domingo, 15 de enero de 2017

Cultura, verdad e identidad en ‘Silencio’, de Scorsese (I)



La semana pasada publiqué una entrada comentando algunas consideraciones sobre el último film de Martin Scorsese, Silencio. Dije que recomendaba que se viera porque te ayudaba a cuestionarte cosas sobre la fe cristiana y que era muy provechosa para el debate. Es decir, que en el film se plantean algunas aporías antropológicas que invitan a la reflexión, a profundizar en lo que sabemos y no sabemos.
Esa es la razón por la que me pareció muy fructífera, porque despierta nuestra inteligencia cristiana para solucionar los problemas culturales de nuestro tiempo. Digo que son de “nuestro tiempo” porque creo que de hecho lo son. Las dudas sobre las culturas que se plantean los padres jesuitas en el film me parecen demasiado contemporáneas, demasiado posmodernas. No me imagino a un jesuita atravesando el Océano Pacífico en el siglo XVII y reflexionando sobre la tolerancia de las diferencias culturales mientras arriesga su vida en nombre de Jesucristo. Me parece, más bien, la actitud de un misionero en el siglo XX o XXI. O, puede, la de un teólogo sentado en el sillón del despacho de su facultad en alguna capital europea.
Sin embargo, sean o no reflexiones de una persona curtida por la dureza de su acción misionera o de un intelectual acomodado en Europa, no se puede negar que el problema del relativismo cultural no es ajeno a nuestras vidas. En nuestro día a día nos encontramos con preguntas parecidas a las que se hacen los padres jesuitas en Silencio y también experimentamos la ausencia de Dios en muchos momentos. Lo cual puede llevarnos a identificarnos con ellos y con su sufrimiento. Pues ¿no nos invita una y otra vez nuestra cultura, con su superficialidad y con su frivolidad, a negar a Dios, a hacer una apostasía callada, y a sumarnos a ese relativismo que niega la existencia de la verdad, a fin de cuentas, que niega que Jesucristo sea la Verdad? Yo diría que sí.
Por eso me he decidido a escribir esta entrada y tratar algunos puntos que creo importantes: la cuestión de la cultura, la de la verdad y la de la identidad personal. Tratamiento que será insuficiente, porque no creo que se puedan resolver estas aporías en profundidad con la entrada de un blog. Así que me disculpo de antemano por si mis razonamientos son demasiado burdos.
Una de las dudas que más inquietud suscita la película es la de la comunicabilidad entre las culturas. Parece que sea imposible trasmitir el conocimiento de Dios propio de la fe cristiana de los españoles y portugueses a los japoneses por las diferencias lingüísticas, sociales y políticas. La duda es muy interesante, pues forma parte de la historia cultural de Europa. Si nos trasladamos a la Atenas del siglo V a.C. podemos encontrarnos a Sócrates debatiendo con los sofistas los problemas de la relatividad de las culturas. El hombre más sabio de Grecia también se preocupó por averiguar si era posible conocer la verdad en un mundo empapado por diferentes culturas.
El sofista Protágoras afirmaba que el hombre es la medida de todas las cosas, es decir, que con su cultura medía el mundo que le rodeaba y que él creaba. Lo que podía llevar a la conclusión de que el hombre, con su cultura, podía llegar a medirse a sí mismo, a definirse a voluntad, negando la existencia de una realidad humana que anteceda a la producción cultural del ser humano. Por su parte, Gorgias, también sofista, afirmaba, entre otras cosas, que el lenguaje no manifestaba la esencia de lo que se conoce, es decir, que las palabras no traen a la luz la verdad de aquello que conocemos, porque aunque fuera posible conocer el ser de las cosas, no podría comunicarse.
La afirmación de Gorgias no deja de ser problemática, pues atenta contra la misma esencia del lenguaje. Parece como si el lenguaje, que nace con la intención de manifestar el mundo, oculte la realidad con las palabras. Algo así como si se afirmara que el lenguaje expresa que no puede expresarse o que expresa que no expresa nada ajeno a él. Una contradicción que manifiesta el absurdo de tal postura. Si el lenguaje creara el mundo al que se refiere, él mismo no sería necesario.
La intención de verdad y de realidad extrínseca al lenguaje mismo es su esencia manifiesta. Si el lenguaje fuera autorreferente, ¿qué sentido tiene que exista? Ninguno. Así, si el conocimiento humano resultara del lenguaje, no habría lenguaje. ¿Para qué? ¿Cómo va a empezar una palabra, siquiera una letra, si no hay nada que expresar? No he visto a ningún niño diciéndole a su padre cómo hay que comenzar a hablar. Si se afirma que el conocimiento es resultado del lenguaje se afirma que el progreso científico es imposible: aún continuaríamos en las cavernas, pues continuaríamos encerrados en los supuestos lingüísticos previos al conocimiento científico. Casi me atrevería a decir que el relativismo es el enemigo número uno del progreso…
Si realmente estuviéramos sumergidos en el lenguaje y la cultura de tal modo que no pudiéramos salir a la superficie por encima de ellos, ¿seríamos capaces de establecer la diferencia entre las culturas? ¿Podríamos ver la riqueza de cada una y comprender por qué somos diferentes? En el film hay una conversación que versa precisamente sobre este asunto. Pues se ponen de manifiesto las diferencias del concepto de Dios en el cristianismo y en la cultura japonesa. Lo divino en Japón no trasciende la realidad de la Naturaleza. Es la Naturaleza misma, mientras que el Dios cristiano trasciende la realidad del mundo natural y la nuestra. Al establecer esa diferencia ¿no se manifiesta la comprensión de las dos culturas? ¿Es tan radical la realidad de la cultura y del lenguaje que es imposible ver más allá de ellos? Parece que no.
A decir verdad, el relativismo radical hace imposible la tolerancia de aquello que difiere de nuestra cultura, pues es visto como algo irreconocible, extranjero, monstruoso. Si no podemos conocer más allá de nuestro lenguaje y los extranjeros tampoco, solamente queda una palabra para aquel que no es o habla como nosotros: es el bárbaro o enemigo. A ese enemigo solamente queda someterlo con la fuerza y la violencia, pues es el único lenguaje que puede entender, tal y como defiende Calicles, el discípulo de Gorgias, en uno de los diálogos de Platón.
El discípulo del sofista entiende que la razón del Derecho es la fuerza, el sometimiento, pues no cabe establecer la ley política desde el razonamiento y la comprensión, sino con la conquista. Pero si esto es así, ¿podemos hablar de ley alguna? ¿No es esta una defensa clara de la ley del más fuerte? Si solamente tenemos la fuerza, ¿podemos hablar de Derecho? Precisamente los Derechos Humanos permiten a las minorías defenderse de la fuerza de la mayoría y al individuo del poder del Estado. Si no hubiera algo superior a la fuerza y que trascendiera la cultura, sería imposible hablar de Derecho, a mi modo de ver. Y eso que trasciende la cultura y la fuerza es el mismo ser de cada persona, el cual decimos que es digno y, por tanto, merece respeto y puede exigir al Estado no ser sometido. ¿Podríamos haber llegado a esa conclusión en Europa, que es la cuna de los Derechos Humanos, si el lenguaje estuviera encerrado en su propia lógica y no atendiera a lo que es externo a él? Solamente podemos ver la dignidad de la persona si es posible conocer la irreductibilidad de su ser, cosa incomprensible si se establece que el hombre es medida de todas las cosas, pues es capaz de medir incluso al hombre y definirlo como una cosa. ¡Y cuando digo hombre me refiero tanto a la mujer como al varón!
Si el ser humano quedara encerrado en su cultura, nunca podríamos juzgar las acciones de los hombres. Los crímenes cometidos en los campos de concentración nazis habrían sido una mera anécdota histórica relativa a un régimen político que se atrevió a pensar que el hombre es la medida de todas las cosas, incluso del ser humano, y actuar en consecuencia. No nos invadiría el horror al contemplar las imágenes de otros seres humanos tratados con una brutalidad miserable.
La radicalidad del relativismo cultural, por tanto, nos lleva a concluir que no hay nada digno, ni siquiera el ser humano, pues si el valor de la vida humana depende de las circunstancias de cada contexto cultural, no podemos inmiscuirnos en los asuntos morales o jurídicos de cada cultura. Por tanto, aceptamos la barbarie como situación propia de las culturas y establecemos la ley del más fuerte como configuración necesaria de las relaciones entre los hombres (pues incluso para el pacto o consenso social hace falta un Estado lo suficientemente fuerte que nos intimide y nos obligue a pactar).
De todas formas, a pesar de que el relativismo nos lleve a situaciones morales complejas, no deja de ser un hecho ahora mismo y en el siglo V a.C. Igual que lo fue en los comienzos del cristianismo. Sin embargo, ¿es un problema insoluble para un cristiano? ¿Cómo se puede abordar esta cuestión desde la fe? En primer lugar, atendiendo a la realidad divina. Si el Ser de Dios es producto de nuestro lenguaje, solamente queda sentarse en la mesa del relativismo y compartir, en la medida de lo posible, nuestras palabras sobre lo divino para ponerlas en común para hacer un poco de arqueología cultural. Pero creo que esa no es la experiencia ni del judío ni del cristiano. El Dios al que se refieren ambos no es un Dios que ha manifestado el hombre con sus palabras, sino que Él mismo ha tomado la iniciativa y se ha servido del lenguaje humano para revelarse. Es decir, en la conciencia judeocristiana está presente la realidad divina como algo que no depende de sus obras ni de su producción cultural, sino que Dios es el Creador del hombre y no al revés. El Ser de Dios antecede toda producción humana, toda cultura. En segundo lugar, en la conciencia cristiana, además, está presente el mandato de Jesús de ir a todos los pueblos a anunciar el Evangelio. El cristiano sabe que es posible superar las limitaciones de la cultura, pues a la Palabra Creadora no se le escapa el significado de ninguna palabra humana y puede acceder a la realidad que guardan todas las lenguas, realidad de la que no es dueña la criatura, sino el Creador, porque es el Señor. De ahí que los Apóstoles recibieran en Pentecostés el don de lenguas y pudieran ser entendidos por gentes de diferentes pueblos. Señal inequívoca de que la comprensión de Dios no quedaba limitada a la lengua hebrea y que su conocimiento podía ser expresado en lenguas extranjeras. Pues gracias a la fe en Jesucristo «ya no hay diferencia entre judío y griego, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer, porque todos vosotros sois uno solo en Cristo Jesús» (Ga 3, 28). La acción del Espíritu Santo trasciende los límites de la cultura, incluso los de la japonesa...
Queda manifiesta, por tanto, la cuestión que sale a la luz cuando se habla de aquello que trasciende la cultura, que es la verdad. Cuestión que abordaré en una segunda entrada, porque me parece que esta ya ha sido demasiado extensa.
Si has llegado hasta aquí, te agradezco sinceramente tu paciencia. Hasta la próxima lectura.

5 comentarios:

Rocío Miralles dijo...

Gracias, Rafa, por tus palabras puestas en una profunda reflexión para nada ruda, porque has dado ejemplos claros y así llegar a hacerte entender.
Me ha gustado cómo has ido desanudando el embrollo que esta película ha incitado. y, sobre todo, cómo lo has finalizado: con Dios. No es que necesitemos de Él para llegar a una conclusión, ¡es que se revela Él mismo! Se nota que la experiencia de Dios la tienes forjada y aprehendida. Si no, no me explico tal explicación. Y puedo decir que, conociendo gente de India y de otros países europeos (tocados por un comunismo atroz), se cumple lo que explicas, es posible un diálogo, una convivencia, una experiencia humana entre culturas, es más, es necesario y para nada se cierran muros, sino que estas personas se han rendido a la Verdad, abriendo esos muros y horizontes nuevos en la existencia humana. Realmente esa Verdad les ha hecho libres de la exclavitud del relativismo. ¡Saludos y enhorabuena! Espero, con ilusión y sana curiosidad, tu próxima entrada.

Rafa Monterde dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Rafa Monterde dijo...

¡Gracias a ti, Rocío, por estas palabras tan generosas que me escribes! Como ves, aún queda camino que recorrer. Previendo un poco, puede que hayan un par de entradas por publicar, puede que más incluso. Porque uno puede empezar a estirar y no parar...

Un fuerte abrazo

Fátima Rodríguez dijo...


Muy bueno !!!

Rafa Monterde dijo...

Fátima, muchas gracias por todos los comentarios que has dejado en las entradas del blog. Encantado de que te guste. Espero poder seguir escribiendo para vosotros. Un fuerte abrazo.