sábado, 1 de enero de 2022

María y el Rostro de Dios

"El Señor te muestre su rostro". Con estas palabras comenzamos los cristianos el primer día del año. La Palabra revelada nos dice claramente que nuestro Dios tiene un rostro que podremos reconocer y que, ahora, en esta vida, se nos muestra familiar gracias a una criatura que ha permitido la encarnación del Verbo: María, la Madre de Dios, otorga, con su carne, rostro a la Palabra Eterna y hace que sea reconocible para nosotros. 

Se trata de una paradoja preciosa, pues la criatura se convierte en don y regalo para su Creador, Aquel que se lo ha dado todo. Pero ese es uno de los misterios del ser de la persona creada... En su propio don, en su dar-se, la criatura se descubre como imagen de Dios: el ser divino es aquel que es para los otros y que hace que lo pequeño sea importante, por eso se hace invisible o... transparente. Como María.

El primer día del año para los cristianos es un día grande, inmenso, que anuncia el amanecer de la historia y la plenitud de los tiempos. Una plenitud que acontece ya en esa criatura ante la que tembló el Creador y de la que se enamoró desde la eternidad. Podemos pensar que María es aquella criatura de la que Dios se enamoró y que gracias a la belleza de su corazón ha sido posible que el Amor de la Trinidad irrumpa, de nuevo, en la vida de los hombres. 

Creo que Dios debe tener la timidez y el apuro del enamorado que tiembla ante su amada, pues si el Verbo fue incapaz de decir "no" a los deseos de María en las bodas de Caná es porque la Trinidad entera se deshacía ante la ternura de su rostro. Un rostro al que quiso asemejarse el mismo Dios al elegirla como su Madre, su Esposa y su Amor. Un Amor al que María correspondió con el poder de la libertad de la criatura, que no deja de ser del todo paradójico. 

La libertad es tan bella y excelsa, que el mismo creador se siente impotente ante ella, porque hace posible su propio Amor. Ante la libertad de la criatura, el Creador se convierte, por pura misericordia, en necesitado, pues da la posibilidad a la criatura de corresponder a la libertad originaria de Dios. María es, de este modo, imagen y encarnación de la libertad plena de la criatura y de la grandeza de la persona humana. Su belleza es la razón por la que hemos sido salvados...

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