domingo, 19 de septiembre de 2021

¿No necesito a Dios en mi vida?


Iglesia del Patriarca, Valencia.
(Por Amparo Ferrando, mi madre)

Esta semana he mantenido una conversación con una persona que afirmó algo que me llegó al alma. Su afirmación fue la siguiente: no necesito a Dios en mi vida. En mi mente filosófica nació una duda rotunda al escucharle, pues pienso que eso es imposible. 

Al incluir en la misma frase “Dios” y “vida” solamente pude pensar que es una contradicción oponer ambos términos. Precisamente pienso que Dios es la Vida en toda su pureza. Dios es la Vida en sí misma y es la fuente de todo nuestro ser personal. Negarlo es negar, pues, nuestra propia vida, porque Él es nuestra identidad, el Origen de nuestro ser.

¿Cómo es posible, sin embargo, afirmar que podemos vivir sin Dios? Precisamente porque esa afirmación no fue realizada en el mismo sentido en el que yo lo estoy pensando. La persona que afirmó con tanta contundencia que Dios no es necesario en su vida estaba pensando que ella no necesitaba la fe para vivir, que la cultura cristiana no es necesaria para vivir nuestra vida cotidiana. Cosa que, de hecho, es posible, sin duda. Pero, aún así, no deja de impactarme. Porque, para mí, Dios es la intimidad más íntima del corazón. Es el Amor que fecunda mi espíritu dándole todo lo que, en verdad, necesita.

Dios es la inquietud del corazón que lo conduce a la perfecta quietud y a la paz auténtica. Y si se afirma que es innecesario se está confirmando el desconocimiento de esa fuente de ternura que es el Creador. Es la verdad de nuestra persona, el espejo vivo en el que reconocemos nuestra identidad eterna, que late en lo profundo de la Vida divina. En el flujo de las Tres Personas Trinitarias se oculta, sutilmente, el canto con el que el Creador pronuncia nuestro nombre desde la eternidad, atrayendo hacia sí nuestra vida, porque la Vida reclama nuestra existencia para que, in-sistiendo en nuestro corazón, descubramos que la Verdad late dentro de nosotros.

En el más profundo centro del corazón de cada persona vive el Creador, donde su Belleza ilumina fogosamente nuestro ser y rasga, con la luminosidad de sus rayos, el velo que oculta, tenuemente, el Ser divino, que subyace y sostiene nuestro ser. Por eso me parece absurdo afirmar que no necesito a Dios en mi vida, porque ya lo necesitamos, porque somos en Él y por Él, porque, aunque la opacidad de nuestro corazón contrito nos impida verle claramente, algún día su Luz limpiará el vidrio de nuestro ser tornándolo transparente, haciendo que el fuego de la Trinidad atraviese nuestra vida, dándonos la Vida verdadera.

Sí, yo necesito a Dios en mi vida…

miércoles, 15 de septiembre de 2021

Lo que me ha enseñado el carboncillo

Mi primer bodegón antes de mandarlo a enmarcar. 
Aula de Pintura del Palacio de los Serrano (10/06/2021) 

Es curioso cuántas cosas puedes aprender dibujando del natural con carboncillo. Este año decidí lanzarme yendo a la Escuela del Palacio de los Serrano, en Ávila. Allí conocí a Álvaro López Tejada, que me ayudó a dar mis primeros pasos con el carboncillo con sus consejos y conversaciones. ¡Qué gran profesor! Ha sido una experiencia fascinante, sobre todo cuando me descubrió “El conocimiento secreto”, de David Hockney, un estudio sobre el uso de la cámara oscura en la historia del arte. Me dio la impresión de que la cámara oscura es una manera de introducirse en el interior de un globo ocular y pintar la luz que atraviesa la abertura donde está la lente que la proyecta. No cabe duda de que la pintura te lleva a estudiar la naturaleza de la mirada y su funcionamiento. 

En la exposición del
Palacio de los Serrano
(14/09/2021)

El órgano de la vista es un instrumento maravilloso con el que la naturaleza nos ha dotado para que podamos conocer la luz… Porque es la luz lo único que conocemos con la vista. La luz y las sombras, claro. Son las sombras las que nos permiten conocer los matices y las diferencias. El volumen, las formas, el espacio, las proporciones…, todo eso desaparece si la luz no acaricia los objetos que están ante nosotros. Una caricia que es una proyección que nos penetra y fecunda nuestra imaginación. 

Mi bodegón expuesto en el
Palacio de los Serrano (14/09/2021)

Con el carboncillo he comprendido que no pintamos cosas que están ante nuestros ojos, sino la luz que se proyecta desde ellos. En cierto modo, es una experiencia lunar. La realidad que percibimos con los sentidos está sujeta al movimiento y al cambio. Nuestra mirada es atravesada por ese cambio, porque la transparencia de nuestra pupila -su nada- nos permite captar y capturar el tiempo de la luz. La pupila proyecta en nuestro interior esa luz que viene de fuera y la retina lo atrapa, por decirlo de algún modo. Se produce, entonces, un complejo proceso de retención de la temporalidad de la luz, que es transformada en imágenes, después conservada como un tesoro en nuestra memoria y articulada por nuestra cogitación. Durante este proceso, en el que la luz es abstraída y separada de la realidad, la luz deja de ser luz y el tiempo pasa a ser intemporal, quedando ambos en la oscuridad de lo profundo de nuestro yo. Así, el yo priva de realidad la luz percibida, desnaturalizándola. Pero aquí no acaba el hecho extraordinario del dibujo. La luz oscura que pertenece a nuestro yo es iluminada por la luz interior de nuestro intelecto agente, que es luz de luz. En la oscura profundidad de nuestro yo, más allá de nuestra esencia, se encuentra la luz activa de nuestro ser, de nuestro intellectus, que ilumina la oscuridad de las formas que hemos des-realizado al separarlas del mundo. Después de la iluminación, llega la proyección, la conversión de la luz interior en trazos, esbozos, encajes, sombreados. Es un continuo acercarse a lo visto, que, por ser luminoso y bañarlo todo, no puede ser capturado totalmente por nosotros. Esa es la razón por la que he comprendido que la pintura es un camino filosófico, porque me sitúa siempre ante el espejo de mi ignorancia, ante los límites de mi conocimiento, y me invita a seguir caminando hacia la Luz de la Verdad.

 

martes, 14 de septiembre de 2021

TU VIDA ES TU CONDENA

Sé que piensas que estás en el Infierno. Aquí debes abandonar toda esperanza. Pero no. Esto no es el abismo donde nada comienza ni nada acaba. Es el lugar donde quiero que estés, el lugar donde un día quisiste abandonarme. No es un abismo, es un círculo del que no se puede salir. Un pozo al que no llega la luz. Es tan profundo que tienes que dormir agarrado a sus paredes para ascender por él. Sé que tú no vas a ser capaz de salir, porque yo escapé haciéndolo más profundo. Lo he sellado para que no puedas bucear las profundidades de sus ríos subterráneos. Son fríos y no quiero que mueras y tengas el consuelo de un final rápido. No. Quiero que escuches mi voz y que sigas agarrando esa lumbre que te impide verme. Esa luz que aprietas con fuerza porque sabes que estoy cerca. Estás donde puedo verte y donde puedo oler tu terror. Ese horror del vacío de tu conciencia. No voy a dejar que me veas. Pero vas a escucharme día tras día. Vas a desear que el sueño no te invada porque sentirás que en cuanto cierres los ojos te toparás con mi rostro esbozado con la sonrisa de mi justicia. Sabes que soy tu delito y que tu traición no tendrá misericordia. Porque quisiste disfrazarte de virtud y, ahora, se ha visto la farsa de toda tu existencia. No hace falta que te denuncie, porque tu vida es tu condena.

viernes, 3 de septiembre de 2021

Gracias, Maestro: un pequeño homenaje a José García Roca



Ayer se me ocurrió acercarme a la Facultad de Filosofía de la Universidad de Valencia, donde estudié mi carrera y donde pude compartir durante cuatro años experiencias inolvidables con mis compañeros y mis profesores. Al volver a la Facultad y recorrer los jardines y los pasillos de aquellos edificios, sentí la libertad que disfruté durante esos años en los que pude ser yo mismo: la libertad de conciencia era la máxima que vivíamos todos los filósofos, fuéramos meros profanos, candidatos o expertos iniciados.

Incluso siendo creyente y abiertamente católico, el espacio de libertad intelectual que disfruté en aquella pequeña Alejandría ha sido la mayor lección filosófica que aprendí con los filósofos valencianos. Para debatir con ellos, bastaba mostrar que en el diálogo había una comprensión mutua de ambas posturas. Es decir, que era necesario un encuentro personal e intelectual que permitiera una pre-comprensión de la visión del mundo del otro para poder hablar con él. Después de eso, se daba el auténtico diálogo, aquel que es fecundo, real y sincero, gracias al que surge verdadera amistad.

Esa sensación la volví a tener ayer, cuando saludé, primero, a Anacleto Ferrer, con quien mantuve una agradable conversación. Parecía que no había pasado el tiempo en los dos. Me dijo que yo estaba igual que siempre. Yo pensé lo mismo y la verdad es que sentí una ternura muy especial al recordar sus clases de Estética y Teoría de las Artes.

Después fui a hablar con José García Roca, que siempre ha sido para todos nosotros el mejor bibliotecario de Alejandría, pues su colección virtual es tan numerosa que puede equipararse a cualquier Biblioteca de la Antigüedad.  El destino quiso que saludara al Maestro García Roca el día de su jubilación. Lo encontré retirando papeles y libros y revisando los apuntes de sus clases. Al encontrarme aquella situación tan entrañable, como ha sido siempre nuestro querido Roca, aproveché un momento tan íntimo para decirle que su magisterio ha sido uno de los más bellos que he recibido en mi vida y que su ejemplo me ayuda a la hora de impartir mis clases. De hecho, cuando mis alumnos me dicen que sé mucho y que no pueden seguir mis explicaciones, me acuerdo de la sabiduría y el conocimiento que disfrutábamos mis compañeros y yo en las clases de Roca, en las que vertía en nuestra alma tanto amor a la sabiduría que solamente podíamos pedirle que no dejara de hacerlo.

Lo cierto es que siempre he pensado que Roca es un Filósofo Crisóstomo y que la delicadeza con la que trasmite sus conocimientos solamente la tienen aquellos que conocen en profundidad los rincones insondables del corazón humano. Y ayer tuve la misma sensación cuando, con todo su cariño, volvió a darme los apuntes de sus clases para que los use yo en las mías. Recordé la primera clase de Pensamiento del Próximo Oriente, en la que nos explicó que íbamos a introducirnos en las culturas de Mesopotamia, Egipto e Israel, y le dije que en mis clases de Religión, Cultura y Valores me acuerdo frecuentemente de cómo nos hablaba de las relaciones estrechas entre las tres culturas. Relaciones que sirven de precedente histórico para el diálogo entre las tres religiones monoteístas, judaísmo, cristianismo y el mahometismo.

Al final, siendo alumno de Roca, uno comprende que verdaderamente la historia es maestra de vida y que aquellos que la olvidan no solamente comenten los mismos errores que nuestros antepasados, sino que son incapaces de asomarse al abismo de nuestra ignorancia, al que siempre hay que acercarse para que el orgullo esté suspendido sobre el vacío infinito de nuestra mente. Una sensación que todos los alumnos de Roca hemos tenido al escucharle y que ha sido una lección de humildad que nos ha impartido con discreción y delicadeza. Porque si hay algo que sabe hacer nuestro querido profesor es cuidar y cultivar los corazones de sus alumnos.

Así lo manifestó ayer cuando me dijo que para él ha sido siempre fundamental la relación con los alumnos. “Para mí, lo más importante son los alumnos”, me dijo. Y puedo dar testimonio de que así es y de que así quiero que sea mi disposición como profesor universitario. Porque la Universidad es ese espacio donde el amor a la verdad puede convertirse en amor al prójimo…

Por esta razón y por la profunda lección de maestría, quiero agradecer a D. José todos estos años que ha dedicado al cultivo de los corazones de sus alumnos, entre los que tengo el privilegio de encontrarme. Solamente puedo decirle que es un ejemplo para todos nosotros y que, cuando pensamos en cómo queremos ser cuando estamos ante nuestros alumnos, pensamos “ojalá pudiera ser como Roca”.

domingo, 29 de agosto de 2021

Los filósofos que dicen "no"


Leonardo Polo decía que una de las operaciones menos desarrolladas en la filosofía clásica era la de negar. A través de la negación se generaliza, se obtienen las ideas generales. Como, por ejemplo, la noción de in-finito. Una idea que no tiene ningún valor real, pero sí simbólico. Es símbolo de lo inasible, de lo que no está a la mano, algo que carece de entidad, precisamente porque se encuentra dentro del límite de nuestro pensamiento. Como símbolo, hace las veces de unificador, pero esa unificación no tiene efecto alguno. Simplemente aporta un anticipo de lo que es insondable. Pero es un anticipo que, si se convierte en una obsesión mental, cierra el pensamiento en sí mismo, privándonos de acceder a cotas intelectuales más altas...

Uno de los ejemplos a los que recurre Polo para explicar el tímido desarrollo de la negación en la filosofía clásica, sobre todo presocrática, es la noción de ápeiron empleada por Anaximandro. Se trata de la negación del péras, de lo limitado, el ente. Contemplando la idea de áperion uno se sitúa intelectualmente ante aquello que es incontrolable y, en consecuencia, algo que, en apariencia, es superior. Por eso, si no me equivoco, Anaximandro consideró que el arjé, el principio de la naturaleza, era lo indeterminado, en tanto que no puede quedar a la mano del hombre y, además, a partir del mismo brotan todos los entes determinados, aquellos que sí que están condicionados por su propio límite. De este modo, Anaximandro concibió que el arjé de la physis, aquello que hace que todo brote y rebrote (eso significa naturaleza), era puramente material, una pura potencia que da forma: de la materia indeterminada brotan los entes determinados.

Sin embargo, si no recuerdo mal, la infinitud fue de nuevo tomada durante el helenismo por los neoplatónicos para referirse al Ser como aquello de lo que no se puede hablar, precisamente porque el Logos, como hipóstasis, era inferior al Ser o Uno. La Unidad, para ejercer como tal, es infinita para tener dentro de sí o para que a partir de sí misma sean los seres finitos. La Unidad es, pues, el no-ser a partir del cual acontece el ser. 

Este camino, partiendo de la finitud de los entes que están por debajo del Uno, conduce al desarrollo de aquello que se llamó teología negativa. Todo esto dicho a grandes rasgos, claro está. Pero lo digo precisamente porque la teología negativa fue uno de los desarrollos más importantes de la historia de la filosofía para ver la fecundidad de la operatividad de la negación. Una operación que durante la Edad Media y, sobre todo, durante la Modernidad se ha encabalgado hasta el punto de ser la operación más elevada, por no decir que ha venido para quedarse. Pues el filósofo que no sabe negar parece que no puede llamarse filósofo.

El sujeto moderno es la negación convertida en el eje del pensamiento. Es el cierre de la operatividad intelectual por una idea general que hace las veces de rectora de todo lo que es inferior a ella en términos eidéticos. Así, la idea general de in-finito sujeta todo lo que tiene a la mano cuando es considerada como physis, como primera hipóstasis o como sujeto del pensamiento

Por todo ello, cabe preguntarse qué novedad supone el sujeto moderno como negador operativo dentro del contexto de la historia de la filosofía. Simplemente supone un cambio de papeles. El giro copernicano de los modernos no es más que una descentración del infinito en términos de discurso, a mi modo de ver. Pero, estrictamente, es una postura muy cómoda intelectualmente hablando. Porque lo que los antiguos consideraron un misterio, por ser inefable, los modernos lo han descentrado, privándolo de su belleza, y lo han convertido en el sujetador de una realidad que solamente está en sus cabezas. 

Por esa razón, los modernos están en el claustro de su propio cogito, creyendo que en el monas-terio de su mente (Mónos es Uno, lo solitario e individual) pueden controlar la realidad como si fuera su laborat-orio (ora et labora). La vida monástica del sujeto moderno, esa religiosidad que busca controlarlo todo con el pensamiento, es un enclaustramiento de la razón que solamente sabe decir no a formas más altas de pensamiento que conducen al intelecto a aquella Verdad que es Vida.

viernes, 27 de agosto de 2021

Amar en tiempos de hedonismo

Habitualmente me dicen que soy cursi. Probablemente sea cierto. Sin embargo, me da absolutamente lo mismo. Es lo que tiene ser un pequeño romántico en tiempos de hedonismo. Cuando la felicidad queda reducida a un orgasmo anónimo, el rostro del otro se vuelve irreconocible o una mera máscara mortuoria. He hablado con muchas personas que tenían menos vida que el busto de Nefertiti. Y lo cierto es que antes sentía lástima y buscaba la manera de sacarlas de su vacío. Pero creo que no se puede llenar un corazón que ha perdido la esperanza de amar y de vivir en la verdad. Porque el cinismo es la peor enfermedad del alma...

Así que esta entrada la dedico a los cursis, a aquellas personas que sobreviven en un mundo en el que la esperanza es vista como una niñería. Simplemente para comunicarles que a ellas les pertenece el mundo. Porque los corazones vacíos son incapaces de poseer nada, porque no se poseen a sí mismos. Es la mejor forma de definir la esclavitud. Por eso Hegel se equivocó con su dialéctica del amo y del esclavo. Porque la libertad no depende de un proceso de reconocimiento. Sino que consiste en no estar inmerso en ningún proceso. Algo que ocurre cuando el corazón despierta y descubre que está más allá de la lógica de mercados.

Es posible que Pascal acertara, en algún sentido, al decir aquello de que el corazón tiene razones que la razón no entiende. La razón es una facultad muy provechosa, te ayuda a separar, distinguir y discernir. Pero es incapaz de unificar lo que ha dividido. Esa tarea le corresponde a otra parte de nosotros mismos que es capaz de simbolizar, de unificar lo que la razón ha dividido. Ahí es donde el corazón expresa toda su capacidad simbólica, el poder del symbállein frente al diabállein racional.

La actitud de quienes prefieren quedarse con el diabállein de la razón puede llegar a ser tremendamente cruel frente a la de los que confían en el poder simbólico del corazón, de la intimidad de la persona, donde reside su ser. Ello se debe a que, al quedarse en lo que separa, lo que divide, se encuentran ante la ignorancia y ocultamiento de su ser. Porque la razón solamente se ocupa de lo que no es ella misma y gestiona cosas que no son el ser de la persona, sino una réplica de otros seres. Ese es el motivo por el cual la mera razón conduce al absoluto desconocimiento de sí y a la desesperanza. Porque la razón se encuentra en un nivel inferior al del corazón, que es más profundo, más alto, más... divino. 

Y cuando se niega lo divino, que es eterno, lo diabólico se vuelca en aquello que la razón tiene a mano, como puede ser el mero placer físico. Así, solamente puede conformarse uno con placeres temporales, que resuenan como una escultura de bronce, quizá menos endurecida que el corazón olvidado que desconoce. De este modo, nos encontramos, así, inmersos en esta cultura del capitalismo hedonista que reduce todo trato a trata, que simplifica la felicidad al mero orgasmo de dos cuerpos, quizá uno, insatisfechos porque son incapaces de escrutar el infinito de la pupila del otro, donde se puede contemplar el propio rostro. Y se pierde, entonces, la oportunidad de comunicar el propio ser al otro con un abrazo amoroso y sincero, aconteciendo, de este modo, la profunda capacidad simbólica que tienen dos corazones que se abrazan verdaderamente. 

Pero no nos vamos a poner pesimistas aquí. Porque el que escribe no lo es en modo alguno. Cabe superar la razón diabólica, aquella que se cree suficiente, y llegar a la vida simbólica del corazón. Aquella que vive y se deleita con la eternidad, que es puro crecimiento amoroso, y abandonar aquellos supuestos que privan a la persona de una mirada limpia y esperanzada. Cabe pensar de otra manera. Cabe vivir por todo lo alto si se piensa a lo grande. Porque la verdad del corazón estalla en algún momento, abriendo un futuro que no deja de serlo nunca...

miércoles, 25 de agosto de 2021

La verdad del canto


Ayer se celebró una fiesta grande en Ávila: la fundación del primer Carmelo Descalzo, el Convento de San José. La presencia de Santa Teresa de Jesús en la capital abulense sigue a pesar de que pase el tiempo. Porque la andariega abrió el corazón de sus hijos espirituales y les dio la oportunidad de vivir las primicias del Reino de Dios: la sencillez de la vida teresiana te permite experimentar en qué consiste aquel "sed como niños" que predicaba Jesús de Nazaret...

Sin embargo, como tengo la costumbre de ir al Monasterio de la Encarnación, donde Santa Teresa vivió gran parte de su vida, fui a la celebración de la Misa de las ocho de la tarde. Aunque, ciertamente, todos los Carmelos Descalzos son el mismo. Así que puedo decir que también estuve en el de San José con el corazón...

Tras comulgar, durante la acción de gracias, las Carmelitas cantaron una canción que me hizo reflexionar un poco. La verdad es que tengo la mala costumbre de pensar demasiado las cosas. Es lo que tiene intentar ser filósofo. Pero, escuchando la canción, re-cordé que cuando se contempla la Verdad, la manifestación más expresiva de tal encuentro es el canto. Algo que le gustaba decir a Leonardo Polo, para quien la forma más alta de filosofía es cantar. Y las Carmelitas lo hacen divinamente.

La canción que entonaron las hijas de Teresa decía así: alma, buscarte has en mí. Creo que es una frase preciosa. Revela la verdad fundamental de la persona humana. Aquella que comprende que nuestra identidad solamente la podemos descubrir en la mirada de Dios, en las tres personas de la Santísima Trinidad. Nuestra búsqueda personal, es decir, la de la verdad de nuestro ser, solamente puede culminar en la contemplación de Dios. Es en la mirada divina y desde ella donde nuestro ser se des-vela o, más bien, donde, como decía San Juan de la Cruz, se "rompe la tela de este dulce encuentro".

A Leonardo Polo le gustaba hablar de la persona como adverbio. Es lo que él denominó el carácter de además. Esto significa que el ser personal de la criatura es y crece en el Verbo de Dios y desde Él. Es decir, que requiere la iniciativa divina para que ese encuentro y ese crecimiento libre se dé sin restricciones. 

La importancia de la mirada de Dios quedó manifiesta en la lectura del Evangelio. En ella se da el encuentro entre Jesús y Natanael. Este pasaje expresa claramente lo que es la vida adverbial, es decir, aquella en la que la mirada del Verbo te eleva más allá de los límites del propio yo cuando está ensimismado. Así estaba Natanael debajo de la higuera cuando Jesús lo vio. Pero la mirada de Jesús lo saca de sí mismo y le revela cuáles son sus sentimientos más íntimos. Algo que hace que el joven israelita quede embriagado por la fuerza de la mirada de Jesús. Por eso le dice el Nazareno: ¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores.

Se puede decir que en la mirada de Cristo podemos ver reflejada la Luz de la Trinidad. Ese encuentro es totalmente liberador, pues nos permite experimentar la fecundidad de la vida ad-verbial. Una vida que nos lleva a cantar como lo hacen las Carmelitas Descalzas.

Por eso, solamente cabe decir: alma, buscarte has en mí...

viernes, 23 de julio de 2021

El Karm-El

Hoy he visto a una de tus hijas entrar en la viña de Dios, tu Karm-El: María Eva de la Santísima Trinidad. Le he preguntado cómo eres. Le han faltado palabras, pero la pasión con la que ha hablado de Ti me ha dejado claro que habitas en los corazones sencillos, en aquellos que, con humildad, ponen su deseo más profundo, gracias a tu Misericordia, en la simplicidad de Tu Corazón. ¡Qué Misterio tan asombroso! Tus hijas del Carmelo Descalzo desnudan el alma de los que hablan con ellas y nos conducen a Tu Presencia. Aquí sobra nuestro pensamiento, que es incapaz de penetrar con la razón el Amor insondable con el que guías nuestros corazones hacia Ti. Ojalá me permitas derribar la gran muralla de mi libertad, aquella con la que me defiendo de tu suavidad y delicadeza, de tu paciencia y espera...

viernes, 9 de julio de 2021

Gracias, Babilonia

Nací en el reino terrero, con la esperanza de que allí se cumpliera tu voluntad. Crecí seguro, confiado, pensando que ese espacio era el único lugar del mundo donde podía encontrarte. Pero decidiste desterrarme y, como a José, me diste la oportunidad de escucharte en países extranjeros. En Babilonia he conocido Tu Presencia. Ya no está reducida por los muros del Templo. Es en mi corazón donde habitas, donde el Reino es eterno y verdadero, porque eres Tú.

lunes, 5 de julio de 2021

Constancia e insistencia

The Passion of the Christ (Infografía)

Qué gran don debe ser la libertad, Señor, para que, como Creador, la permitas... Debe ser algo demasiado preciado para Ti. En tu mirada atravesada por el dolor se refleja mi rostro inclemente. Te miro retándote, gritando que tu poder creador es inútil, porque tu Amor no es lo suficientemente grande como para transformar mi corazón de piedra. A veces me pregunto cómo es posible tu paciencia ante mi indiferencia y escepticismo. No meto el dedo en la llaga de tu costado como Tomás para comprobar que has resucitado, sino para seguir poniendo a prueba tu Misericordia. Parece que me guste sentir tu cuerpo muerto y tibio, vacío de vida, como si ello significara que, por fin, has dejado de insistir y de intentar penetrar mi corazón con tu delicadeza. Pero no. Ante tu cuerpo sin aliento no contemplo la muerte de Dios. Me encuentro ante el vacío de mi alma, que no es capaz de acoger el Misterio de la Redención ni de mirar la Eucaristía con la mirada de la fe. Y, sin embargo, sigues ahí. Porque el Amor no depende únicamente de mi respuesta, sino de tu constancia, de tu insistencia. O, simplemente, es eterno y... libre.

jueves, 24 de junio de 2021

¿En el Principio era la Palabra?

Negativo de la imagen de la Síndone de Turín (Infografía)

Hoy me han preguntado por Ti. Querían saber cómo apareces, qué hay que hacer para encontrarte. Pero... ¿acaso hay que hacer algo? ¿Qué sentido tiene hacer algo para que seas cuando ya Eres el que Es? Estamos preocupados por cumplir, por hacer, por merecerte. Me da la impresión de que queremos obtener una recompensa, una deuda que te exigimos porque hemos hecho lo que hay que hacer para poder decir que desde ese momento, desde el instante en el que nuestra acción se realiza en el tiempo, Tú comienzas a ser en nosotros porque te podemos controlar con nuestro obrar. Pero es un comienzo muy pobre porque es eso, un comienzo. Y lo cierto es que Tú no comienzas a ser. Tú no comienzas ni dejas de ser. Por eso, intentar controlarte con nuestras obras es una manera de decir que no existes, porque queremos crearte con ellas. Pero si es así, no eres el Principio. ¿En el Principio era la Palabra? Sí. Y, porque la Palabra me mira, yo soy. Y, porque la Palabra canta, todo es. Y, porque la Palabra se hace silencio, se escucha la Creación. 

Quizá el silencio nos devuelva al Principio, a la Palabra, a Ti...