martes, 7 de abril de 2020

El péndulo de Foucault, símbolo del ahorcado

El péndulo de Foucault, la novela de Umberto Eco (Infografía)
Esta mañana he concluido la lectura de El péndulo de Foucault. Nada más acabar la última página, he pensado que tenía que escribir alguna cosa sobre esta novela. Lo primero que me ha venido a la cabeza es una entrada críptica y misteriosa. Una de esas entradas en las que parece que estoy iniciado en algún conocimiento esotérico y que me puede dar una apariencia de místico. Algo así como Alejandro Jodorowsky o cualquier otro de esos magos que se sumergen en las recónditas aguas de lo ignoto gracias a su gnosis superior. 

Pero Rafa no es ninguno de esos iniciados en los misterios gnósticos. Aunque sí que puede decir que peca muchas veces de curiositas y rebusca demasiado en esas lecturas de mundos cabalísticos que tanto le gustan... Un pequeño vicio que le llevó a hacer su trabajo final en filosofía sobre un movimiento cabalístico, nada menos. Ese que fundó Sabbetay Tsebí, el Mesías apóstata de 1666, y que tanto fascinaba a Gershom Scholem. Por eso, cuando una mañana Rafa vio en un mercadillo callejero de Valladolid la novela de Umberto Eco, su curiositas se disparó y no pudo resistirse a comprarlo. Sobre todo porque por dos euros uno no es tentado habitualmente. Además, cuando Rafa revisó la edición, que era la segunda, de octubre de 1989 (mes décimo, segunda edición), pensó que, claramente, siguiendo el pensamiento cabalístico, un libro que había visto la luz prácticamente el mismo día de su nacimiento tenía que estar predestinado a ser estrenado por él. Porque conservaba incluso la etiqueta de la librería que lo había comercializado por primera vez. 

Por esa razón estás aquí ahora leyendo las movidas mentales de este filósofo confinado por el coronavirus, que tiene tiempo para darle vueltas a la cabeza y pensar en la novela de Umberto Eco... 

Y ahora paso a escribir en primera persona otra vez, que me estoy liando. 

Bien, sigamos con la novelita del semiólogo italiano, que da bastante de sí. He leído en Internet que parece que Umberto Eco escribió la novela para reírse del mundo esotérico. Pero seamos sinceros, si lo ha hecho escribiendo casi seiscientas páginas, lo que quería era reírse de los lectores. Y no lo digo porque la novela sea mala. Porque es muy interesante y está muy bien escrita. Lo digo porque uno no se toma tan en serio dar tal cantidad de datos y otorgarles algún sentido porque le da risa. Me da la impresión de que la novela es muy seria... No es ninguna broma. Otro asunto es que sea confusa. Y lo es.

He tenido la tentación de dejarla al leer las primeras páginas. Pero al ver que tenía la gracia de recorrer todo el árbol sefirótico, me dije a mí mismo que debía tener paciencia. Uno sabe que la cultura cabalística le saca punta a todo y al final lo que parece que no tiene sentido, lo tiene. Porque la clave para comprender la Cábala es que no hay que comprender nada. Es importante desprenderse del principio de no-contradicción y que no haya ni causas ni efectos. Al recorrer las diez esferas del Árbol de la Vida uno se hace a la idea de que el ser y la nada se identifican y que la infinitud divina consiste precisamente en eso, en no estar determinada por ningún ser, por ninguna verdad. 

Para conocer la verdad hay que negarla en este camino. Y eso es lo que hace Umberto Eco. Al identificar el ser con la nada, uno debe matar a Dios mentalmente. Acomete en su interior el Calvario del Absoluto, como diría Hegel. Porque lo primero que hay que hacer para subir por el Árbol de la Vida en la Cábala es llevar a cabo un deicidio y renunciar a la realidad, al ser en cuanto a tal. Esa es la razón por la que Eco cita a Chesterton en la novela: "Desde que los hombres han dejado de creer en Dios, no es que no crean en nada, creen en todo". Algo parecido a aquello de "a partir de una mentira, se puede decir cualquier cosa". Pues eso es lo que hay que comprender. Que Dios, al crear, deja de ser para que la criatura sea. Que Dios se autoinmola al crear. Porque para la Cábala Dios Creador es ateo. Es el primer ateo de todos. Esa es la tesis de Isaac Luria, que habló del tsim-tsum, la autonegación del infinito por la que acontece lo finito. Es decir, lo no-infinito: la criatura, como autonegación divina, debe negarse para que Dios vuelva a sí mismo. Por eso, el camino sefirótico es esencialmente satánico. Se supone que quien ha entendido el misterio de la Sagrada Escritura es aquel que ha negado a Dios voluntariamente, porque negándolo se cumple auténticamente la voluntad divina. Así, Lucifer es la luz de los hombres y el benefactor de la humanidad, Prometeo, etc.

Creo que ya está bien de Cábala por hoy... ¡Vamos a hablar de la novela! ¡Bueno, mejor dicho, vamos a interpretar el título! ¿A qué santo tantas idas y venidas con el dichoso péndulo? ¿Por qué la novela va de aquí para allá y de allá para aquí, llevándonos de cabeza? Prácticamente, el lector tiene la sensación de estar colgado del péndulo, balanceándose y mareándose, perdiendo la noción de la realidad, suspendido bajo ese punto fijo de la bóbeda celeste, esa representación de la Estrella Polar, que parece que está fija en un Universo sujeto a la fluidez, tal como dijo Heráclito. ¡Porque de eso se trata! De dejar claro que todo es lenguaje, palabras, letras que van cambiando y dando forma a la realidad hueca. ¡El ser es posible porque se suspende sobre la nada! 

El ahorcado, símbolo del conocimiento
místico, es aquel que está en tensión
entre el Cielo y la Tierra. (Infografía)
Entonces, ¿quién está colgado? ¿El péndulo, Umberto Eco, el lector, Rafa? Bien, yo creo que, dado que estamos en un contexto cabalístico, vamos a pensar cabalísticamente. Ya sabemos quienes hemos perdido el tiempo con estas cosas que en el mundo de la Cábala todo es símbolo. Y El Péndulo de Foucault es un gran símbolo. El símbolo del ahorcado, concretamente. ¡No nos olvidemos de la carta XII del Tarot de Marsella: le pendu! Juan Eduardo Cirlot dice en su Diccionario de símbolos que el ahorcado simboliza a aquel que ha accedido al conocimiento de las esferas divinas y que está en tensión entre la realidad celeste y la terrestre por estar suspendido en el aire. Se relaciona con el mito de Odín y también con el de Perseo. Y asimismo se atribuye a las leyendas templarias, que descendieron a los subterráneos del Templo de Salomón. Hay que estar colgado, suspendido bajo el lugar de la piedra angular, para conocer los secretos ocultos del Templo... Por eso dice Cirlot que el ahorcado está entre dos árboles que simbolizan las dos columnas del Templo de Salomón, Jakim y Bohaz. Columnas que, a su vez, simbolizan los senderos derecho e izquierdo del Árbol de la Vida, coronados por las esferas de Binah y Jokmah. Si nos fijamos en las letras, J y B, podemos ver que el nombre elegido para el personaje realmente obsesionado con el Plan de los Templarios en la novela de Umberto Eco, Jacopo Belbo, no es casual. Cabalísticamente, no, claro... Además, Belbo es el río que pasa por la ciudad en la que nació el autor de la novela, Alessandria. Y, para colmo, Jacopo es la traducción italiana de Jacob, el padre de las doce tribus de Israel. ¿Y qué número tiene la carta de Le pendu en el Tarot de Marsella? Sí, ¡premio! El punto fijo y la fluidez eternas, el Cielo y la Tierra unidos por la mente suspendida en el tiempo...

Podríamos seguir así eternamente haciendo cábalas sobre las conexiones numéricas, simbólicas, filosóficas o templarias. Porque de eso se trata, de ver el Plan en todo y en convertirte en un conspiranoico nato. ¡De eso va la gnosis! El gnóstico piensa que la realidad es una gran conspiración para mantener el mal y la injusticia en el mundo. No conocer esta verdad es permanecer en la ignorancia, que es el pecado más grabe para los gnósticos. Y, además, no luchar contra ese mal cósmico supone sucumbir ante los poderes de este Cosmos perverso regido por el Caos. Por esa razón, el camino de la liberación y del conocimiento consiste en suspenderse en ese vaivén de verdades y mentiras que nos llevan a un lado y a otro para comprender que solamente la locura y la pérdida del sentido común pueden liberarnos de las leyes tiránicas de la realidad. 

Sin embargo, ¿cómo podemos saberlo? ¿Acaso podemos conocer algo así? Un gnóstico nunca dice la verdad, porque dice que no hay ninguna. Se encuentra, como Epiménides, enzarzado en su propia paradoja y solamente puede darle sentido cuando, como una araña, teje la red de sus contradicciones para atrapar a sus presas... Quizá Eco ahora mismo está sonriendo eternamente viendo cómo he dedicado tiempo a su novela. O quizá simplemente su sonrisa haya quedado dibujada a lo largo de la novela como la del Gato de Cheshire, de Alicia en el País de las Maravillas. Una sonrisa que es difícil de conocer al carecer de rostro, como el Dios de la Cábala...

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