lunes, 6 de abril de 2015

Jesucristo, protagonista de la Historia


Es Domingo de Resurrección. Los cristianos celebramos una fiesta que da sentido a nuestra fe. La Resurrección de Jesús fue el acontecimiento que proyectó los corazones de sus seguidores hacia el horizonte de la Historia, hacia un futuro, tantas veces incierto, que desde ese momento tomaba la forma de la esperanza en la vida eterna.

Ya San Pablo, en el primer siglo del cristianismo, explicaba a la Iglesia de Corinto el valor de la Resurrección y el sentido que tenía. Gracias a ella, dijo que Jesús "se me apareció a mí también" (1 Co 15, 8). Es decir, que Pablo, a pesar de no conocer a Jesús en persona cuando predicaba en Palestina, tuvo la oportunidad de conocerlo porque está vivo. Por ese encuentro personal e íntimo, Saulo se convirtió en Pablo, en el Apóstol de los gentiles, y abrió la fe cristiana a las culturas con las que coexistía en aquel momento de la Historia.

Al escuchar el Evangelio de hoy, me he puesto a pensar en esto. He intentado hacer presente ese acontecimiento que ha marcado la vida de tantos desde el siglo I hasta ahora. Y, por ello, me pregunto si tiene algún sentido hablar de Jesucristo en la actualidad, si su persona tiene ese valor que tuvo entonces, cuando la esperanza de los hombres de aquel tiempo se proyectaba hacia un mundo que trascendía los límites del tiempo más allá de la muerte. 

Me pregunto si los cristianos del siglo XXI podemos decir, como Pablo, "si Cristo no ha resucitado, inútil es nuestra predicación, inútil es también vuestra fe" (1 Co 15, 14). ¿Podemos nosotros, como Pablo, encontrarnos con el Resucitado? ¿Quién de nosotros puede decirlo? ¿Quién ha conocido a Jesús como aquellos que le siguieron? 

De este encuentro depende nuestra fe, porque si no se da, ¿en quién creemos? ¿Cuál es nuestra esperanza? Quizá sea encontrar trabajo, pagar a Hacienda, poder jubilarse o conservar la relación con nuestra pareja, entre tantas otras. 

Pero... ¿creemos en Cristo o creemos en algo temporal, finito, que no puede durar más allá de la muerte? Si nuestra esperanza acaba con la muerte, quizá no podamos hablar de esperanza, pues se convierte en una palabra dura, casi cruel, cuando ante nuestra mirada se presenta la imagen poderosa de la muerte.

Sin embargo, esa imagen se vuelve frágil y se esfuma como el humo de un cigarrillo cuando el aire del sepulcro abierto de Jesús acaricia nuestro rostro. Jesús tiene esa capacidad. Fortalece lo que parece pasajero. Su Resurrección hace que nuestro encuentro con Él se convierta en algo revolucionario, pues las raíces de nuestro ser penetran la tierra fértil y fecunda de la eternidad.

La Resurrección ha cambiado el tiempo de la Historia. Antes la luz del pasado se difuminaba en la oscuridad del futuro. Ahora el futuro tiene forma y en el horizonte se proyecta la luz de un hombre nuevo que ya no teme a la muerte y que la ha vencido. 

Hay un amanecer que abre el futuro. Es la mirada de Jesucristo, que es el nuevo Sol. Ya no hace falta mirar atrás para recordar el tiempo en el que el Creador y la criatura estaban unidos. Delante de nosotros aparece la imagen del hombre que ha recuperado la armonía con Dios, de aquel que ha cumplido hasta el final la voluntad divina.

Desde ese instante, el cauce del tiempo se dirige hacia el corazón de Jesús, donde encuentra su plenitud. Su Persona atrae el movimiento de la Historia y la proyecta hacia su fin auténtico, el Cielo.

Por eso aún podemos, hoy, alegrarnos como se alegraron los primeros cristianos. La Resurrección de Jesús ha hecho que Él se convierta en una persona siempre contemporánea, actual, que guarda en su corazón la memoria de toda la Historia y que la funda, dándole forma y plenitud. 

Hoy podemos conocerle igual, o mejor, que aquellos que le conocieron entonces, porque el paso del tiempo nos ayuda a meditar y comprender con mayor profundidad nuestra fe. Conforme avanza la Historia, vemos más cerca la meta, el final del camino que inició María cuando dijo fiat mihi secundum Verbum tuum y que recorremos de la mano de Cristo desde el momento en el que nos atrevemos a abrirle nuestro corazón.

miércoles, 1 de abril de 2015

El valor filosófico de la enfermedad


Hay muchas formas de encontrar el sentido de la vida. También muchas de perderlo. Son esas ocasiones o momentos que llegan al corazón, que lo remueven por dentro y hacen que las seguridades o certezas que teníamos hasta ese instante se conviertan en dudas profundas y en interrogantes que no sabemos muy bien cómo resolver. 

El pasado jueves, cuando visité con los alumnos de 1º de Bachillerato un centro de enfermos crónicos, se convirtió en una de esas formas tan asombrosas. 

Algunos alumnos y profesores del Colegio Madre Sacramento fuimos al Cottolengo del Padre Alegre de Valencia. Yo tenía un vago recuerdo del lugar, porque fui de pequeño, creo que cuando comenzaba la E.S.O, y solamente unas pocas imágenes venían a mi recuerdo. Así que la visita fue casi novedosa.

Llegamos cuando comenzaba el mediodía. Nos recibió una de las monjas encargadas. Era menuda, con un pequeño problema de espalda que le impedía mover el cuello con soltura. Nos estuvo explicando las labores del Cottolengo, que recibe enfermos que  no pueden valerse por sí mismos, con deficiencias mentales y, siendo condición indispensable, pobres. En ese Centro, en concreto, atienden a mujeres.

Nos contó algunas anécdotas que nos sorprendieron a todos: cómo viven de la Providencia de Dios, de los donativos que les da la gente por caridad y cómo cada día es un acto de fe junto a los enfermos, que, como nos dijo ella, son un tesoro de Dios y el regalo que ellas tienen para conocer a Cristo.

Después nos enseñó algunos pisos del Cottolengo. Antes de ver a las residentes, nos pidió que entráramos en la Capilla y dijo que ese era el lugar más importante de todos, porque si no fuera por su amor a Dios y a la vida de oración ellas no podrían estar allí ni un momento. 

Tras rezar el Ángelus, recorrimos algunos pasillos, en los que había monjas y voluntarias cuidando de algunas mujeres que vivían allí. Una de ellas era paralítica e iba en una silla de ruedas. Nos contaron que, a base de empeño con los médicos, descubrieron que tenía un poco de movilidad en unos dedos del pie y consiguieron hacerle una silla adaptada para que pudiera moverse por sí misma.

Conforme pasamos los pasillos y habitaciones fuimos conociendo a algunas de las mujeres que viven allí y sus historias. La más joven tiene cuatro años y las mayores ya son ancianas. A todos se nos hizo un nudo en el estómago al ver el cariño y el cuidado que les brindaban las monjas y voluntarias, porque muchas de ellas padecían alguna deficiencia física. 

Cuando ves a enfermos cuidando a enfermos te planteas hasta dónde llega tu fortaleza, cuántas veces te has quejado por nimiedades y has dejado de pensar en los demás, mientras mujeres como las del Cottolengo dedican su vida al servicio del otro a pesar de sus límites físicos, que no son comparables con la grandeza infinita de sus corazones.

De hecho, este lunes, en el Colegio, en la clase de Filosofía, estuvimos compartiendo y comentando nuestra experiencia de la visita. Sin duda alguna, a todos nos llegó al corazón el ejemplo de aquellas mujeres. Incluso uno de los alumnos, uno de esos que son "tíos duros", pasotas en apariencia, reconoció que "le había tocado la patata". 

De los que fuimos, la mayoría eran alumnas. Así que recordaron multitud de detalles de la visita. Todas vieron, por ejemplo, la suerte de gozar de salud y, como yo, vieron que las dificultades que vivimos en nuestra vida cotidiana son minúsculas comparadas con las de las mujeres que viven en el Cottolengo. 

Sobre todo se dieron cuenta de una cosa: cuando das, cuando te das, ganas más de lo que pierdes. Más bien nos preguntamos si se pierde algo, pues todo son ganancias, bienes, cuando tu vida se basa en el servicio a Dios y al prójimo. Comentamos que el mayor beneficio que obtenían las monjas con los enfermos eran las sonrisas que les regalaban y que pudimos contemplar en sus rostros cuando nos recibieron las residentes. Sonrisas que se reflejaban, también, en los labios de las hermanas.

Nos detuvimos comentando que la mayoría de las monjas que ayudaban allí tenían deficiencias físicas. Eso no encajaba dentro del esquema natural al que estamos acostumbrados, en el que es el fuerte quien ayuda al débil en el mejor de los casos. Allí vimos que los débiles ayudaban a los más débiles. Quizá esa sea la clave para salir de la crisis cultural que padecemos... Sin lugar a dudas en las monjas encontramos la viva imagen del Crucificado, que, desde la impotencia de la Cruz, salva el mundo con el don del Amor. 

Comentaron también que uno de los profesores acarició y besó las manos de una de las enfermas y que eso les pareció especialmente tierno. Ello nos dio pie para hablar de la importancia de la ternura, que no está reñida con la fortaleza del varón. Ambas son indispensables para el desarrollo de las virtudes, porque si la ternura no compensa la fortaleza corremos el riesgo de volvernos crueles, fríos, calculadores, distantes... y que ello es una enfermedad que, muchas veces, se convierte en una epidemia en nuestra sociedad.

Concluimos haciendo una reflexión filosófica al respecto. Recordamos esa frase de Platón que dice que la filosofía es una meditación sobre la muerte y dijimos que, quizá, la mejor manera de hacer filosofía sea atender a los enfermos y a los moribundos, pues en esas circunstancias es cuando surgen preguntas fundamentales sobre el sentido de la vida y nuestro destino. 

La enfermedad tiene, pues, valor filosófico, pues nos descubre algo que está oculto a nuestra mirada si no nos detenemos a pensarlo: la fragilidad de la vida humana y la fuerza, casi invencible, de la muerte.