viernes, 27 de agosto de 2021

Amar en tiempos de hedonismo

Habitualmente me dicen que soy cursi. Probablemente sea cierto. Sin embargo, me da absolutamente lo mismo. Es lo que tiene ser un pequeño romántico en tiempos de hedonismo. Cuando la felicidad queda reducida a un orgasmo anónimo, el rostro del otro se vuelve irreconocible o una mera máscara mortuoria. He hablado con muchas personas que tenían menos vida que el busto de Nefertiti. Y lo cierto es que antes sentía lástima y buscaba la manera de sacarlas de su vacío. Pero creo que no se puede llenar un corazón que ha perdido la esperanza de amar y de vivir en la verdad. Porque el cinismo es la peor enfermedad del alma...

Así que esta entrada la dedico a los cursis, a aquellas personas que sobreviven en un mundo en el que la esperanza es vista como una niñería. Simplemente para comunicarles que a ellas les pertenece el mundo. Porque los corazones vacíos son incapaces de poseer nada, porque no se poseen a sí mismos. Es la mejor forma de definir la esclavitud. Por eso Hegel se equivocó con su dialéctica del amo y del esclavo. Porque la libertad no depende de un proceso de reconocimiento. Sino que consiste en no estar inmerso en ningún proceso. Algo que ocurre cuando el corazón despierta y descubre que está más allá de la lógica de mercados.

Es posible que Pascal acertara, en algún sentido, al decir aquello de que el corazón tiene razones que la razón no entiende. La razón es una facultad muy provechosa, te ayuda a separar, distinguir y discernir. Pero es incapaz de unificar lo que ha dividido. Esa tarea le corresponde a otra parte de nosotros mismos que es capaz de simbolizar, de unificar lo que la razón ha dividido. Ahí es donde el corazón expresa toda su capacidad simbólica, el poder del symbállein frente al diabállein racional.

La actitud de quienes prefieren quedarse con el diabállein de la razón puede llegar a ser tremendamente cruel frente a la de los que confían en el poder simbólico del corazón, de la intimidad de la persona, donde reside su ser. Ello se debe a que, al quedarse en lo que separa, lo que divide, se encuentran ante la ignorancia y ocultamiento de su ser. Porque la razón solamente se ocupa de lo que no es ella misma y gestiona cosas que no son el ser de la persona, sino una réplica de otros seres. Ese es el motivo por el cual la mera razón conduce al absoluto desconocimiento de sí y a la desesperanza. Porque la razón se encuentra en un nivel inferior al del corazón, que es más profundo, más alto, más... divino. 

Y cuando se niega lo divino, que es eterno, lo diabólico se vuelca en aquello que la razón tiene a mano, como puede ser el mero placer físico. Así, solamente puede conformarse uno con placeres temporales, que resuenan como una escultura de bronce, quizá menos endurecida que el corazón olvidado que desconoce. De este modo, nos encontramos, así, inmersos en esta cultura del capitalismo hedonista que reduce todo trato a trata, que simplifica la felicidad al mero orgasmo de dos cuerpos, quizá uno, insatisfechos porque son incapaces de escrutar el infinito de la pupila del otro, donde se puede contemplar el propio rostro. Y se pierde, entonces, la oportunidad de comunicar el propio ser al otro con un abrazo amoroso y sincero, aconteciendo, de este modo, la profunda capacidad simbólica que tienen dos corazones que se abrazan verdaderamente. 

Pero no nos vamos a poner pesimistas aquí. Porque el que escribe no lo es en modo alguno. Cabe superar la razón diabólica, aquella que se cree suficiente, y llegar a la vida simbólica del corazón. Aquella que vive y se deleita con la eternidad, que es puro crecimiento amoroso, y abandonar aquellos supuestos que privan a la persona de una mirada limpia y esperanzada. Cabe pensar de otra manera. Cabe vivir por todo lo alto si se piensa a lo grande. Porque la verdad del corazón estalla en algún momento, abriendo un futuro que no deja de serlo nunca...

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