martes, 9 de junio de 2020

El mandril de Madame Blavatsky, de Peter Washington

Jiddu Krishnamurti (Infografía)
Siempre que me pongo delante de la pantalla para escribir una entrada nueva me pregunto cómo empezarla. Quizá es porque tengo ganas de ser original o de contentar a mis lectores con alguna pompa retórica. Pero creo que lo mejor que puedo hacer es ser sincero e ir al grano. Algo que no hacen los teósofos, que son el tema del que trata el libro de Peter Washington: El mandril de Madame Blavatsky, historia de la teosofía y del gurú occidental

Alguno puede pensar que insisto demasiado en el asunto. Y creo que tiene razón. Porque mi pecadillo de curiositas no me lo quita nadie. Pero, claro, uno se pone a estudiar el transhumanismo y es lo que encuentra: los nietos de Thomas Henry Huxley tenían tanta curiosidad esotérica que al final uno queda impregnado de ella cuando los lee. 

La pregunta oportuna es si no estaré viendo más fantasmas en el transhumanismo de los que ya tiene. Es decir, si no tenemos bastante con el ghost in the shell del propio movimiento. Y esa es la cuestión: cuando te preocupas por desconchar el transhumanismo, te encuentras con una sopa mental tan mezclada que es difícil ver el fondo de la cazuela. 

El transhumanismo está tan enredado como un montón de cerezas: cuando sacas una, es inevitable que arrastres unas cuantas. Esa es la razón por la que he acabado leyendo un libro sobre la historia de la teosofía y de la cultura de los gurúes occidentales, porque las cerezas del transhumanismo me han llevado hasta allí. 

Y es que la pareja de los hermanos Huxley, Julian y Aldous, pueden ser considerados auténticos gurúes de la espiritualidad darwinista. Si bien Julian quiso fundar una religión global basada en un humanismo evolucionista (su transhumanismo), Aldous no escatimó a la hora de buscar una explicación empírica de los fenómenos místicos en sus experimentos con mescalina. De este modo, ambos se embarcaron en la tarea de encontrar un fundamento filosófico y experimental del agnosticismo de su abuelo. Una búsqueda que realizaron en paralelo y que estaba enraizada en los ideales religiosos de su familia, los Huxley-Arnold. 

Portada de la edición en español (Infografía)
Sin embargo, volvamos a Blavatsky y a su mandril. Sinceramente, me parece fascinante, y lo digo en el sentido más etimológico del término, que darwinismo y teosofía se hayan desarrollado culturalmente a la par. Mientras parecía que el darwinismo apagaba la llama de la superstición, la teosofía se extendía en las élites occidentales como una explicación auténtica de los fenómenos ocultos que la ciencia, en apariencia, no puede explicar o comprender. De ahí que Blavatsky tuviera en la colección de animales disecados de su casa "un enorme mandril con gafas, de pie, vestido con cuello de puntas, chaqueta de mañana y corbata, que llevaba bajo el brazo el manuscrito de una conferencia sobre El origen de las especies" (p. 56).

El mandril de Blavatsky simbolizaba la necedad de la ciencia frente a la sabiduría y hacía referencia al olvido de la misma que se estaba produciendo en Occidente. Un olvido que es real, en mi opinión, pero que no puede ser contrarrestado con el recurso al gnosticismo tan propio de los modernos para aparentar sabiduría. Una actitud que arrastramos desde la Ilustración y que perdura hasta el presente. Comparto la opinión de Benedicto XVI cuando dijo que todo lo que atenta contra la razón es contrario a la naturaleza de Dios. Y creo que ambas posturas, la cientificista y la teosófica, son profundamente irracionales, además de milenaristas. 

Es en el milenarismo donde se cruzan los caminos de los modernos y donde se ve que, al final, todos tienen el libro del Apocalipsis debajo de la mesa para elaborar sus doctrinas, sean filosóficas, científicas o esotéricas. Y es que los intérpretes seculares del tercer estado de la teología de la historia de Joaquín de Fiore están por todas partes. 

Podríamos decir que acercarse al milenarismo es como imbuirse en una historia interminable. Porque lo más chistoso de los milenaristas es que nunca consiguen finiquitar la historia por mucho que se lo propongan. De eso trata, en parte, el libro de Peter Washington, de cómo Krishnamurti, el niño bonito de la teosofía preparado para ser el Maestro del Mundo, abandonó su cometido y prefirió quedarse en California como gurú de un Occidente acelerado por el capitalismo del complejo militar-industrial.

La elección de Krishnamurti condicionó gran parte de la cultura de masas de la sociedad occidental. Tras instalarse definitivamente en California en 1931, sus enseñanzas calaron en la alta sociedad californiana, convirtiéndose en el maestro espiritual del mundo artístico y empresarial de la Costa Oeste de EE.UU. Una influencia que alcanzó a la familia Huxley a través de Aldous, quien se convirtió en amigo del nuevo gurú y en uno de sus interlocutores para profundizar en sus doctrinas. 

La influencia de Krishnamurti sobre Aldous Huxley se puede percibir en una de sus obras más importantes, La Filosofía Perenne, en la que Huxley explora, a través de una antología de textos de mística y metafísica, la vía de acceso a la Realidad fundamental y divina que unifica la multiplicidad de las experiencias del mundo. La selección de textos realizada por Aldous, además de basarse en su propia erudición, está influida por su contacto por el círculo de teosofistas cercano a Krishnamurti y por el propio gurú.

En este punto puede haber una conexión entre las enseñanzas de Krishnamurti y el transhumanismo. Pues Aldous siempre fue profundamente valorado por Julian y vio en él a un auténtico místico, aunque nunca miró con buenos ojos sus experimentos con las sustancias alucinógenas. Pero la sabiduría mística de su hermano fue una inspiración para su propuesta religiosa cuando se convirtió en el primer Director General de la UNESCO en 1946. 

El texto que escribió para ello, Unesco, Its Purpose an Its Philosophy, es un boceto de lo que será su concepto de transhumanismo de 1957. Esencialmente, es una interpretación del papel cósmico de la conciencia humana dentro del destino del Universo. Lo que quería Julian era concienciar del cambio de era que estaba viviendo la humanidad con los avances científicos y con las nuevas técnicas de eugenesia e ingeniería social a nivel internacional. Una interpretación de la conciencia humana que continuaron los transhumanistas posteriores prescindiendo de la erudición religiosa de los  hermanos Huxley. A la vez que la transformaron en un discurso de carácter futurista mezclado con los ideales del movimiento New Age californiano. 

Es muy significativo que la propuesta transhumanista de Julian sea tan similar a los ideales de Aldous y Krishnamurti. En los tres podemos ver que hay una búsqueda de sentido del sufrimiento a través de la consciencia. Por diferentes caminos, los tres hacen una interpretación del papel de la conciencia humana dentro de un destino universal. De esta manera, buscan proporcionar unas pautas morales con las que guiar al ser humano en su paso por el mundo. 

Me imagino que uno nunca sabe hasta dónde o a quién pueden inspirar sus ideas. Pero el viaje místico de los teósofos buscando la sabiduría creo que acabó en un lugar del todo impredecible: el espacio de la tecnocultura. De manera que el objetivo de los teosofistas y los cientificistas de alejarse acabó en una total afinidad. Su fruto directo es la cultura tecnotrascendente que entraña el espíritu de Silicon Valley. En mi opinión,  inspira los ideales de algunos desarrolladores de las tecnologías convergentes en el siglo XXI. Así, muchas creencias siliconianas se han alimentado de esa cultura mística y psicodélica de engendró el summer of love, cuyos ideales rupturistas quedaron insertos en el desarrollo de la cibernética durante la Guerra Fría. 

Llegados a este punto, creo que debo detenerme. Así que, por respeto a quien me está leyendo ahora mismo, voy a dejar aquí las reflexiones sobre El mandril de Madame Blavatsky. Porque, como se puede ver, al final cometo el error de todo doctorado: cree que todo lo que hay en el mundo tiene que ver con su tesis. Así que, si he caído en la red de la sofistería, solamente puedo pedir paciencia y comprensión...

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