domingo, 26 de septiembre de 2021

Dios, si es Infinito, ¿puede conocerse?


Escribo esto para aclararme. Porque la claridad y la simplicidad son características propias de lo que es primeramente. Voy a acercarme a aquello que es más simple. No porque sea fácil, sino porque carece de partes. Es decir, aquello que es Uno sin composición alguna, como dirían los neoplatónicos como Proclo.

He estado revisando los Elementos de Teología del filósofo neoplatónico tras conversar con un amigo el pasado viernes por la noche. En la oscuridad de la noche salmantina estuve hablando con Adolfo sobre lo mortal, lo inmortal y lo eterno. Y no pude dejar de pensar en la importancia de redescubrir aquellas nociones metafísicas que tanto alimentaron las mentes de los filósofos antiguos y medievales, para quienes la inmortalidad estaba fundada en aquello que no estaba sujeto al cambio: lo inmóvil, que mueve y no es movido. 

Lo que mueve y no es movido carece de todo comienzo y hace que, sin embargo, se dé tal comenzar. Pero el comenzar no es lanzado hacia la indeterminación, sino que está proyectado hacia su Principio, que es lo inmóvil. Porque lo que no es movido es eternamente porque es un Acto Puro. Esto significa que posee su fin sin que le sea dado por otro y que su fin es poseído por él de manera perfecta y acabada. No obstante, el fin poseído no es terminativo, es decir, no concluye su ser, sino que lo mantiene en el mismo, pues su esencia consiste en ello mismo, en ser. En este sentido, se dice que es Infinito, cosa de la que nos ocuparemos aquí para preguntarnos si es así.

El ser que posee su fin sin que le sea dado por otro es un ser que, de suyo, es uno, porque solamente él es verdaderamente por sí mismo y en sí mismo y hace que todo lo demás sea porque está orientado hacia él. Por eso dice Proclo que toda multiplicidad participa de alguna manera de la unidad. Esto es, que todo lo que percibimos en plural, en su multiplicidad, es porque lo que es Uno es por sí mismo.

Y lo múltiple lo captamos porque en nosotros hay algo uno que lo unifica y lo separa. Hay algo en nosotros que nos permite reunir lo disperso y, por ello, nos indica que eso que lo reúne está por encima de lo múltiple. Proclo dice: todo aquello que deviene unidad lo hace por participación de la unidad. Pero lo que unifica, a la vez, es una no-unidad, porque, en cuanto que unifica, no es lo Uno, ya que está compuesto por lo que no es lo mismo que él. 

Estamos dotados de una capacidad de unificación que, por no ser absolutamente simple, no es una unidad perfecta. Puede ir más allá de lo múltiple, pero no puede ser una totalmente, porque está ante lo múltiple que unifica. Nuestra unidad no se da a sí misma tal unidad, sino que viene de lo que es Uno en sí mismo. Sin embargo, nuestra capacidad de unificar nos indica que podemos ir más allá de lo múltiple y volvernos hacia lo Uno. En consecuencia, dice Proclo: todo aquello que tiene la capacidad de volverse hacia sí mismo es incorpóreo. Precisamente porque no se queda en lo meramente percibido, es decir, no nos quedamos solamente en lo que aparece, lo fenoménico, sino que podemos ir a la causa de la captación del fenómeno, a su origen. Podemos subir a un nivel en el que vemos cómo captamos lo múltiple percibido y, por ello, ese nivel es más unitario y, por tanto, superior. Hay algo en nosotros que mueve lo inferior sin que lo inferior le mueva. 

El nivel en el que podemos distinguir lo pensado del pensar es el intelectual. Es posible distinguir el inteligible de lo inteligente. Nos encontramos en la esfera del intelecto. Y la imagen de la esfera nos puede ayudar a ver esto con más claridad. La esfera puede ser por sí misma precisamente porque hay una imagen que, cuando entra en movimiento, le da forma. Se trata de la imagen de la circunferencia, que es forma de todas las formas de la imaginación. 

Cuando la circunferencia, que no está proyectada en el plano y ni en el tiempo, se vuelve sobre sí, proyecta la esfera. Es una actividad primigenia. De esta manera, la circunferencia, como imagen sin tiempo ni espacio, es símbolo del intelecto que mueve sin ser movido, generando las formas que dependen de él. Dice Proclo: todo aquello que procede del algo y hacia ello se vuelve tiene una actividad circular.

Así, como imagen acabada y que no comienza, la circunferencia es forma de todas las imágenes que comienzan, fuente de espacio (tres puntos de la circunferencia hacen el plano más simple) y del tiempo (todo círculo es proyectado en el plano a partir de la imagen ejemplar de la circunferencia). 

El intelecto tiene como imagen simbólica la circunferencia. Por eso, dice Proclo: el Intelecto es para todas las cosas objeto de deseo, todo procede del Intelecto, todo el universo recibe el ser del Intelecto, aun admitiéndose que el universo sea eterno. Y que sea eterno no impide que proceda del Intelecto, pues el hecho de haber sido formado ab eterno no impide que se haya efectuado una conversión. El universo eternamente procede y es eterno por su ser, está en un estado de perpetua conversión y es indisoluble por su propia constitución

Lo que Proclo está diciendo es que todo lo que existe permanece existiendo porque parte y retorna al principio de su ser, que es el Intelecto que lo ordena. Por eso, todo efecto permanece en su causa, procede de ella y se vuelve hacia ella. El Intelecto Universal mantiene en el ser, en cuanto que lo piensa, a todo lo que existe. Podemos decir que "ser es ser pensado por el Intelecto Universal". En consecuencia, se pueden identificar el Ser y el Intelecto. El Intelecto, como Ser, contiene dentro de sí todos los seres en tanto que los piensa y los atrae hacia sí como fin. 

Sin embargo, ¿qué pasa con lo Uno? Resulta que lo Uno está separado del Ser. Más allá. Es más simple que el Ser o el Intelecto. Porque todo aquello que es Ser en sentido verdadero y propio deriva del Límite y de lo Infinito. De esta manera, Proclo pone la potencia como superior al acto, a lo acabado, porque lo infinito es superior a lo limitado. Lo primero, para Proclo, es Infinito, y por tanto, está más allá de todo límite, de todo pensamiento y, por supuesto, de todo pensar. 

Lo Uno está separado del Intelecto, que limita por ocuparse de lo inferior, de lo múltiple inteligido y lo mantiene unitariamente. Por ello, la Unidad trasciende el Intelecto, porque para ser tal Unidad no puede estar mancillada por la pluralidad, porque es simplicísima. 

Este es el punto al que quería llegar, porque considero que es una contradicción radical. Proclo establece un orden intelectual en todos los seres, salvo en el Uno, que carece de ser, porque el Ser y el Intelecto, que se ocupan de lo múltiple, están mancillados por la pluralidad que les priva de la absoluta simplicidad e infinitud. El Ser y el Intelecto no son infinitos porque son limitados por lo finito. En este sentido, la fuerza de lo inferior sobre lo superior pone en claro que lo superior necesita de lo inferior para ser. Por tanto, ¿es realmente superior? Claramente, no. En este sentido, lo inferior es principio de lo superior: lo limitado causa lo ilimitado, lo pensado causa el pensar y el efecto es causa de su causa...

Aquí podemos ver una contradicción metafísica insostenible que un neoplatónico como Proclo soluciona poniendo la Unidad más allá de todo pensamiento. El recurso a lo inefable e infinito es el más fácil y práctico para no destruir la Unidad y dar muerte a lo divino. Pero es un recurso que tiene un precio muy alto: la Unidad está privada de Logos, de Pensamiento, de Inteligencia, que son inferiores a ella. En consecuencia, el Primer Principio de la realidad, el Uno, es incomprensible para sí mismo por ser Infinito y, así, Proclo introduce una imperfección en su seno que le priva de toda entidad, de toda perfección. El Uno es Potencia Infinita, no Acto Puro, y se torna la Imperfección Suma. Porque si el Uno es para sí mismo incomprensible, ¿qué es? Evidentemente, nada. Podemos decir, siguiendo los pensamientos de Proclo, que su metafísica es nihilista porque Dios es la nada por ser Infinito.

Un Dios que carece de Logos es un Dios que ha muerto y que no puede fundar nada. Nada puede depender de Él. Sin Logos, Dios no es absolutamente nada. No obstante, si en el principio era el Logos y el Logos era Dios, las reglas de juego cambian. Ese Dios que puede pensarse a sí mismo en su seno eternamente sin que lo pensando deje de ser Él mismo ni sea inferior a Él, sino que su Pensamiento queda dentro de su Ser, es un Dios que puede hacer que todo sea, porque puede expresarse y ser, verdaderamente, Creador.

martes, 21 de septiembre de 2021

Qué es la pintura

 

Autorretrato, Vincent van Gogh

Voy a hacerme la siguiente pregunta: ¿qué es la pintura? Y lo hago sin querer ser pretencioso. Simplemente lo pregunto como alumno de la Escuela del Palacio de los Serrano, en Ávila. Durante este año, cuando asistía a las clases, no dejaba de preguntarme qué sentido tiene el arte ahora mismo, en un momento en el que las grandes narraciones de la historia de Europa, como el judeocristianismo, el progreso científico o el progreso moral de las sociedades democráticas, están en entredicho.

Parafraseando a Walter Benjamin, ¿qué es la pintura en la era de la reproductividad técnica? Creo que en un mundo digitalizado, en el que la imagen puede ser reproducida a golpe de clic, la labor pictórica tiene más valor que nunca. Precisamente porque no hay nada más digital que la pintura. La pintura pone de manifiesto nuestra habilidad para transformar la materia en lenguaje con nuestras manos y con nuestra mirada.

Con la pintura transformamos algo que carece de significado en una representación de lo invisible. Como dice mi amigo Jaime García Neumann, la pintura nos da la oportunidad de obtener metáforas de lo invisible. Realmente, el papel, el lienzo, la tabla, el carboncillo, los grafitos o los pigmentos… transforman el espíritu en fenómeno, como dirían los filósofos. Lo que parece que está fuera del alcance de nuestra vista se hace visible. Lo íntimo se hace manifiesto y se expresa aquello que permanece oculto incluso para nosotros.

Porque la pintura no es solamente imagen: es símbolo. Lo que simboliza es aquello que reúne y unifica. Es un re-ligare. Por eso el arte es de suyo re-ligioso: es simbolizante. Hace que lo que está oculto sea visto. Lo invisible es desvelado y, así, se produce un símbolo que manifiesta la unidad del misterio de la persona, en la que la materia y el espíritu son unitariamente.

La pintura es una representación de la unidad de todo lo que existe. Hans Urs von Balthasar tiene una obra, una de esas tan preciosas que él escribió, titulada El Todo en el fragmento. Creo que el título expresa lo que quiero decir. De alguna manera, toda pintura es una representación del misterio de la persona que la ha realizado. Porque, sea de un estilo u otro, es una manifestación de su intimidad, un fragmento de su espíritu, que de alguna manera es insondable para nosotros mismos. A fin de cuentas, es un símbolo de su corazón, de su ser personal.

Por eso tiene sentido la pintura. Lo tuvo en el pasado y lo tiene ahora. Lo tendrá siempre. Porque con cada persona se renueva el Universo entero: la mirada de cada uno introduce una novedad en la historia humana que no tiene precedente. Y es que, para quien contempla el mundo por primera vez, todo está por hacer. Esa es la razón por la que el arte, la filosofía y la ciencia siempre tendrán futuro: la libertad personal consiste en no desfuturizarlo.

domingo, 19 de septiembre de 2021

¿No necesito a Dios en mi vida?


Iglesia del Patriarca, Valencia.
(Por Amparo Ferrando, mi madre)

Esta semana he mantenido una conversación con una persona que afirmó algo que me llegó al alma. Su afirmación fue la siguiente: no necesito a Dios en mi vida. En mi mente filosófica nació una duda rotunda al escucharle, pues pienso que eso es imposible. 

Al incluir en la misma frase “Dios” y “vida” solamente pude pensar que es una contradicción oponer ambos términos. Precisamente pienso que Dios es la Vida en toda su pureza. Dios es la Vida en sí misma y es la fuente de todo nuestro ser personal. Negarlo es negar, pues, nuestra propia vida, porque Él es nuestra identidad, el Origen de nuestro ser.

¿Cómo es posible, sin embargo, afirmar que podemos vivir sin Dios? Precisamente porque esa afirmación no fue realizada en el mismo sentido en el que yo lo estoy pensando. La persona que afirmó con tanta contundencia que Dios no es necesario en su vida estaba pensando que ella no necesitaba la fe para vivir, que la cultura cristiana no es necesaria para vivir nuestra vida cotidiana. Cosa que, de hecho, es posible, sin duda. Pero, aún así, no deja de impactarme. Porque, para mí, Dios es la intimidad más íntima del corazón. Es el Amor que fecunda mi espíritu dándole todo lo que, en verdad, necesita.

Dios es la inquietud del corazón que lo conduce a la perfecta quietud y a la paz auténtica. Y si se afirma que es innecesario se está confirmando el desconocimiento de esa fuente de ternura que es el Creador. Es la verdad de nuestra persona, el espejo vivo en el que reconocemos nuestra identidad eterna, que late en lo profundo de la Vida divina. En el flujo de las Tres Personas Trinitarias se oculta, sutilmente, el canto con el que el Creador pronuncia nuestro nombre desde la eternidad, atrayendo hacia sí nuestra vida, porque la Vida reclama nuestra existencia para que, in-sistiendo en nuestro corazón, descubramos que la Verdad late dentro de nosotros.

En el más profundo centro del corazón de cada persona vive el Creador, donde su Belleza ilumina fogosamente nuestro ser y rasga, con la luminosidad de sus rayos, el velo que oculta, tenuemente, el Ser divino, que subyace y sostiene nuestro ser. Por eso me parece absurdo afirmar que no necesito a Dios en mi vida, porque ya lo necesitamos, porque somos en Él y por Él, porque, aunque la opacidad de nuestro corazón contrito nos impida verle claramente, algún día su Luz limpiará el vidrio de nuestro ser tornándolo transparente, haciendo que el fuego de la Trinidad atraviese nuestra vida, dándonos la Vida verdadera.

Sí, yo necesito a Dios en mi vida…

miércoles, 15 de septiembre de 2021

Lo que me ha enseñado el carboncillo

Mi primer bodegón antes de mandarlo a enmarcar. 
Aula de Pintura del Palacio de los Serrano (10/06/2021) 

Es curioso cuántas cosas puedes aprender dibujando del natural con carboncillo. Este año decidí lanzarme yendo a la Escuela del Palacio de los Serrano, en Ávila. Allí conocí a Álvaro López Tejada, que me ayudó a dar mis primeros pasos con el carboncillo con sus consejos y conversaciones. ¡Qué gran profesor! Ha sido una experiencia fascinante, sobre todo cuando me descubrió “El conocimiento secreto”, de David Hockney, un estudio sobre el uso de la cámara oscura en la historia del arte. Me dio la impresión de que la cámara oscura es una manera de introducirse en el interior de un globo ocular y pintar la luz que atraviesa la abertura donde está la lente que la proyecta. No cabe duda de que la pintura te lleva a estudiar la naturaleza de la mirada y su funcionamiento. 

En la exposición del
Palacio de los Serrano
(14/09/2021)

El órgano de la vista es un instrumento maravilloso con el que la naturaleza nos ha dotado para que podamos conocer la luz… Porque es la luz lo único que conocemos con la vista. La luz y las sombras, claro. Son las sombras las que nos permiten conocer los matices y las diferencias. El volumen, las formas, el espacio, las proporciones…, todo eso desaparece si la luz no acaricia los objetos que están ante nosotros. Una caricia que es una proyección que nos penetra y fecunda nuestra imaginación. 

Mi bodegón expuesto en el
Palacio de los Serrano (14/09/2021)

Con el carboncillo he comprendido que no pintamos cosas que están ante nuestros ojos, sino la luz que se proyecta desde ellos. En cierto modo, es una experiencia lunar. La realidad que percibimos con los sentidos está sujeta al movimiento y al cambio. Nuestra mirada es atravesada por ese cambio, porque la transparencia de nuestra pupila -su nada- nos permite captar y capturar el tiempo de la luz. La pupila proyecta en nuestro interior esa luz que viene de fuera y la retina lo atrapa, por decirlo de algún modo. Se produce, entonces, un complejo proceso de retención de la temporalidad de la luz, que es transformada en imágenes, después conservada como un tesoro en nuestra memoria y articulada por nuestra cogitación. Durante este proceso, en el que la luz es abstraída y separada de la realidad, la luz deja de ser luz y el tiempo pasa a ser intemporal, quedando ambos en la oscuridad de lo profundo de nuestro yo. Así, el yo priva de realidad la luz percibida, desnaturalizándola. Pero aquí no acaba el hecho extraordinario del dibujo. La luz oscura que pertenece a nuestro yo es iluminada por la luz interior de nuestro intelecto agente, que es luz de luz. En la oscura profundidad de nuestro yo, más allá de nuestra esencia, se encuentra la luz activa de nuestro ser, de nuestro intellectus, que ilumina la oscuridad de las formas que hemos des-realizado al separarlas del mundo. Después de la iluminación, llega la proyección, la conversión de la luz interior en trazos, esbozos, encajes, sombreados. Es un continuo acercarse a lo visto, que, por ser luminoso y bañarlo todo, no puede ser capturado totalmente por nosotros. Esa es la razón por la que he comprendido que la pintura es un camino filosófico, porque me sitúa siempre ante el espejo de mi ignorancia, ante los límites de mi conocimiento, y me invita a seguir caminando hacia la Luz de la Verdad.

 

martes, 14 de septiembre de 2021

TU VIDA ES TU CONDENA

Sé que piensas que estás en el Infierno. Aquí debes abandonar toda esperanza. Pero no. Esto no es el abismo donde nada comienza ni nada acaba. Es el lugar donde quiero que estés, el lugar donde un día quisiste abandonarme. No es un abismo, es un círculo del que no se puede salir. Un pozo al que no llega la luz. Es tan profundo que tienes que dormir agarrado a sus paredes para ascender por él. Sé que tú no vas a ser capaz de salir, porque yo escapé haciéndolo más profundo. Lo he sellado para que no puedas bucear las profundidades de sus ríos subterráneos. Son fríos y no quiero que mueras y tengas el consuelo de un final rápido. No. Quiero que escuches mi voz y que sigas agarrando esa lumbre que te impide verme. Esa luz que aprietas con fuerza porque sabes que estoy cerca. Estás donde puedo verte y donde puedo oler tu terror. Ese horror del vacío de tu conciencia. No voy a dejar que me veas. Pero vas a escucharme día tras día. Vas a desear que el sueño no te invada porque sentirás que en cuanto cierres los ojos te toparás con mi rostro esbozado con la sonrisa de mi justicia. Sabes que soy tu delito y que tu traición no tendrá misericordia. Porque quisiste disfrazarte de virtud y, ahora, se ha visto la farsa de toda tu existencia. No hace falta que te denuncie, porque tu vida es tu condena.

viernes, 3 de septiembre de 2021

Gracias, Maestro: un pequeño homenaje a José García Roca



Ayer se me ocurrió acercarme a la Facultad de Filosofía de la Universidad de Valencia, donde estudié mi carrera y donde pude compartir durante cuatro años experiencias inolvidables con mis compañeros y mis profesores. Al volver a la Facultad y recorrer los jardines y los pasillos de aquellos edificios, sentí la libertad que disfruté durante esos años en los que pude ser yo mismo: la libertad de conciencia era la máxima que vivíamos todos los filósofos, fuéramos meros profanos, candidatos o expertos iniciados.

Incluso siendo creyente y abiertamente católico, el espacio de libertad intelectual que disfruté en aquella pequeña Alejandría ha sido la mayor lección filosófica que aprendí con los filósofos valencianos. Para debatir con ellos, bastaba mostrar que en el diálogo había una comprensión mutua de ambas posturas. Es decir, que era necesario un encuentro personal e intelectual que permitiera una pre-comprensión de la visión del mundo del otro para poder hablar con él. Después de eso, se daba el auténtico diálogo, aquel que es fecundo, real y sincero, gracias al que surge verdadera amistad.

Esa sensación la volví a tener ayer, cuando saludé, primero, a Anacleto Ferrer, con quien mantuve una agradable conversación. Parecía que no había pasado el tiempo en los dos. Me dijo que yo estaba igual que siempre. Yo pensé lo mismo y la verdad es que sentí una ternura muy especial al recordar sus clases de Estética y Teoría de las Artes.

Después fui a hablar con José García Roca, que siempre ha sido para todos nosotros el mejor bibliotecario de Alejandría, pues su colección virtual es tan numerosa que puede equipararse a cualquier Biblioteca de la Antigüedad.  El destino quiso que saludara al Maestro García Roca el día de su jubilación. Lo encontré retirando papeles y libros y revisando los apuntes de sus clases. Al encontrarme aquella situación tan entrañable, como ha sido siempre nuestro querido Roca, aproveché un momento tan íntimo para decirle que su magisterio ha sido uno de los más bellos que he recibido en mi vida y que su ejemplo me ayuda a la hora de impartir mis clases. De hecho, cuando mis alumnos me dicen que sé mucho y que no pueden seguir mis explicaciones, me acuerdo de la sabiduría y el conocimiento que disfrutábamos mis compañeros y yo en las clases de Roca, en las que vertía en nuestra alma tanto amor a la sabiduría que solamente podíamos pedirle que no dejara de hacerlo.

Lo cierto es que siempre he pensado que Roca es un Filósofo Crisóstomo y que la delicadeza con la que trasmite sus conocimientos solamente la tienen aquellos que conocen en profundidad los rincones insondables del corazón humano. Y ayer tuve la misma sensación cuando, con todo su cariño, volvió a darme los apuntes de sus clases para que los use yo en las mías. Recordé la primera clase de Pensamiento del Próximo Oriente, en la que nos explicó que íbamos a introducirnos en las culturas de Mesopotamia, Egipto e Israel, y le dije que en mis clases de Religión, Cultura y Valores me acuerdo frecuentemente de cómo nos hablaba de las relaciones estrechas entre las tres culturas. Relaciones que sirven de precedente histórico para el diálogo entre las tres religiones monoteístas, judaísmo, cristianismo y el mahometismo.

Al final, siendo alumno de Roca, uno comprende que verdaderamente la historia es maestra de vida y que aquellos que la olvidan no solamente comenten los mismos errores que nuestros antepasados, sino que son incapaces de asomarse al abismo de nuestra ignorancia, al que siempre hay que acercarse para que el orgullo esté suspendido sobre el vacío infinito de nuestra mente. Una sensación que todos los alumnos de Roca hemos tenido al escucharle y que ha sido una lección de humildad que nos ha impartido con discreción y delicadeza. Porque si hay algo que sabe hacer nuestro querido profesor es cuidar y cultivar los corazones de sus alumnos.

Así lo manifestó ayer cuando me dijo que para él ha sido siempre fundamental la relación con los alumnos. “Para mí, lo más importante son los alumnos”, me dijo. Y puedo dar testimonio de que así es y de que así quiero que sea mi disposición como profesor universitario. Porque la Universidad es ese espacio donde el amor a la verdad puede convertirse en amor al prójimo…

Por esta razón y por la profunda lección de maestría, quiero agradecer a D. José todos estos años que ha dedicado al cultivo de los corazones de sus alumnos, entre los que tengo el privilegio de encontrarme. Solamente puedo decirle que es un ejemplo para todos nosotros y que, cuando pensamos en cómo queremos ser cuando estamos ante nuestros alumnos, pensamos “ojalá pudiera ser como Roca”.

domingo, 29 de agosto de 2021

Los filósofos que dicen "no"


Leonardo Polo decía que una de las operaciones menos desarrolladas en la filosofía clásica era la de negar. A través de la negación se generaliza, se obtienen las ideas generales. Como, por ejemplo, la noción de in-finito. Una idea que no tiene ningún valor real, pero sí simbólico. Es símbolo de lo inasible, de lo que no está a la mano, algo que carece de entidad, precisamente porque se encuentra dentro del límite de nuestro pensamiento. Como símbolo, hace las veces de unificador, pero esa unificación no tiene efecto alguno. Simplemente aporta un anticipo de lo que es insondable. Pero es un anticipo que, si se convierte en una obsesión mental, cierra el pensamiento en sí mismo, privándonos de acceder a cotas intelectuales más altas...

Uno de los ejemplos a los que recurre Polo para explicar el tímido desarrollo de la negación en la filosofía clásica, sobre todo presocrática, es la noción de ápeiron empleada por Anaximandro. Se trata de la negación del péras, de lo limitado, el ente. Contemplando la idea de áperion uno se sitúa intelectualmente ante aquello que es incontrolable y, en consecuencia, algo que, en apariencia, es superior. Por eso, si no me equivoco, Anaximandro consideró que el arjé, el principio de la naturaleza, era lo indeterminado, en tanto que no puede quedar a la mano del hombre y, además, a partir del mismo brotan todos los entes determinados, aquellos que sí que están condicionados por su propio límite. De este modo, Anaximandro concibió que el arjé de la physis, aquello que hace que todo brote y rebrote (eso significa naturaleza), era puramente material, una pura potencia que da forma: de la materia indeterminada brotan los entes determinados.

Sin embargo, si no recuerdo mal, la infinitud fue de nuevo tomada durante el helenismo por los neoplatónicos para referirse al Ser como aquello de lo que no se puede hablar, precisamente porque el Logos, como hipóstasis, era inferior al Ser o Uno. La Unidad, para ejercer como tal, es infinita para tener dentro de sí o para que a partir de sí misma sean los seres finitos. La Unidad es, pues, el no-ser a partir del cual acontece el ser. 

Este camino, partiendo de la finitud de los entes que están por debajo del Uno, conduce al desarrollo de aquello que se llamó teología negativa. Todo esto dicho a grandes rasgos, claro está. Pero lo digo precisamente porque la teología negativa fue uno de los desarrollos más importantes de la historia de la filosofía para ver la fecundidad de la operatividad de la negación. Una operación que durante la Edad Media y, sobre todo, durante la Modernidad se ha encabalgado hasta el punto de ser la operación más elevada, por no decir que ha venido para quedarse. Pues el filósofo que no sabe negar parece que no puede llamarse filósofo.

El sujeto moderno es la negación convertida en el eje del pensamiento. Es el cierre de la operatividad intelectual por una idea general que hace las veces de rectora de todo lo que es inferior a ella en términos eidéticos. Así, la idea general de in-finito sujeta todo lo que tiene a la mano cuando es considerada como physis, como primera hipóstasis o como sujeto del pensamiento

Por todo ello, cabe preguntarse qué novedad supone el sujeto moderno como negador operativo dentro del contexto de la historia de la filosofía. Simplemente supone un cambio de papeles. El giro copernicano de los modernos no es más que una descentración del infinito en términos de discurso, a mi modo de ver. Pero, estrictamente, es una postura muy cómoda intelectualmente hablando. Porque lo que los antiguos consideraron un misterio, por ser inefable, los modernos lo han descentrado, privándolo de su belleza, y lo han convertido en el sujetador de una realidad que solamente está en sus cabezas. 

Por esa razón, los modernos están en el claustro de su propio cogito, creyendo que en el monas-terio de su mente (Mónos es Uno, lo solitario e individual) pueden controlar la realidad como si fuera su laborat-orio (ora et labora). La vida monástica del sujeto moderno, esa religiosidad que busca controlarlo todo con el pensamiento, es un enclaustramiento de la razón que solamente sabe decir no a formas más altas de pensamiento que conducen al intelecto a aquella Verdad que es Vida.