viernes, 3 de septiembre de 2021

Gracias, Maestro: un pequeño homenaje a José García Roca



Ayer se me ocurrió acercarme a la Facultad de Filosofía de la Universidad de Valencia, donde estudié mi carrera y donde pude compartir durante cuatro años experiencias inolvidables con mis compañeros y mis profesores. Al volver a la Facultad y recorrer los jardines y los pasillos de aquellos edificios, sentí la libertad que disfruté durante esos años en los que pude ser yo mismo: la libertad de conciencia era la máxima que vivíamos todos los filósofos, fuéramos meros profanos, candidatos o expertos iniciados.

Incluso siendo creyente y abiertamente católico, el espacio de libertad intelectual que disfruté en aquella pequeña Alejandría ha sido la mayor lección filosófica que aprendí con los filósofos valencianos. Para debatir con ellos, bastaba mostrar que en el diálogo había una comprensión mutua de ambas posturas. Es decir, que era necesario un encuentro personal e intelectual que permitiera una pre-comprensión de la visión del mundo del otro para poder hablar con él. Después de eso, se daba el auténtico diálogo, aquel que es fecundo, real y sincero, gracias al que surge verdadera amistad.

Esa sensación la volví a tener ayer, cuando saludé, primero, a Anacleto Ferrer, con quien mantuve una agradable conversación. Parecía que no había pasado el tiempo en los dos. Me dijo que yo estaba igual que siempre. Yo pensé lo mismo y la verdad es que sentí una ternura muy especial al recordar sus clases de Estética y Teoría de las Artes.

Después fui a hablar con José García Roca, que siempre ha sido para todos nosotros el mejor bibliotecario de Alejandría, pues su colección virtual es tan numerosa que puede equipararse a cualquier Biblioteca de la Antigüedad.  El destino quiso que saludara al Maestro García Roca el día de su jubilación. Lo encontré retirando papeles y libros y revisando los apuntes de sus clases. Al encontrarme aquella situación tan entrañable, como ha sido siempre nuestro querido Roca, aproveché un momento tan íntimo para decirle que su magisterio ha sido uno de los más bellos que he recibido en mi vida y que su ejemplo me ayuda a la hora de impartir mis clases. De hecho, cuando mis alumnos me dicen que sé mucho y que no pueden seguir mis explicaciones, me acuerdo de la sabiduría y el conocimiento que disfrutábamos mis compañeros y yo en las clases de Roca, en las que vertía en nuestra alma tanto amor a la sabiduría que solamente podíamos pedirle que no dejara de hacerlo.

Lo cierto es que siempre he pensado que Roca es un Filósofo Crisóstomo y que la delicadeza con la que trasmite sus conocimientos solamente la tienen aquellos que conocen en profundidad los rincones insondables del corazón humano. Y ayer tuve la misma sensación cuando, con todo su cariño, volvió a darme los apuntes de sus clases para que los use yo en las mías. Recordé la primera clase de Pensamiento del Próximo Oriente, en la que nos explicó que íbamos a introducirnos en las culturas de Mesopotamia, Egipto e Israel, y le dije que en mis clases de Religión, Cultura y Valores me acuerdo frecuentemente de cómo nos hablaba de las relaciones estrechas entre las tres culturas. Relaciones que sirven de precedente histórico para el diálogo entre las tres religiones monoteístas, judaísmo, cristianismo y el mahometismo.

Al final, siendo alumno de Roca, uno comprende que verdaderamente la historia es maestra de vida y que aquellos que la olvidan no solamente comenten los mismos errores que nuestros antepasados, sino que son incapaces de asomarse al abismo de nuestra ignorancia, al que siempre hay que acercarse para que el orgullo esté suspendido sobre el vacío infinito de nuestra mente. Una sensación que todos los alumnos de Roca hemos tenido al escucharle y que ha sido una lección de humildad que nos ha impartido con discreción y delicadeza. Porque si hay algo que sabe hacer nuestro querido profesor es cuidar y cultivar los corazones de sus alumnos.

Así lo manifestó ayer cuando me dijo que para él ha sido siempre fundamental la relación con los alumnos. “Para mí, lo más importante son los alumnos”, me dijo. Y puedo dar testimonio de que así es y de que así quiero que sea mi disposición como profesor universitario. Porque la Universidad es ese espacio donde el amor a la verdad puede convertirse en amor al prójimo…

Por esta razón y por la profunda lección de maestría, quiero agradecer a D. José todos estos años que ha dedicado al cultivo de los corazones de sus alumnos, entre los que tengo el privilegio de encontrarme. Solamente puedo decirle que es un ejemplo para todos nosotros y que, cuando pensamos en cómo queremos ser cuando estamos ante nuestros alumnos, pensamos “ojalá pudiera ser como Roca”.

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