en el Colegio, en la clase de Filosofía, estuvimos compartiendo y comentando nuestra experiencia de la visita. Sin duda alguna, a todos nos llegó al corazón el ejemplo de aquellas mujeres. Incluso uno de los alumnos, uno de esos que son "tíos duros", pasotas en apariencia, reconoció que "le había tocado la patata". 

De los que fuimos, la mayoría eran alumnas. Así que recordaron multitud de detalles de la visita. Todas vieron, por ejemplo, la suerte de gozar de salud y, como yo, vieron que las dificultades que vivimos en nuestra vida cotidiana son minúsculas comparadas con las de las mujeres que viven en el Cottolengo. 

Sobre todo se dieron cuenta de una cosa: cuando das, cuando te das, ganas más de lo que pierdes. Más bien nos preguntamos si se pierde algo, pues todo son ganancias, bienes, cuando tu vida se basa en el servicio a Dios y al prójimo. Comentamos que el mayor beneficio que obtenían las monjas con los enfermos eran las sonrisas que les regalaban y que pudimos contemplar en sus rostros cuando nos recibieron las residentes. Sonrisas que se reflejaban, también, en los labios de las hermanas.

Nos detuvimos comentando que la mayoría de las monjas que ayudaban allí tenían deficiencias físicas. Eso no encajaba dentro del esquema natural al que estamos acostumbrados, en el que es el fuerte quien ayuda al débil en el mejor de los casos. Allí vimos que los débiles ayudaban a los más débiles. Quizá esa sea la clave para salir de la crisis cultural que padecemos... Sin lugar a dudas en las monjas encontramos la viva imagen del Crucificado, que, desde la impotencia de la Cruz, salva el mundo con el don del Amor. 

Comentaron también que uno de los profesores acarició y besó las manos de una de las enfermas y que eso les pareció especialmente tierno. Ello nos dio pie para hablar de la importancia de la ternura, que no está reñida con la fortaleza del varón. Ambas son indispensables para el desarrollo de las virtudes, porque si la ternura no compensa la fortaleza corremos el riesgo de volvernos crueles, fríos, calculadores, distantes... y que ello es una enfermedad que, muchas veces, se convierte en una epidemia en nuestra sociedad.

Concluimos haciendo una reflexión filosófica al respecto. Recordamos esa frase de Platón que dice que la filosofía es una meditación sobre la muerte y dijimos que, quizá, la mejor manera de hacer filosofía sea atender a los enfermos y a los moribundos, pues en esas circunstancias es cuando surgen preguntas fundamentales sobre el sentido de la vida y nuestro destino. 

La enfermedad tiene, pues, valor filosófico, pues nos descubre algo que está oculto a nuestra mirada si no nos detenemos a pensarlo: la fragilidad de la vida humana y la fuerza, casi invencible, de la muerte.

2 comentarios:

Rocío Miralles dijo...

¡También quedé gratamente sorprendida! Es asombroso cómo se cuidan unas a otras. Cómo se llaman por su nombre, ayudan en todo... Es admirable, la verdad, la capacidad de amar que tiene cada una. No sólo las enfermas sino también las monjas que cuidan de ellas. Estuve celebrando el fin de año del 2014 y me sentí como en casa. Me alegra leer que pase quien pase por esa casa, se llevan lo mismo, esa admiración, esa ternura, este gratuidad que desprenden. ¡Me alegro por tu visita y por tus palabras!

Rafa Monterde dijo...

Son una maravilla. ¡Tenemos que aprender tanto de ellas!