domingo, 26 de junio de 2022

La libertad del Espíritu

Atardecer en el Valle de Amblés, Ávila

Una Luz que refulge en lo profundo del corazón. Una llama que transforma desde el centro de nuestro ser, haciéndonos uno con el Dios Trino. Ésa es la vida del Espíritu: la Vida de Dios donada, devuelta a la criatura en un acto de Misericordia divina. Un acto de pura gracia. Porque Dios, que no carece en modo alguno, puede hacer lo que desea y cuando así lo decide. 

Sobre esa Vida habla Pablo en la Carta a los Gálatas. Dice que la vida de la fe libera de la esclavitud, de la servidumbre. Dios llama a la libertad. Porque ésa es la verdad de la persona: su Patria es el Corazón Trinitario. Quien vive en el Corazón de Dios es libre. Vive como el Hijo. Según el Espíritu. Por eso, «si os dejáis conducir por el Espíritu, no estáis sujetos a la Ley» (Gal 5, 18). 

Cuando el Espíritu obra en la criatura sus frutos son claros: caridad, gozo, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, continencia... Yo añadiría, si Pablo me lo permite, transparencia. La que permite contemplar a Dios a través del corazón de la persona: «ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2, 20).

Quizá por eso dice Pablo que «por las obras de la Ley ningún hombre será justificado» (Gal 2, 16). Porque la Ley rige cuando la carne se opone al espíritu: carne y espíritu tienen deseos opuestos entre sí. Una oposición que acaba con Jesucristo. Pero se trata de un estado que aún tenemos que soportar hasta que vuelva: «mientras no pasen el cielo y la tierra, de la Ley no pasará ni la más pequeña letra o trazo hasta que todo se cumpla» (Mt 5, 18).

No obstante, por la fe sabemos que la oposición entre carne y espíritu ha acabado de alguna manera, porque «todo está consumado» (Jn 19, 30). La libertad del Espíritu puede ser vivida ya, en el ahora de Dios«igual que el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquel que me come vivirá por mí» (Jn 6, 57). La Eucaristía es el fin de toda oposición, la Paz verdadera.

Gracias a la fe, se puede decir: «vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe» (Ap 21, 1). Las profundidades del mar, donde no llega la luz, desaparecen. Solamente queda la luz que, sin sombras, permite diferenciarlo todo en la Jerusalén Celeste: la Ciudad de la Libertad, la Patria del Espíritu, donde dice el Padre que «yo seré para él su Dios, y él será para mí hijo» (Ap 21, 7).

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