martes, 24 de enero de 2017

Cultura, verdad e identidad en ‘Silencio’, de Scorsese (II)



Seguimos nuestra reflexión a partir de los problemas a los que se enfrentan los padres jesuitas en Silencio. La semana pasada concluimos dejando pendiente la cuestión de la verdad. Antes de empezar tengo que decir algo bien claro: ¡qué temor me infunde hablar de ella! Durante los últimos días me he parado a reflexionar sobre el asunto y me he dicho: “Rafa, ¿te das cuenta de lo arriesgado que es hablar de la verdad? ¿Acaso la conoces lo suficiente como para decir «la verdad es esto»?”. A decir verdad, tengo que contestarme diciendo que la ignoro. ¡No conozco la verdad! ¡No la poseo! Así que no esperéis que mi dedo índice os indique dónde está ni qué es.

No obstante, no voy a engañaros: la verdad es un asunto que me preocupa. ¡Por algo he estudiado filosofía! Si no estuviera buscándola no habría dedicado cuatro años de mi vida a sacar un título universitario que me ayude a satisfacer esa curiosidad que inquieta mi corazón con tanta insistencia. Así que tengo que decir que me parece absurdo amar algo que no existe. Como me parece absurdo y la vida es muy corta para dedicarla a cosas absurdas, ¿voy a dedicarme a amar algo absurdo? ¡De ninguna manera!

No sé si habéis leído a Nicolás de Cusa. Es un filósofo divertidísimo y profundo. Escribió un texto titulado Diálogo sobre el Dios escondido. En él dos hombres hablan sobre el conocimiento de Dios. La escena comienza con un momento enternecedor: un pagano encuentra a un cristiano de rodillas. El pagano observa que unas lágrimas de gozo surcan el rostro del cristiano. Entonces, le pregunta qué está haciendo. El cristiano le responde que adora. Al preguntarle de nuevo el motivo por el que está adorando, el cristiano le dice: “porque ignoro”.

¡Qué respuesta tan brillante! Cuando leí las palabras del cristiano en el diálogo me emocioné. Pensé en todas las veces que había enfocado el conocimiento como un logro propio y cómo eso te lleva a la arrogancia y la soberbia. En cambio, la actitud del cristiano es diferente: porque conoce sabe que ignora y su saberse ignorante le permite ser humilde y ponerse de rodillas. Esta actitud es muy diferente de la de aquellos que entienden que el conocimiento es dominio y transformación del mundo. Aquella que dice que el hombre es la medida de todas las cosas, como hemos visto al hablar de la cultura.

El conocimiento puede verse de dos maneras, entonces. Podemos hablar de ese conocimiento que dice: “conocer es poder”. Y también podemos expresarlo así: “conocer es adorar o amar”.

Como se puede intuir, me inclino más por la segunda manera de entender el conocimiento. Mi propia experiencia personal me lleva a verlo así. Para mí la filosofía es aprender a ponerse de rodillas. Creo que es una manera muy adecuada para encaminarse hacia la verdad.  Te permite abrirte a ese espacio en el que puedes ser interpelado por ella. Pues la verdad es tímida y delicada, silenciosa, y cuando buscas dominarla con tus palabras se escapa, dejando en tu corazón una desazón. En cambio, si te haces un poco niño, si dejas que su resplandor brille en tus pupilas, las palabras para expresarla acarician tus oídos y puedes, con sutilidad, decir algo sobre ella hasta donde te permite. Pero para percibir ese resplandor suave que no hiere la pupila hay que dejar que te ciegue y que solamente el amor a la verdad ocupe tu corazón, porque es una amante celosa y no muestra su belleza a aquellos que no se vacían por completo de los deseos que te conducen a cosas que no son ella misma…

¿Se comprende, entonces, por qué la verdad me enamora? ¡Ay! ¡Pero no escribo esto para hablar de mí mismo, sino para hablar de ella! Disculpadme si me he desviado demasiado del asunto que nos ocupa ahora, pero es que uno se sube a su nube y se despista…

No voy  a ocultar mis intenciones. Quiero llevaros hacia donde creo que la verdad se encuentra, si es que podemos decir que está en algún sitio… He estado pensando en los diferentes modos de orientarse hacia ella. Se me han ocurrido tres sentidos para expresar la verdad. No espero que os satisfagan por completo ni pretendo lograr agotarla. Pero, si me permitís, os escribo cuáles he pensado: uno, el horizontal; otro, el vertical; el último, el nuclear. El primer sentido de la verdad es aquel que entiende la verdad como aquella expresión que es fiel a lo que percibimos en el mundo. Es decir, es ese sentido tan aristotélico que la entiende como la adecuación del intelecto y la cosa. Así somos fieles al lenguaje y lo entendemos como expresión y comunión de nuestro intelecto y el mundo conocido. Alguno dirá que es una manera ingenua de pensar las cosas, pero es que para ser filósofo hay que ser un poco niño… El sentido horizontal de la verdad permite entender la cultura como aquello que hace inteligible el mundo, es decir, que permite leer dentro (intus legere) del mundo, incluso de la Naturaleza, y penetrarlo, sacando a la luz la esencia de las cosas. Esta experiencia de la verdad es manifestativa.

A partir de lo horizontal, es posible advertir lo vertical, que nos conduce a aquello que es más allá del conocimiento de la esencia de las cosas. En el sentido vertical de la verdad se trasciende el conocimiento y se advierte lo que está por encima de él: los primeros principios de la realidad, aquellos que tradicionalmente se han conocido como metafísicos. Pero para llegar a ese nivel hay que desaferrarse de la seguridad que ofrece el conocimiento no metafísico y olvidarse de uno mismo. Hay quien lo define como un acto de generosidad, pues aceptar los primeros principios supone hacer una reverencia intelectual y disponerse a estar abierto a ellos. Creo que este sentido de la verdad es muy importante tenerlo en cuenta para analizar el problema de las culturas en Silencio, porque cuando vi cómo los padres jesuitas debatían sobre la manera que tienen los japoneses de entender la divinidad me di cuenta de que quizá el problema de fondo no era religioso, sino filosófico: en Japón no había Metafísica, sino, a mi entender, filosofía de la Naturaleza y, por tanto, no tenían, efectivamente, un conocimiento intelectual de Dios como se daba en la tradición filosófica de Europa. Por ejemplo, cuando Tomás de Aquino elabora sus cinco vías metafísicas para la demostración de la existencia de Dios insiste en decir que en Metafísica se lo demuestra como principio y al concluir la argumentación de cada una dice: “y a esto llamamos Dios”. Es decir, que no confunde el acceso a Dios como principio desde la razón filosófica con la experiencia de Dios desde la fe. No es casual que el jesuita en el que está inspirado el padre Ferreira se empeñara, a pesar de haber apostatado, en explicar la ley natural a los japoneses en su propio lenguaje. Quizá sea cierto que evangelizara en secreto y con astucia…

La generosidad nos otorga una ganancia. Se hace posible alcanzar el sentido nuclear de la verdad. Este sentido es el que tiene que ver con nosotros mismos, con lo que nos es más íntimo. Aquel que responde a las preguntas profundas de nuestro corazón. Aquí no nos ocupamos del mundo ni de los primeros principios, sino de aquello que interpela nuestro ser y nos hace preguntarnos quiénes somos. En el núcleo de nuestro ser se acompasan las inquietudes filosóficas y la fe. Es decir, aquí el Dios que se conoce como Origen de nuestro ser se escucha como Palabra. La verdad, pues, tiene que ver con nosotros. En vez de ser expresada, se expresa. En vez de conocer, somos conocidos. Esto es posible, precisamente, porque la verdad es una persona y no una mera idea. Por ello, la aceptación de esta verdad es a su vez una donación de nosotros mismos, pues nos entregamos a esa verdad que convoca nuestra libertad más allá de los planes que podíamos haber hecho antes de encontrarla. Esta verdad, que es más alta que la vertical porque es más profunda, nos da la oportunidad de destinarnos y de entregarnos. Porque aquí aceptar es darse y esta dación de uno mismo transforma nuestro ser en auténtico amor capaz incluso de llegar a la muerte, al martirio. ¿Cómo? Porque nos han amado primero (Jn 4, 19). Es una experiencia radical de conocimiento y de amor que se nos da habiéndola buscado y esperado, pero sin que pudiéramos preverla. Es así de novedosa. ¡Nunca te permite aburrirte!

Ahora es cuando podría decirme alguien: “¡Te equivocas, Rafa! ¿Cómo que no aburre? ¿Cómo te atreves a decir eso si precisamente estamos tratando la cuestión del silencio de Dios? ¿No es ese el problema del film? ¿No es nuestro problema? ¿Qué puedes contestar a esto?”.

Desde luego, quien me preguntara esto me pondría en un aprieto. De todas formas, voy a intentar responderle. Efectivamente, Dios guarda silencio. Esta experiencia puede quitarnos la paz y llevarnos a pensar que esa experiencia liberadora y gozosa del Creador era un sueño o una ilusión. No obstante, no nos engañemos: las afecciones que deja en el alma la experiencia de Dios son más intensas y se imprimen en la memoria con más fuerza que cualquier experiencia terrena. Esas afecciones resuenan en nuestro interior aun cuando parece que han desaparecido y solamente queda el ruido del mundo exterior. Pero no es así en modo alguno. Esa afección deja un hueco o una herida dulce en el alma que purga nuestro corazón en los momentos de silencio o soledad y tiene un sentido. Es un plan de Dios en nuestra vida. Porque ¿no es cierto que Dios nos lleva al desierto para probar nuestra fe? Y en el desierto ¿no dudan hasta los elegidos de Dios? Sin embargo, no podemos esquivar al Creador cuando tiene planes para nosotros. Y sabemos que, después de la Encarnación del Verbo, los tiene para todas las personas sin excepción. Incluso para nuestra sociedad posmoderna. Puede que el martirio de los cristianos japoneses y el tormento de los padres jesuitas en el siglo XVII den frutos ahora, en pleno siglo XXI. No somos quiénes para juzgar los silencios de Dios…

Por eso, en el silencio de Dios debemos recordar las palabras de San Pablo, que nos decía que no debíamos ser niños en el uso de la razón (Cor 14, 20). Al cristiano se le exige ser razonable. Es decir, que debe esforzarse en comprender e inteligir la voluntad divina, incluso cuando esta parece haberse ausentado. El mismo San Juan de la Cruz, que es maestro de vida espiritual y de seguimiento de Dios en la oscuridad de la fe, dice: “más agrada a Dios el alma que con sequedad y trabajo se sujeta a lo que  es razón, que la que, faltando en esto, hace todas sus cosas por consolación”.

¡Qué perdidos estamos si solamente seguimos a Cristo por consuelo sentimental! ¿Qué pasa, entonces, cuando nos pide ser pequeños cirineos y cargar con la Cruz? Como decía, creo que el silencio de Dios nos fortalece, nos prueba y nos obliga a ejercitar nuestras virtudes, sobre todo nuestra paciencia, nuestra humildad y nuestra prudencia para que el amor que le demos a Dios y a los demás sea sereno y maduro, no fruto de un arrebato o de una chispa que se apaga rápido como una cerilla.

¿Cuál es, pues, el principal fruto del silencio de Dios? Creo que es la libertad. Así buscamos y aceptamos la verdad divina con madurez. La verdad, por ello, es para el cristiano una invitación a la calma y a la contemplación. Nos obliga a ejercitar nuestra inteligencia y a estar abiertos a aquello que no podemos dominar, que, a fin de cuentas, es el mismo Dios. Nos permite comprender Quién es el Creador y nos aceptamos como criaturas, cosa nada fácil… De esta manera, la verdad nos aleja del fanatismo político o del religioso y nos libera de la irracionalidad de las utopías o del nihilismo. Gracias a ella tenemos noticia de algo que es valioso y elevado en sí mismo. Ese valor que no es cuantificable y que está por encima de aquella concepción de la razón que reduce el conocimiento a lo meramente cuantitativo y, por ser intangible, libera a la voluntad de creerse dueña, capaz de tiranizar aquello que no es ella misma.

Entonces, la verdad es la condición de posibilidad de la libertad, pues al ser aceptada la eleva al ámbito donde no puede ser sometida por el poderío de los tiranos ni por el precio de los corruptos: la verdad es el baluarte de la libertad humana. Por eso preocupa tanto a aquellos políticos que buscan sedar nuestra voluntad, porque una persona libre, que vive en un plano que no es manejable por las artimañas del poder, es un problema político. Algo que podemos ver perfectamente en el film de Scorsese… No es casual que la pregunta que dirigió Poncio Pilato a Jesús de Nazaret fuera esta: «¿Qué es la verdad?» (Jn 18, 38).

Como se ve, el asunto da de sí. Siento haberme extendido tanto, pero creo que el tema lo merecía. He decidido cortar por lo sano la reflexión para que quede en la imaginación la escena de Pilato y Jesús. A partir de ella creo que voy a sacar a la luz el tema de la identidad, que es tan importante en Silencio. Si has llegado otra vez hasta aquí, agradezco, de nuevo, tu paciencia. Espero que nos encontremos en la próxima entrada.

¡Hasta la próxima lectura!

domingo, 15 de enero de 2017

Cultura, verdad e identidad en ‘Silencio’, de Scorsese (I)



La semana pasada publiqué una entrada comentando algunas consideraciones sobre el último film de Martin Scorsese, Silencio. Dije que recomendaba que se viera porque te ayudaba a cuestionarte cosas sobre la fe cristiana y que era muy provechosa para el debate. Es decir, que en el film se plantean algunas aporías antropológicas que invitan a la reflexión, a profundizar en lo que sabemos y no sabemos.
Esa es la razón por la que me pareció muy fructífera, porque despierta nuestra inteligencia cristiana para solucionar los problemas culturales de nuestro tiempo. Digo que son de “nuestro tiempo” porque creo que de hecho lo son. Las dudas sobre las culturas que se plantean los padres jesuitas en el film me parecen demasiado contemporáneas, demasiado posmodernas. No me imagino a un jesuita atravesando el Océano Pacífico en el siglo XVII y reflexionando sobre la tolerancia de las diferencias culturales mientras arriesga su vida en nombre de Jesucristo. Me parece, más bien, la actitud de un misionero en el siglo XX o XXI. O, puede, la de un teólogo sentado en el sillón del despacho de su facultad en alguna capital europea.
Sin embargo, sean o no reflexiones de una persona curtida por la dureza de su acción misionera o de un intelectual acomodado en Europa, no se puede negar que el problema del relativismo cultural no es ajeno a nuestras vidas. En nuestro día a día nos encontramos con preguntas parecidas a las que se hacen los padres jesuitas en Silencio y también experimentamos la ausencia de Dios en muchos momentos. Lo cual puede llevarnos a identificarnos con ellos y con su sufrimiento. Pues ¿no nos invita una y otra vez nuestra cultura, con su superficialidad y con su frivolidad, a negar a Dios, a hacer una apostasía callada, y a sumarnos a ese relativismo que niega la existencia de la verdad, a fin de cuentas, que niega que Jesucristo sea la Verdad? Yo diría que sí.
Por eso me he decidido a escribir esta entrada y tratar algunos puntos que creo importantes: la cuestión de la cultura, la de la verdad y la de la identidad personal. Tratamiento que será insuficiente, porque no creo que se puedan resolver estas aporías en profundidad con la entrada de un blog. Así que me disculpo de antemano por si mis razonamientos son demasiado burdos.
Una de las dudas que más inquietud suscita la película es la de la comunicabilidad entre las culturas. Parece que sea imposible trasmitir el conocimiento de Dios propio de la fe cristiana de los españoles y portugueses a los japoneses por las diferencias lingüísticas, sociales y políticas. La duda es muy interesante, pues forma parte de la historia cultural de Europa. Si nos trasladamos a la Atenas del siglo V a.C. podemos encontrarnos a Sócrates debatiendo con los sofistas los problemas de la relatividad de las culturas. El hombre más sabio de Grecia también se preocupó por averiguar si era posible conocer la verdad en un mundo empapado por diferentes culturas.
El sofista Protágoras afirmaba que el hombre es la medida de todas las cosas, es decir, que con su cultura medía el mundo que le rodeaba y que él creaba. Lo que podía llevar a la conclusión de que el hombre, con su cultura, podía llegar a medirse a sí mismo, a definirse a voluntad, negando la existencia de una realidad humana que anteceda a la producción cultural del ser humano. Por su parte, Gorgias, también sofista, afirmaba, entre otras cosas, que el lenguaje no manifestaba la esencia de lo que se conoce, es decir, que las palabras no traen a la luz la verdad de aquello que conocemos, porque aunque fuera posible conocer el ser de las cosas, no podría comunicarse.
La afirmación de Gorgias no deja de ser problemática, pues atenta contra la misma esencia del lenguaje. Parece como si el lenguaje, que nace con la intención de manifestar el mundo, oculte la realidad con las palabras. Algo así como si se afirmara que el lenguaje expresa que no puede expresarse o que expresa que no expresa nada ajeno a él. Una contradicción que manifiesta el absurdo de tal postura. Si el lenguaje creara el mundo al que se refiere, él mismo no sería necesario.
La intención de verdad y de realidad extrínseca al lenguaje mismo es su esencia manifiesta. Si el lenguaje fuera autorreferente, ¿qué sentido tiene que exista? Ninguno. Así, si el conocimiento humano resultara del lenguaje, no habría lenguaje. ¿Para qué? ¿Cómo va a empezar una palabra, siquiera una letra, si no hay nada que expresar? No he visto a ningún niño diciéndole a su padre cómo hay que comenzar a hablar. Si se afirma que el conocimiento es resultado del lenguaje se afirma que el progreso científico es imposible: aún continuaríamos en las cavernas, pues continuaríamos encerrados en los supuestos lingüísticos previos al conocimiento científico. Casi me atrevería a decir que el relativismo es el enemigo número uno del progreso…
Si realmente estuviéramos sumergidos en el lenguaje y la cultura de tal modo que no pudiéramos salir a la superficie por encima de ellos, ¿seríamos capaces de establecer la diferencia entre las culturas? ¿Podríamos ver la riqueza de cada una y comprender por qué somos diferentes? En el film hay una conversación que versa precisamente sobre este asunto. Pues se ponen de manifiesto las diferencias del concepto de Dios en el cristianismo y en la cultura japonesa. Lo divino en Japón no trasciende la realidad de la Naturaleza. Es la Naturaleza misma, mientras que el Dios cristiano trasciende la realidad del mundo natural y la nuestra. Al establecer esa diferencia ¿no se manifiesta la comprensión de las dos culturas? ¿Es tan radical la realidad de la cultura y del lenguaje que es imposible ver más allá de ellos? Parece que no.
A decir verdad, el relativismo radical hace imposible la tolerancia de aquello que difiere de nuestra cultura, pues es visto como algo irreconocible, extranjero, monstruoso. Si no podemos conocer más allá de nuestro lenguaje y los extranjeros tampoco, solamente queda una palabra para aquel que no es o habla como nosotros: es el bárbaro o enemigo. A ese enemigo solamente queda someterlo con la fuerza y la violencia, pues es el único lenguaje que puede entender, tal y como defiende Calicles, el discípulo de Gorgias, en uno de los diálogos de Platón.
El discípulo del sofista entiende que la razón del Derecho es la fuerza, el sometimiento, pues no cabe establecer la ley política desde el razonamiento y la comprensión, sino con la conquista. Pero si esto es así, ¿podemos hablar de ley alguna? ¿No es esta una defensa clara de la ley del más fuerte? Si solamente tenemos la fuerza, ¿podemos hablar de Derecho? Precisamente los Derechos Humanos permiten a las minorías defenderse de la fuerza de la mayoría y al individuo del poder del Estado. Si no hubiera algo superior a la fuerza y que trascendiera la cultura, sería imposible hablar de Derecho, a mi modo de ver. Y eso que trasciende la cultura y la fuerza es el mismo ser de cada persona, el cual decimos que es digno y, por tanto, merece respeto y puede exigir al Estado no ser sometido. ¿Podríamos haber llegado a esa conclusión en Europa, que es la cuna de los Derechos Humanos, si el lenguaje estuviera encerrado en su propia lógica y no atendiera a lo que es externo a él? Solamente podemos ver la dignidad de la persona si es posible conocer la irreductibilidad de su ser, cosa incomprensible si se establece que el hombre es medida de todas las cosas, pues es capaz de medir incluso al hombre y definirlo como una cosa. ¡Y cuando digo hombre me refiero tanto a la mujer como al varón!
Si el ser humano quedara encerrado en su cultura, nunca podríamos juzgar las acciones de los hombres. Los crímenes cometidos en los campos de concentración nazis habrían sido una mera anécdota histórica relativa a un régimen político que se atrevió a pensar que el hombre es la medida de todas las cosas, incluso del ser humano, y actuar en consecuencia. No nos invadiría el horror al contemplar las imágenes de otros seres humanos tratados con una brutalidad miserable.
La radicalidad del relativismo cultural, por tanto, nos lleva a concluir que no hay nada digno, ni siquiera el ser humano, pues si el valor de la vida humana depende de las circunstancias de cada contexto cultural, no podemos inmiscuirnos en los asuntos morales o jurídicos de cada cultura. Por tanto, aceptamos la barbarie como situación propia de las culturas y establecemos la ley del más fuerte como configuración necesaria de las relaciones entre los hombres (pues incluso para el pacto o consenso social hace falta un Estado lo suficientemente fuerte que nos intimide y nos obligue a pactar).
De todas formas, a pesar de que el relativismo nos lleve a situaciones morales complejas, no deja de ser un hecho ahora mismo y en el siglo V a.C. Igual que lo fue en los comienzos del cristianismo. Sin embargo, ¿es un problema insoluble para un cristiano? ¿Cómo se puede abordar esta cuestión desde la fe? En primer lugar, atendiendo a la realidad divina. Si el Ser de Dios es producto de nuestro lenguaje, solamente queda sentarse en la mesa del relativismo y compartir, en la medida de lo posible, nuestras palabras sobre lo divino para ponerlas en común para hacer un poco de arqueología cultural. Pero creo que esa no es la experiencia ni del judío ni del cristiano. El Dios al que se refieren ambos no es un Dios que ha manifestado el hombre con sus palabras, sino que Él mismo ha tomado la iniciativa y se ha servido del lenguaje humano para revelarse. Es decir, en la conciencia judeocristiana está presente la realidad divina como algo que no depende de sus obras ni de su producción cultural, sino que Dios es el Creador del hombre y no al revés. El Ser de Dios antecede toda producción humana, toda cultura. En segundo lugar, en la conciencia cristiana, además, está presente el mandato de Jesús de ir a todos los pueblos a anunciar el Evangelio. El cristiano sabe que es posible superar las limitaciones de la cultura, pues a la Palabra Creadora no se le escapa el significado de ninguna palabra humana y puede acceder a la realidad que guardan todas las lenguas, realidad de la que no es dueña la criatura, sino el Creador, porque es el Señor. De ahí que los Apóstoles recibieran en Pentecostés el don de lenguas y pudieran ser entendidos por gentes de diferentes pueblos. Señal inequívoca de que la comprensión de Dios no quedaba limitada a la lengua hebrea y que su conocimiento podía ser expresado en lenguas extranjeras. Pues gracias a la fe en Jesucristo «ya no hay diferencia entre judío y griego, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer, porque todos vosotros sois uno solo en Cristo Jesús» (Ga 3, 28). La acción del Espíritu Santo trasciende los límites de la cultura, incluso los de la japonesa...
Queda manifiesta, por tanto, la cuestión que sale a la luz cuando se habla de aquello que trasciende la cultura, que es la verdad. Cuestión que abordaré en una segunda entrada, porque me parece que esta ya ha sido demasiado extensa.
Si has llegado hasta aquí, te agradezco sinceramente tu paciencia. Hasta la próxima lectura.

domingo, 8 de enero de 2017

Silencio, de Martin Scorsese



Ayer, no sé si por la fuerza del azar, del destino o por la acción de la Providencia, acabé viendo en el cine el último film de Martin Scorsese, Silencio. Está ambientado en el Japón de la primera mitad del siglo XVII. Tiempo de la rebelión de Shimabara, en la que los campesinos cristianos fueron vencidos por el shogunato Tokugawa. A causa de ello se impuso una política rigurosísima de promoción de la cultura japonesa que pretendía acabar con cualquier foco de cultura extranjera. Por supuesto, ello implicaba ahogar la fe de las comunidades cristianas y se realizó una auténtica labor inquisitorial para sacar a la luz a todos los “cristianos secretos” en Japón, conocidos como los kakure kirishitan.
Los protagonistas de la trama, además de los cristianos japoneses, son dos jóvenes sacerdotes jesuitas que se ofrecen a acudir a Japón en busca de su maestro, del que se dice que ha cometido apostasía. Así, el Padre Rodrigues y el Padre Garrpe se aventuran en la búsqueda del Padre Ferreira.
Solamente puedo decir que es una película que me ha suscitado muchas preguntas y que, a la vez, me ha ayudado a comprender mi propia fe. En cierto modo, te pone contra las cuerdas, porque te hace plantearte el sentido que tiene el acto de fe y hasta qué punto el sufrimiento físico y espiritual entran dentro del plan de Dios para la salvación de uno mismo y de la Humanidad. No creo apropiado hablar de escenas de la película. Aún así, la veo apropiadísima para abrir debates de todo tipo, tanto teológicos como filosóficos y cotidianos. La recomiendo sin duda alguna.
En el fondo de todo el film late la cuestión de si lo más íntimo de la persona está libre de las acciones externas que realizan los otros y de las circunstancias que acaecen en cada momento. Es decir, ¿hasta qué punto puedo ser yo mismo y resistir a la erosión del sufrimiento y de la duda cuando se introducen en el corazón y ser libre de la presión externa para no ceder a la voluntad de los otros? La pregunta no es fácil contestarla. Porque se añade, además, una cuestión que atañe a la experiencia de la fe: el silencio de Dios. Ese vacío interior que tantas veces sentimos en las peores circunstancias y que arrebata cualquier certeza o recuerdo del Creador en el alma.
El silencio de Dios puede ser una experiencia más terrible que la peor de las torturas. Es una gran paradoja para un cristiano. El Dios que se revela como Palabra calla. Parece que se abstiene de ser Él mismo. El Omnipotente se hace nada, casi vacío, un vacío que hiere el alma en lo más profundo. Pero puede que ese vacío sea una demostración de su existencia, de su presencia: solamente un Dios puede desaparecer de esa manera, solamente un ser infinito puede dejar una herida dolorosa e incurable, insustituible por las cosas que podemos ver y tocar. ¡Ese es el poder de lo intangible!
Sin embargo, ¿no será acaso ese silencio y ese vacío profundo del corazón una de las mayores delicadezas del Creador con la criatura? Llevo bastante tiempo preguntándomelo y he intentado responderme muchas veces a las dudas de fe me provoca el ocultamiento de Dios. Fue ayer, mientras veía esta película, cuando me dije: “Rafa, qué finura tiene Dios, cómo conoce tu naturaleza y la de todos los hombres. Ese silencio y ese vacío que deja el Creador cuando se oculta son una acción delicada y amorosa de tu Padre: son el espacio que prepara el Creador a la criatura para que su sí sea auténtico y plenamente libre. Es así como Dios te permite decir «¡creo!» sin coacción alguna. Todo lo contrario a lo que muestran los poderosos de la Tierra, que buscan atrapar a todas las personas con artimañas y falacias para que acepten su poderío y se sometan a él”.
Es posible que no sea una respuesta satisfactoria para muchos, pero a mí, desde luego, me ayuda ahora mismo a avanzar en la oscuridad de la fe y verla como un mimo divino.
La cuestión de la libertad, como he dicho antes, también es importantísima en la película. Pues no sabemos cómo la suerte moral puede jugar a favor o en contra de nuestro libre albedrío para acertar en la elección del bien con firmeza. ¿Es posible, acaso, decirle sí al bien de una manera definitiva? ¿Es posible hundirse en el mal hasta que la corrupción interior del ser humano sea insalvable? Creo, sinceramente, que no. Me parece que una de las maravillas de la libertad humana es que, hasta la muerte, nunca está nada concluido, y cabe también que después de la muerte tampoco, pero esa cuestión debemos dejarla a los teólogos…
Esto viene al caso de la apostasía. ¿El acto de apostasía es definitivo, determinante? ¿Puede un hombre consolidar su ser con alguna de sus acciones a lo largo de su vida? ¡Qué terrible si fuera así! Si mis acciones pasadas me definieran por completo ahora mismo me agobiaría infinitamente, mucho más que un existencialista con su angustia. Por suerte no hay una idea de Rafa fija y cristalina. Es un consuelo saber que no soy una idea ni una especie de escultura griega expuesta en un museo, fragmentada e inmóvil, incapaz de cambiar su ser. Por eso, no creo que se pueda apostatar de manera definitiva, tampoco comprometerse con Dios de una vez. En mi opinión, la vida, en su transcurso, es una gran deliberación que dura hasta el último momento. Si no disfrutáramos de esa deliberación, de esa apertura del ser que proporciona la libertad, nuestro ser libertad, ¡qué pobre y aburrida sería nuestra vida! ¡Qué monótona! Sin entrar en cuestiones teológicas, no podríamos ser humanos, seríamos ángeles, que consolidan su libertad con un solo acto para toda su existencia atemporal.
Puede que esa gran deliberación que forma parte de la esencia de la libertad sea lo que haga posible el acto de fe. Si no disfrutáramos del espacio vital e íntimo que proporciona la libertad, el acto de fe no tendría sentido alguno. La fe no sería un camino que dura toda la vida. No consistiría en la oportunidad de ser fieles a Dios día a día por voluntad propia (y por iniciativa divina, por supuesto). No podríamos ser semejantes al Dios de la Alianza, que permite que, como Él, seamos llamados fieles.
Y todo por ese silencio de Dios, por mantenerse oculto y atento a cada latido de nuestro corazón, a la espera de que se acompase con el suyo en la sinfonía del Espíritu Santo…
Son muchas más las preguntas que se me han ido ocurriendo y muchos más los temas que toca Scorsese a lo largo del film. Pero sería alargar demasiado las cosas. Solamente puedo recomendaros que la veáis y que saquéis vuestras propias conclusiones.
Sería fantástico tener la oportunidad de debatir sobre ella con un buen café. Así que, como dice un buen amigo mío, hay que desvirtulizarse…