martes, 24 de enero de 2017

Cultura, verdad e identidad en ‘Silencio’, de Scorsese (II)



Seguimos nuestra reflexión a partir de los problemas a los que se enfrentan los padres jesuitas en Silencio. La semana pasada concluimos dejando pendiente la cuestión de la verdad. Antes de empezar tengo que decir algo bien claro: ¡qué temor me infunde hablar de ella! Durante los últimos días me he parado a reflexionar sobre el asunto y me he dicho: “Rafa, ¿te das cuenta de lo arriesgado que es hablar de la verdad? ¿Acaso la conoces lo suficiente como para decir «la verdad es esto»?”. A decir verdad, tengo que contestarme diciendo que la ignoro. ¡No conozco la verdad! ¡No la poseo! Así que no esperéis que mi dedo índice os indique dónde está ni qué es.

No obstante, no voy a engañaros: la verdad es un asunto que me preocupa. ¡Por algo he estudiado filosofía! Si no estuviera buscándola no habría dedicado cuatro años de mi vida a sacar un título universitario que me ayude a satisfacer esa curiosidad que inquieta mi corazón con tanta insistencia. Así que tengo que decir que me parece absurdo amar algo que no existe. Como me parece absurdo y la vida es muy corta para dedicarla a cosas absurdas, ¿voy a dedicarme a amar algo absurdo? ¡De ninguna manera!

No sé si habéis leído a Nicolás de Cusa. Es un filósofo divertidísimo y profundo. Escribió un texto titulado Diálogo sobre el Dios escondido. En él dos hombres hablan sobre el conocimiento de Dios. La escena comienza con un momento enternecedor: un pagano encuentra a un cristiano de rodillas. El pagano observa que unas lágrimas de gozo surcan el rostro del cristiano. Entonces, le pregunta qué está haciendo. El cristiano le responde que adora. Al preguntarle de nuevo el motivo por el que está adorando, el cristiano le dice: “porque ignoro”.

¡Qué respuesta tan brillante! Cuando leí las palabras del cristiano en el diálogo me emocioné. Pensé en todas las veces que había enfocado el conocimiento como un logro propio y cómo eso te lleva a la arrogancia y la soberbia. En cambio, la actitud del cristiano es diferente: porque conoce sabe que ignora y su saberse ignorante le permite ser humilde y ponerse de rodillas. Esta actitud es muy diferente de la de aquellos que entienden que el conocimiento es dominio y transformación del mundo. Aquella que dice que el hombre es la medida de todas las cosas, como hemos visto al hablar de la cultura.

El conocimiento puede verse de dos maneras, entonces. Podemos hablar de ese conocimiento que dice: “conocer es poder”. Y también podemos expresarlo así: “conocer es adorar o amar”.

Como se puede intuir, me inclino más por la segunda manera de entender el conocimiento. Mi propia experiencia personal me lleva a verlo así. Para mí la filosofía es aprender a ponerse de rodillas. Creo que es una manera muy adecuada para encaminarse hacia la verdad.  Te permite abrirte a ese espacio en el que puedes ser interpelado por ella. Pues la verdad es tímida y delicada, silenciosa, y cuando buscas dominarla con tus palabras se escapa, dejando en tu corazón una desazón. En cambio, si te haces un poco niño, si dejas que su resplandor brille en tus pupilas, las palabras para expresarla acarician tus oídos y puedes, con sutilidad, decir algo sobre ella hasta donde te permite. Pero para percibir ese resplandor suave que no hiere la pupila hay que dejar que te ciegue y que solamente el amor a la verdad ocupe tu corazón, porque es una amante celosa y no muestra su belleza a aquellos que no se vacían por completo de los deseos que te conducen a cosas que no son ella misma…

¿Se comprende, entonces, por qué la verdad me enamora? ¡Ay! ¡Pero no escribo esto para hablar de mí mismo, sino para hablar de ella! Disculpadme si me he desviado demasiado del asunto que nos ocupa ahora, pero es que uno se sube a su nube y se despista…

No voy  a ocultar mis intenciones. Quiero llevaros hacia donde creo que la verdad se encuentra, si es que podemos decir que está en algún sitio… He estado pensando en los diferentes modos de orientarse hacia ella. Se me han ocurrido tres sentidos para expresar la verdad. No espero que os satisfagan por completo ni pretendo lograr agotarla. Pero, si me permitís, os escribo cuáles he pensado: uno, el horizontal; otro, el vertical; el último, el nuclear. El primer sentido de la verdad es aquel que entiende la verdad como aquella expresión que es fiel a lo que percibimos en el mundo. Es decir, es ese sentido tan aristotélico que la entiende como la adecuación del intelecto y la cosa. Así somos fieles al lenguaje y lo entendemos como expresión y comunión de nuestro intelecto y el mundo conocido. Alguno dirá que es una manera ingenua de pensar las cosas, pero es que para ser filósofo hay que ser un poco niño… El sentido horizontal de la verdad permite entender la cultura como aquello que hace inteligible el mundo, es decir, que permite leer dentro (intus legere) del mundo, incluso de la Naturaleza, y penetrarlo, sacando a la luz la esencia de las cosas. Esta experiencia de la verdad es manifestativa.

A partir de lo horizontal, es posible advertir lo vertical, que nos conduce a aquello que es más allá del conocimiento de la esencia de las cosas. En el sentido vertical de la verdad se trasciende el conocimiento y se advierte lo que está por encima de él: los primeros principios de la realidad, aquellos que tradicionalmente se han conocido como metafísicos. Pero para llegar a ese nivel hay que desaferrarse de la seguridad que ofrece el conocimiento no metafísico y olvidarse de uno mismo. Hay quien lo define como un acto de generosidad, pues aceptar los primeros principios supone hacer una reverencia intelectual y disponerse a estar abierto a ellos. Creo que este sentido de la verdad es muy importante tenerlo en cuenta para analizar el problema de las culturas en Silencio, porque cuando vi cómo los padres jesuitas debatían sobre la manera que tienen los japoneses de entender la divinidad me di cuenta de que quizá el problema de fondo no era religioso, sino filosófico: en Japón no había Metafísica, sino, a mi entender, filosofía de la Naturaleza y, por tanto, no tenían, efectivamente, un conocimiento intelectual de Dios como se daba en la tradición filosófica de Europa. Por ejemplo, cuando Tomás de Aquino elabora sus cinco vías metafísicas para la demostración de la existencia de Dios insiste en decir que en Metafísica se lo demuestra como principio y al concluir la argumentación de cada una dice: “y a esto llamamos Dios”. Es decir, que no confunde el acceso a Dios como principio desde la razón filosófica con la experiencia de Dios desde la fe. No es casual que el jesuita en el que está inspirado el padre Ferreira se empeñara, a pesar de haber apostatado, en explicar la ley natural a los japoneses en su propio lenguaje. Quizá sea cierto que evangelizara en secreto y con astucia…

La generosidad nos otorga una ganancia. Se hace posible alcanzar el sentido nuclear de la verdad. Este sentido es el que tiene que ver con nosotros mismos, con lo que nos es más íntimo. Aquel que responde a las preguntas profundas de nuestro corazón. Aquí no nos ocupamos del mundo ni de los primeros principios, sino de aquello que interpela nuestro ser y nos hace preguntarnos quiénes somos. En el núcleo de nuestro ser se acompasan las inquietudes filosóficas y la fe. Es decir, aquí el Dios que se conoce como Origen de nuestro ser se escucha como Palabra. La verdad, pues, tiene que ver con nosotros. En vez de ser expresada, se expresa. En vez de conocer, somos conocidos. Esto es posible, precisamente, porque la verdad es una persona y no una mera idea. Por ello, la aceptación de esta verdad es a su vez una donación de nosotros mismos, pues nos entregamos a esa verdad que convoca nuestra libertad más allá de los planes que podíamos haber hecho antes de encontrarla. Esta verdad, que es más alta que la vertical porque es más profunda, nos da la oportunidad de destinarnos y de entregarnos. Porque aquí aceptar es darse y esta dación de uno mismo transforma nuestro ser en auténtico amor capaz incluso de llegar a la muerte, al martirio. ¿Cómo? Porque nos han amado primero (Jn 4, 19). Es una experiencia radical de conocimiento y de amor que se nos da habiéndola buscado y esperado, pero sin que pudiéramos preverla. Es así de novedosa. ¡Nunca te permite aburrirte!

Ahora es cuando podría decirme alguien: “¡Te equivocas, Rafa! ¿Cómo que no aburre? ¿Cómo te atreves a decir eso si precisamente estamos tratando la cuestión del silencio de Dios? ¿No es ese el problema del film? ¿No es nuestro problema? ¿Qué puedes contestar a esto?”.

Desde luego, quien me preguntara esto me pondría en un aprieto. De todas formas, voy a intentar responderle. Efectivamente, Dios guarda silencio. Esta experiencia puede quitarnos la paz y llevarnos a pensar que esa experiencia liberadora y gozosa del Creador era un sueño o una ilusión. No obstante, no nos engañemos: las afecciones que deja en el alma la experiencia de Dios son más intensas y se imprimen en la memoria con más fuerza que cualquier experiencia terrena. Esas afecciones resuenan en nuestro interior aun cuando parece que han desaparecido y solamente queda el ruido del mundo exterior. Pero no es así en modo alguno. Esa afección deja un hueco o una herida dulce en el alma que purga nuestro corazón en los momentos de silencio o soledad y tiene un sentido. Es un plan de Dios en nuestra vida. Porque ¿no es cierto que Dios nos lleva al desierto para probar nuestra fe? Y en el desierto ¿no dudan hasta los elegidos de Dios? Sin embargo, no podemos esquivar al Creador cuando tiene planes para nosotros. Y sabemos que, después de la Encarnación del Verbo, los tiene para todas las personas sin excepción. Incluso para nuestra sociedad posmoderna. Puede que el martirio de los cristianos japoneses y el tormento de los padres jesuitas en el siglo XVII den frutos ahora, en pleno siglo XXI. No somos quiénes para juzgar los silencios de Dios…

Por eso, en el silencio de Dios debemos recordar las palabras de San Pablo, que nos decía que no debíamos ser niños en el uso de la razón (Cor 14, 20). Al cristiano se le exige ser razonable. Es decir, que debe esforzarse en comprender e inteligir la voluntad divina, incluso cuando esta parece haberse ausentado. El mismo San Juan de la Cruz, que es maestro de vida espiritual y de seguimiento de Dios en la oscuridad de la fe, dice: “más agrada a Dios el alma que con sequedad y trabajo se sujeta a lo que  es razón, que la que, faltando en esto, hace todas sus cosas por consolación”.

¡Qué perdidos estamos si solamente seguimos a Cristo por consuelo sentimental! ¿Qué pasa, entonces, cuando nos pide ser pequeños cirineos y cargar con la Cruz? Como decía, creo que el silencio de Dios nos fortalece, nos prueba y nos obliga a ejercitar nuestras virtudes, sobre todo nuestra paciencia, nuestra humildad y nuestra prudencia para que el amor que le demos a Dios y a los demás sea sereno y maduro, no fruto de un arrebato o de una chispa que se apaga rápido como una cerilla.

¿Cuál es, pues, el principal fruto del silencio de Dios? Creo que es la libertad. Así buscamos y aceptamos la verdad divina con madurez. La verdad, por ello, es para el cristiano una invitación a la calma y a la contemplación. Nos obliga a ejercitar nuestra inteligencia y a estar abiertos a aquello que no podemos dominar, que, a fin de cuentas, es el mismo Dios. Nos permite comprender Quién es el Creador y nos aceptamos como criaturas, cosa nada fácil… De esta manera, la verdad nos aleja del fanatismo político o del religioso y nos libera de la irracionalidad de las utopías o del nihilismo. Gracias a ella tenemos noticia de algo que es valioso y elevado en sí mismo. Ese valor que no es cuantificable y que está por encima de aquella concepción de la razón que reduce el conocimiento a lo meramente cuantitativo y, por ser intangible, libera a la voluntad de creerse dueña, capaz de tiranizar aquello que no es ella misma.

Entonces, la verdad es la condición de posibilidad de la libertad, pues al ser aceptada la eleva al ámbito donde no puede ser sometida por el poderío de los tiranos ni por el precio de los corruptos: la verdad es el baluarte de la libertad humana. Por eso preocupa tanto a aquellos políticos que buscan sedar nuestra voluntad, porque una persona libre, que vive en un plano que no es manejable por las artimañas del poder, es un problema político. Algo que podemos ver perfectamente en el film de Scorsese… No es casual que la pregunta que dirigió Poncio Pilato a Jesús de Nazaret fuera esta: «¿Qué es la verdad?» (Jn 18, 38).

Como se ve, el asunto da de sí. Siento haberme extendido tanto, pero creo que el tema lo merecía. He decidido cortar por lo sano la reflexión para que quede en la imaginación la escena de Pilato y Jesús. A partir de ella creo que voy a sacar a la luz el tema de la identidad, que es tan importante en Silencio. Si has llegado otra vez hasta aquí, agradezco, de nuevo, tu paciencia. Espero que nos encontremos en la próxima entrada.

¡Hasta la próxima lectura!

1 comentario:

Rocío Miralles dijo...

APLAUSE
¡Genial, Rafa!
Me atrevería a decir que con la foto que acompañas a tus palabras bien nos indicas dónde está la verdad y quién es la verdad, ¿me equivoco? De todas formas, si no lo hubieras hecho, gracias a tu exposición ayudas a replantearnos esta cuestión, a redirigirla e incluso a planteárnosla desde una madurez o niñez inocente. Me ha encantado que te pusieras como protagonista al inicio, más que nada para ver que incluso un filósofo como tú, ¡no tiene todas las respuestas y se muestra pobre y necesitado! No sé si es por tu vena filosófica, por la docencia o qué, pero palabra tras palabra has conseguido que mis ojos no se desviaran de la pantalla como queriendo confirmar, reafirmar y firmar lo que dices. ¡Qué bonita e inquietante experiencia común de la verdad!
Gracias por compartir tu vivencia y la sabiduría que ésta te da. ¡Saludos! Espero la siguiente con ilusión, ¡que no falte tinta o Internet!