miércoles, 25 de agosto de 2021

La verdad del canto


Ayer se celebró una fiesta grande en Ávila: la fundación del primer Carmelo Descalzo, el Convento de San José. La presencia de Santa Teresa de Jesús en la capital abulense sigue a pesar de que pase el tiempo. Porque la andariega abrió el corazón de sus hijos espirituales y les dio la oportunidad de vivir las primicias del Reino de Dios: la sencillez de la vida teresiana te permite experimentar en qué consiste aquel "sed como niños" que predicaba Jesús de Nazaret...

Sin embargo, como tengo la costumbre de ir al Monasterio de la Encarnación, donde Santa Teresa vivió gran parte de su vida, fui a la celebración de la Misa de las ocho de la tarde. Aunque, ciertamente, todos los Carmelos Descalzos son el mismo. Así que puedo decir que también estuve en el de San José con el corazón...

Tras comulgar, durante la acción de gracias, las Carmelitas cantaron una canción que me hizo reflexionar un poco. La verdad es que tengo la mala costumbre de pensar demasiado las cosas. Es lo que tiene intentar ser filósofo. Pero, escuchando la canción, re-cordé que cuando se contempla la Verdad, la manifestación más expresiva de tal encuentro es el canto. Algo que le gustaba decir a Leonardo Polo, para quien la forma más alta de filosofía es cantar. Y las Carmelitas lo hacen divinamente.

La canción que entonaron las hijas de Teresa decía así: alma, buscarte has en mí. Creo que es una frase preciosa. Revela la verdad fundamental de la persona humana. Aquella que comprende que nuestra identidad solamente la podemos descubrir en la mirada de Dios, en las tres personas de la Santísima Trinidad. Nuestra búsqueda personal, es decir, la de la verdad de nuestro ser, solamente puede culminar en la contemplación de Dios. Es en la mirada divina y desde ella donde nuestro ser se des-vela o, más bien, donde, como decía San Juan de la Cruz, se "rompe la tela de este dulce encuentro".

A Leonardo Polo le gustaba hablar de la persona como adverbio. Es lo que él denominó el carácter de además. Esto significa que el ser personal de la criatura es y crece en el Verbo de Dios y desde Él. Es decir, que requiere la iniciativa divina para que ese encuentro y ese crecimiento libre se dé sin restricciones. 

La importancia de la mirada de Dios quedó manifiesta en la lectura del Evangelio. En ella se da el encuentro entre Jesús y Natanael. Este pasaje expresa claramente lo que es la vida adverbial, es decir, aquella en la que la mirada del Verbo te eleva más allá de los límites del propio yo cuando está ensimismado. Así estaba Natanael debajo de la higuera cuando Jesús lo vio. Pero la mirada de Jesús lo saca de sí mismo y le revela cuáles son sus sentimientos más íntimos. Algo que hace que el joven israelita quede embriagado por la fuerza de la mirada de Jesús. Por eso le dice el Nazareno: ¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores.

Se puede decir que en la mirada de Cristo podemos ver reflejada la Luz de la Trinidad. Ese encuentro es totalmente liberador, pues nos permite experimentar la fecundidad de la vida ad-verbial. Una vida que nos lleva a cantar como lo hacen las Carmelitas Descalzas.

Por eso, solamente cabe decir: alma, buscarte has en mí...

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