lunes, 6 de febrero de 2017

Cultura, verdad e identidad en ‘Silencio’, de Scorsese (III)



Ha llegado el momento –¡por fin!–  de afrontar el tema de la identidad. Después de las anteriores entradas, que trataban sobre la cultura y la verdad, toca tratar la identidad, que es tan importante tanto en la película como en nuestra vida cotidiana.
Siendo sincero, vuelve a intimidarme hablar sobre estas cosas tan cruciales. Quienes me conocen saben que igual no soy la persona más adecuada para hablar de identidad personal, porque incluso a mis veintisiete años adolezco un poco –o bastante– de ella (¿y quién no?). Sin embargo, como no voy a hablar de mí mismo, no tengo motivos para preocuparme. Os voy a destapar mis cartas para que veáis que no voy a hacer ningún truco de prestidigitación filosófica: para hablar de la identidad voy a hablar de Dios. Así ninguno podrá decirme que no le he advertido y que le he vuelto a hablar de lo mismo de siempre. ¡Qué le vamos a hacer! Quienes me conocen saben que siempre recurro a Él para pensar. No soy nada original al respecto. Pero es que cuando uno se encuentra con una realidad insondable es lo que pasa…
Espero ser lo bastante humilde para hablar de Dios. Porque si uno no lo es lo mejor es guardar silencio, ya que, como poco, hará el ridículo al hablar de Él. Me viene a la mente a este respecto la doctrina de Nicolás de Cusa sobre la coincidentia oppositorum, la coincidencia de los opuestos. En ella defiende el Cusano que en Dios lo máximo y lo mínimo coinciden. Cosa que a primera vista parece absurda. No obstante, si uno se para a meditarla con detenimiento no lo es. Por ello nos preguntamos: ¿cómo es posible que los opuestos coincidan? ¿Acaso la naturaleza de los opuestos no consiste precisamente en no coincidir? Efectivamente. Lo propio de los opuestos es oponerse. Pero cabe su coincidencia. Los opuestos coinciden máximamente. Lo máximo y lo mínimo coinciden en cuanto que ambos son máximos. Lo máximo es máximo máximamente y lo mínimo es mínimo máximamente (si lo mínimo no fuera máximamente mínimo, no sería lo mínimo). De esta manera, lo máximo y lo mínimo coinciden como máximos.
Así, espiritualmente, esta doctrina tiene fecundidad, pues quien es humilde máximamente se une a Aquel cuya realidad es inabarcable con la mente y el corazón humanos, que es Dios. Puede que por ello la Virgen fuera capaz adherirse perfectamente a la voluntad de Dios, pues la que se declaró esclava del Señor fue llamada por el ángel llena de gracia. No en vano, María significa la excelsa. En ella los opuestos coinciden sin contradicción. Podemos llamarla, por ello, Madre de Dios.
 Si nos fijamos en Jesucristo nos encontramos esa coincidencia al contemplarlo en la Cruz, pues en su cuerpo llagado se manifiesta la grandeza de su Amor y la bajeza del pecado, que es asumida por Él libremente para convertir nuestra fealdad en una nueva Belleza –su Rostro– que supera nuestra capacidad de raciocinio al cargar con la culpa de los delitos de todos los hombres (el Verbo Encarnado ha acabado con la oposición entre el Creador y la criatura: más que construir un puente entre ambos, ha confirmado que es posible la perfecta unión sin confusión de la naturaleza humana con la divina: la persona humana puede ser divinizada en la Persona del Hijo).
El espanto que produce el escándalo de la Cruz purifica nuestro corazón y lo transforma provocando en él asombro: solamente la voluntad omnipotente del Creador podía hacerse cargo del peso de la culpa de la criatura. Además, lo que más conmueve es ver que la voluntad divina se conjuga con la humana en la Persona de Jesucristo, que actúa también según la naturaleza humana y nos demuestra, como hizo María, que es posible decirle sí a Dios en plenitud a pesar de que el sufrimiento tense hasta el extremo las fibras más íntimas de nuestro ser y parezca que se desgarre como una tela.
Quizá dé la impresión de que nos estamos yendo por los cerros de Úbeda. No es así en modo alguno. Quienes hayan visto Silencio comprenderán que lo que se acaba de decir tiene que ver con la problemática del film. El padre Rodrigues es quien más padece la adolescencia de su identidad personal a causa del sufrimiento que le provoca el silencio de Dios y parece que vacila a la hora de aferrarse a la fe o abandonarla. En este personaje podemos encontrarnos con las dudas que asolaron al hombre moderno durante los siglos XVI y XVII. También al del XXI, por supuesto.
Casi me atrevería a decir que el padre Rodrigues es la representación del sujeto moderno: aquel que busca una certeza sobre sí mismo que le permita estar en posesión de lo indudable. Es decir, parece que busque, como Descartes, aquel punto fijo desde el cual deducir todo su sistema de creencias: el famoso cogito. No es casualidad que Descartes cursara sus estudios con los jesuitas en La Flèche. Por eso, este personaje de Silencio me parece un poco forzado, porque hay que ser muy kamikaze (nunca mejor dicho) para irse a Japón a evangelizar dudando sobre la propia creencia religiosa para ver si encuentras en ella algo indudable: con estos presupuestos eres el candidato número uno para ser el misionero apóstata del año. Si se suma a su duda que su maestro intelectual y espiritual puede haber abandonado su enseñanza, tenemos al sujeto moderno servido en bandeja de plata, pues ha perdido todo punto de referencia externo a él y tiene que buscarlo desesperadamente en algún sitio, ya sea fuera o dentro de sí: la ausencia de maestros es una de las condecoraciones que los modernos se atribuyen. 
Con todo, estaría siendo simplista si redujera las preocupaciones del padre Rodrigues a la duda cartesiana. Ahora bien, insisto en que es un personaje un poco forzado por ser excesivamente moderno o posmoderno. Lo cual en sí mismo no es malo, sino contemporáneo y puede que anacrónico, pues no es fiel a la Historia, sino que es una ficción histórica en la que se plasman las inquietudes culturales de nuestro presente histórico o la existencia particular del director del film, como dice Monseñor Munilla en su crítica. Es cierto que todo artista representa algo de sí mismo o deja un pedacito de sí en sus creaciones, pero quizá –y repito, quizá– no haya una intencionalidad maliciosa por parte de Scorsese al mostrar el tormento espiritual del padre Rodrigues y pueda ser tenido en cuenta para reflexionar sobre el tipo de espiritualidad que están viviendo los fieles. Tal vez sea responsabilidad de los creyentes el hecho de que la imagen de Dios en nuestro tiempo sea, entre otras, tormentosa y que ese silencio divino sea fruto de nuestra incoherencia cristiana y no una decisión del Creador. Además, en nuestra cultura se fomenta demasiado la dispersión interior que provoca la mera experiencia sensible. Estamos excesivamente atentos a los estímulos externos y a la emotividad fácil de la vivencia colectiva y no somos capaces de dejar que las aguas de nuestro corazón estén en calma para que pueda reflejarse la imagen de Dios en ellas. Razón suficiente para que la experiencia de la creencia religiosa sea tormentosa, porque sin relación íntima con el Creador en la oración no veo posible la unidad de la vida cristiana y el testimonio de fe se convierte en flatus vocis, palabras vacías.  
Volviendo al padre Rodrigues como representación del sujeto moderno, puede que lo que más le atormente sea la pretensión de sí mismo que guía la búsqueda filosófica y cultural de la Modernidad. Pretensión que acaba frustrada y que se manifiesta en la desesperación y en el absurdo que caracteriza la cultura posmoderna. Asunto muy amplio que daría para escribir otra entrada. Pero creo que sería alargar demasiado las cosas…
Ahora vamos a detenernos en la conversación entre Poncio Pilato y Jesús de Nazaret y preguntarnos su relación con Silencio, tal como dije al concluir la anterior entrada.
El diálogo entre Jesús y Pilato creo que es clave para entender que la fe cristiana es un problema político. Dejando a un lado el proceso fraudulento contra Jesús, que es sentenciado dos veces por el mismo delito y sin esclarecimiento de la veracidad de las acusaciones, si nos fijamos en las palabras que le dirige al prefecto romano podemos percibir la tensión filosófica que había entre ambos. Es como si Maquiavelo hablara cara a cara con Dios debatiendo sobre el poder político. Lo más sorprendente es que Jesús parece un idiota o alguien al que hay que temer, pues dice: «mi reino no es de este mundo» (Jn 18, 36).
¿Por qué parece idiota? La respuesta, a mi entender, es evidente: un hombre que cuyo reino no está situado en el mundo común de todos los hombres no tiene, de hecho, poder alguno. Ese hombre no es temible. Si, además, a pesar de ello, se atreve a seguir llamándose rey, solamente puede provocar en nosotros una carcajada como la de los legionarios romanos que posteriormente maltratan a Jesús. Pero el asunto no es tan sencillo. Un estratega como Pilato sabe que una idiotez puede convertirse en algo indomable, sobre todo tratándose de un prisionero judío. Roma tenía poder para conquistar territorios y someter a los pueblos. No obstante, parece que a Jesús no puede conquistarlo. Por eso intenta recurrir al escepticismo para ver si el prisionero abandona su postura y le pregunta: «¿O sea, que tú eres Rey?» (Jn 18, 37). Si nos fijamos, la pregunta es muy inteligente. Porque solamente alguien que tiene realmente poder puede poner en duda la potestad política de alguien que se la adjudica. A pesar de ello, hay algo que desarma a Pilato cuando Jesús dice: «Tú lo dices: yo soy Rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Jn 18, 37).
En las palabras de Jesús hay algo que trasciende la fuerza militar de Roma. Pilato es consciente de ello y su pragmatismo político solamente le permite preguntar: «¿Qué es la verdad?» (Jn 18, 38). Lo hace como si su escepticismo fuera a librarle de la duda que ha cubierto su entendimiento al escuchar a Jesús. La verdad era un problema para Roma. Solamente el relativismo cultural podía concederle ventaja sobre los demás pueblos, pues lo que hizo grande a Roma fue su superioridad técnica y jurídica para solucionar problemas, no su capacidad para dar sentido a la vida de los ciudadanos del Imperio. Roma podía satisfacer los placeres carnales, no los deseos profundos del alma. Solamente el escepticismo hedonista que ofrecía podía acallarlos. La pregunta de Pilato está armada con todo el poder orgiástico de Roma. Por eso solamente puede intentar hacer cambiar de postura a Jesús condenándolo a la flagelación. Pues el convencimiento del preso puede ceder ante el dolor de su cuerpo magullado.
El proyecto cultural de Roma era grandioso. Ella buscaba lo común a todos los hombres: la muerte y el placer. Con ello Augusto logró acallar la autoridad del Senado romano y unificó el poder religioso-político en su persona. Él era el dominus y pontifex, señor y pontífice de Roma. Gracias al dominio de Augusto se logró la pax romana, símbolo de la victoria cultural de Roma, pues con ella unificaba lo que era diverso. El emperador representaba la unidad de la Naturaleza y del hombre. Roma se convertía así en la Urbe y en el Orbe. Desde entonces Roma es el paradigma de todo imperio político.
A pesar de ello, la verdad de la que habla Jesús fue un problema insoluble para el Imperio. ¿Qué poder podía tener Roma sobre aquellos que creían en la resurrección? ¿Qué hacer con quienes habían convertido aquello que representaba el terror de su poderío, la cruz, en el símbolo de su Dios, en el camino hacia el Reino de los Cielos? Visto con lentes ideológicas, puede representarse a Jesús como un libertador político. Pero es mucho más, esa visión es muy pobre. Porque Jesús hizo algo de más calado. El camino recorrido en su pasión, muerte y resurrección abrió una posibilidad vetada a Roma: Jesús atravesó la oscuridad de la muerte y dio credibilidad a su promesa de vida eterna. La muerte de Jesús y la vida nueva prometida no fueron una simple ficción de un rito de iniciación en algún conocimiento oculto reservado a unos pocos elegidos. Su muerte y su resurrección permitieron a todos los hombres tener una nueva esperanza más allá de esta vida, un conocimiento a través de la fe de la paz definitiva y auténtica, de la reconciliación verdadera del hombre consigo mismo y con Dios. La paz que ofrece Jesucristo enraíza en lo más profundo del corazón humano y hace que las “paces” que pueda construir el ser humano con su ingenio pierdan valor si no están basadas en ella. Pues como dice Erik Peterson: “la paz que busca el cristiano es una paz que no garantiza ningún césar, porque esa paz es un don de Aquel que está «sobre toda razón»”.
Por eso la fe en Jesucristo es un problema político y Pilato no lo ignoraba, de igual manera que tampoco lo ignoraban las autoridades japonesas cuando llegaron los misioneros europeos a sus tierras anunciando la nueva fe. Y es que ¿a qué altura queda el poder humano cuando se manifiesta el poder divino, que es señor auténtico de la vida y de la muerte? El silencio de Jesús ante Pilato invade su corazón con más fuerza que su escepticismo. A razón de ello, le pregunta: «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo potestad para soltarte o potestad para crucificarte?» (Jn 19, 10). Pregunta con la que el prefecto manifiesta la vulnerabilidad de su poder, porque realmente el dominado de Augusto no tiene poder sobre la vida humana: puede quitarla mas no devolverla. Además, Jesús tiene autoridad suficiente para contestarle: «No tendrías potestad alguna sobre mí, si no se te hubiera dado de lo alto» (Jn 19, 11).
El judeocristianismo desmantela el afán humano de someterlo todo y declararse un dios. La conciencia de la existencia del Creador y su aceptación es lo que libera al ser humano de pretender tomar las riendas de la Historia de manera absoluta y de construir un mundo a su medida, pues Aquel que ha puesto auténtica medida al Cosmos y al hombre es Dios: el signo inequívoco de ese poder de Dios es la Redención llevada a cabo por Jesucristo. El Resucitado manifiesta la omnipotencia divina con la claridad propia del verdadero amanecer de la Historia. Ante la magnitud de tal hazaña todas las utopías humanas quedan reducidas a la nada.
La identidad que otorga Jesucristo a aquellos que creen en su Persona es más radical que aquella que puede adquirirse dentro de cualquier sistema político. La política humana no puede perpetuarse más allá del tiempo. Antes bien, sucumbe al mismo: las ruinas del Imperio romano sirvieron para decorar las nuevas Iglesias para rendir culto al Dios que prepara el tiempo definitivo de la vida eterna. El Resucitado ha abierto el espacio de la metahistoria y permite adquirir, así, una identidad escatológica. Una identidad que está más allá del tiempo histórico y que no quedará reducida a una lápida funeraria. En la mirada de Cristo se refleja la identidad verdadera de nuestro ser y en su memoria eterna se guarda la palabra definitiva que manifiesta la esencia de nuestro nombre.
El Resucitado ha demostrado la veracidad de su sacerdocio y ha desmontado el sistema sacrificial de toda religión humana. Él ha realizado el auténtico sacrificio. El sacrum facere, el hacer sagrado que significa la palabra sacrificio, se manifiesta en la Resurrección, pues Jesús es la víctima agradable a Dios que restaura de nuevo y paga toda deuda con la divinidad. Así se logra, de manera definitiva, la separación entre política y religión y se libera a las autoridades políticas de la tentación de declararse iguales a Dios.
El asunto no ha perdido actualidad. Después de más de dos mil años aún se buscan símbolos que sustituyan el symbolum fidei del Credo cristiano y que hagan creer al ser humano que puede declararse dios y desarrollar un plan de salvación al margen del Creador. El problema es que cuando se llevan a cabo esos planes no basta con una víctima sacrificial y las cifras de los muertos ascienden hasta el nivel del genocidio, adquiriendo la categoría de crimen contra la humanidad.
En mi opinión, este problema está presente en el film de Scorsese. Puede que no sea el eje del argumento, pero es claro que no es baladí. Asimismo, creo que la radicalidad de la experiencia de la fe y la identidad escatológica que proporciona no se perciben en el personaje del padre Rodrigues ni en los mártires japoneses. Y creo que ello se debe a la superficialidad espiritual de la cultura moderna, que ha olvidado cuán hondo pueden penetrar aquellas razones del corazón que la razón no entiende, como expresó Pascal. Quizá haya que recuperar la sabiduría del corazón para comprender el misterio de la fe y tener experiencia de ese Dios que es Padre y cuyos silencios son un don y no un tormento. Pero claro, confiar en las promesas divinas no es fácil y atreverse a hacerse pequeño es demasiado costoso. Habrá que caer en tierra y morir como un grano de mostaza… Así experimentaremos cómo lo máximo y lo mínimo coinciden, tal como decía Nicolás de Cusa. Estoy convencido de que para emprender este camino hay que aprender a ser como María

1 comentario:

Rocío Miralles dijo...

Sigo con APLAUSE.
Por curiosidad le di a contar palabras... ¡y rozas las tres mil! Lo que me impresiona es que hayas conseguido que las lea sin percatarme de que eran tantas. Y, también, lo que puedes sacar de una película. Te agradezco mucho este análisis tan exhaustivo (sigo sin encontrar momento para verla), y sobre todo, ¡por haber explicado la famosa pregunta de Pilatos! "¿Qué es la verdad?" Te confieso que siempre que sale este pasaje en Semana Santa me quedo con las ganas de que Jesús le conteste.

Escribías que mirando a Jesucristo se adquiere la verdadera identidad de uno mismo, y no he podido evitar recordar una anécdota que ahora cobra todo su sentido, y tiene que ver contigo y con Él "curiosamente". Fui la semana pasada a un lugar que solemos frecuentar, tú supongo que más, y donde nos saludamos deprisa y corriendo. Ese día yo estaba unos metros detrás de ti, cuando te reconocí no puede reprimir una sonrisa porque pensé: "¿estará hablándole de Silencio? ¿Estará buscando la Verdad?", por la intensidad en que mirabas a esa Persona, no dudo que fuera así.

Y por último, me encanta cómo has terminado tu reflexión haciendo que miremos a María. ¡Cuántas cosas podemos aprender con y de Ella! Gracias otra vez por tus palabras, Rafa. ¿Habrá alguna entrada más?