domingo, 11 de agosto de 2019

Pornografía y transhumanismo

Gráfica de Westword, la serie de HBO (Infografía)
Hacer una tesis doctoral sobre transhumanismo tiene sus consecuencias: a todas horas estás buscando la manera de relacionar lo que te rodea con tu investigación. Eso me pasó cuando escuché a María Contreras hablando sobre las consecuencias del consumo de pornografía. Si no me falla la memoria, el pasado mes de marzo la pude escuchar en la Universidad de Navarra y me encantó todo lo que dijo. Porque no me cabe duda de que la pornografía está transformando los hábitos sexuales de la sociedad del siglo XXI.

Como mis neuronas estaban ocupadas con cuestiones transhumanistas, no pude evitar pensar mientras escuchaba a María que lo más alarmante de la pornografía en Internet no es solamente el cambio afectivo y efectivo que está habiendo entre las personas. Lo que llamó mi atención es que hay es una relación totalmente novedosa con las máquinas: las pantallas de nuestras computadoras, sean del tamaño que sean, se están convirtiendo en objeto de erotismo. 

Me da la impresión de que el resultado del sexo digital es que lo que produce excitación sexual no es la relación con otra persona, sino la relación con la máquina. Las máquinas han transformado nuestros deseos. Ya no deseamos la carne, deseamos los bits que la simulan. Y eso, en sentido estricto, es algo muy transhumanista. Me recuerda a una de las gráficas de la serie de HBO, Westworld, en la que se planteaba esta pregunta: "acostarse con un androide, ¿es infidelidad?".

La pregunta tiene su enjundia, porque los límites (o su carencia) de lo real y lo ficticio hacen que nuestra manera de entender la afectividad y las relaciones humanas cambien. Sobre esto reflexionaba Ray Kurzweil cuando publicó uno de sus libros, La era de las máquinas espirituales, en 1999. Hay un punto del libro dedicado a la pornografía en Internet, titulado La máquina sensual. Ahí reflexiona Kurzweil sobre el valor del sexo digital, que sin duda será, según especulaba hace veinte años, más satisfactorio que el sexo real. Es decir, el mundo digital habría introducido una mejora en sentido transhumano de la satisfacción sexual. La tecnología proporciona un sexual enhancement, por decirlo de alguna manera. 

Kurzweil lo expresa de esta manera:
El sexo virtual será mejor en ciertos sentidos y, por descontado, más seguro. El sexo virtual proporcionará sensaciones más intensas y placenteras que el sexo convencional, así como experiencias físicas totalmente inexistentes. El sexo virtual será lo último en sexo seguro, pues no hay riesgo de embarazo ni de transmisión de enfermedades (p. 207).
Después Kurzweil especula sobre la posibilidad de realizar sexo digital en grupo, la nueva prostitución digital que se desarrollará (que considera más aceptable, pues estará libre de violencia) y sobre la posibilidad de la violación virtual, que podrá ser perfectamente controlada por los usuarios. Pero el punto importante, me parece, es el que viene a continuación, pues creo que se trata de una revolución afectiva en toda regla:
¿Cómo afectará toda esta larga serie de elecciones y oportunidades sexuales a la institución del matrimonio y al concepto de compromiso en una relación? La tecnología del sexo virtual introducirá una cantidad de pendientes resbaladizas que harán mucho menos clara la definición de una relación monógama. (...) Será difícil trazar una línea demasiado clara del nivel de intimidad que esta futura tecnología concede. Es probable que la sociedad acepte en la arena virtual prácticas y actividades que desaprueba en el mundo físico, ya que a menudo (aunque no siempre) es fácil dar por nulas las consecuencias de las actividades virtuales (pp. 208-209).
Y yo me pregunto: Ray, ¿de verdad creías en 1999 que son nulas las consecuencias de las actividades virtuales? Me parece que ya es una consecuencia bastante radical el hecho de que el sexo digital diluya el concepto de monogamia. ¡No es moco de pavo! Precisamente ahora mismo las consecuencias del consumo de pornografía en Internet son inmensas. ¡Pregúntale a María Contreras, que sabe mucho del tema!

No obstante, sigo con mi tesis. Algo me dice que es importante para que se produzca la revolución transhumanista que las personas tengan una fractura íntima. Es decir, que estén divididas, que carezcan de intimidad, de vida interior, como dice Kurzweil arriba. Así resulta más fácil delegar nuestra intimidad y felicidad a las experiencias virtuales, que bajo la apariencia de intimidad nos arrojan a lo exterior, haciendo que nuestra identidad se diluya en millones de bits de información. Por eso Kurzweil puede decir que 
cuando demos el gran paso de replicarnos en tecnología computacional, nuestra identidad se basará en nuestro archivo mental en evolución. Seremos software, no hardware (p. 183).
 Y dada nuestra carencia de identidad espiritual o personal, la falta de identidad corporal se da por supuesta:
No habrá restricciones corporales, puesto que tanto nosotros como nuestros compañeros podremos adoptar cualquier forma física virtual. Serán posibles muchos tipos nuevos de experiencias: un hombre puede experimentar qué es ser mujer y viceversa. En realidad, no hay ninguna razón para no ser ambas cosas al mismo tiempo y convertir nuestras fantasías solitarias en realidad, o al menos en realidad virtual.
Pero lo que especifica Ray Kurzweil en otras partes de este libro, así como en otros, es que el cambio de cuerpos será una opción en este siglo XXI, del mismo modo que se cambia de ordenador o de teléfono móvil. Porque, a fin de cuentas, seremos software y, por tanto, dispondremos de un cuerpo mejorado, capaz de simular cualquier forma de la naturaleza gracias a la nanotecnología, que nos proporcionará experiencias mucho mejores e intensas que este cuerpo, al parecer, obsoleto de homo sapiens

Volviendo a la relación entre transhumanismo y pornografía, no sé si la última es condición de posibilidad de la revolución transhumanista. Sin embargo, estoy convencido de que la revolución afectiva que está provocando la tecnología facilita y sienta las bases para la aceptación natural de las tesis del transhumanismo. Porque son pocos los que pueden decir en el siglo XXI que sus sentimientos e ilusiones no están mediados por la tecnología: ya vivimos en una cultura que nos acerca al transhumanismo.

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