domingo, 29 de agosto de 2021

Los filósofos que dicen "no"


Leonardo Polo decía que una de las operaciones menos desarrolladas en la filosofía clásica era la de negar. A través de la negación se generaliza, se obtienen las ideas generales. Como, por ejemplo, la noción de in-finito. Una idea que no tiene ningún valor real, pero sí simbólico. Es símbolo de lo inasible, de lo que no está a la mano, algo que carece de entidad, precisamente porque se encuentra dentro del límite de nuestro pensamiento. Como símbolo, hace las veces de unificador, pero esa unificación no tiene efecto alguno. Simplemente aporta un anticipo de lo que es insondable. Pero es un anticipo que, si se convierte en una obsesión mental, cierra el pensamiento en sí mismo, privándonos de acceder a cotas intelectuales más altas...

Uno de los ejemplos a los que recurre Polo para explicar el tímido desarrollo de la negación en la filosofía clásica, sobre todo presocrática, es la noción de ápeiron empleada por Anaximandro. Se trata de la negación del péras, de lo limitado, el ente. Contemplando la idea de áperion uno se sitúa intelectualmente ante aquello que es incontrolable y, en consecuencia, algo que, en apariencia, es superior. Por eso, si no me equivoco, Anaximandro consideró que el arjé, el principio de la naturaleza, era lo indeterminado, en tanto que no puede quedar a la mano del hombre y, además, a partir del mismo brotan todos los entes determinados, aquellos que sí que están condicionados por su propio límite. De este modo, Anaximandro concibió que el arjé de la physis, aquello que hace que todo brote y rebrote (eso significa naturaleza), era puramente material, una pura potencia que da forma: de la materia indeterminada brotan los entes determinados.

Sin embargo, si no recuerdo mal, la infinitud fue de nuevo tomada durante el helenismo por los neoplatónicos para referirse al Ser como aquello de lo que no se puede hablar, precisamente porque el Logos, como hipóstasis, era inferior al Ser o Uno. La Unidad, para ejercer como tal, es infinita para tener dentro de sí o para que a partir de sí misma sean los seres finitos. La Unidad es, pues, el no-ser a partir del cual acontece el ser. 

Este camino, partiendo de la finitud de los entes que están por debajo del Uno, conduce al desarrollo de aquello que se llamó teología negativa. Todo esto dicho a grandes rasgos, claro está. Pero lo digo precisamente porque la teología negativa fue uno de los desarrollos más importantes de la historia de la filosofía para ver la fecundidad de la operatividad de la negación. Una operación que durante la Edad Media y, sobre todo, durante la Modernidad se ha encabalgado hasta el punto de ser la operación más elevada, por no decir que ha venido para quedarse. Pues el filósofo que no sabe negar parece que no puede llamarse filósofo.

El sujeto moderno es la negación convertida en el eje del pensamiento. Es el cierre de la operatividad intelectual por una idea general que hace las veces de rectora de todo lo que es inferior a ella en términos eidéticos. Así, la idea general de in-finito sujeta todo lo que tiene a la mano cuando es considerada como physis, como primera hipóstasis o como sujeto del pensamiento

Por todo ello, cabe preguntarse qué novedad supone el sujeto moderno como negador operativo dentro del contexto de la historia de la filosofía. Simplemente supone un cambio de papeles. El giro copernicano de los modernos no es más que una descentración del infinito en términos de discurso, a mi modo de ver. Pero, estrictamente, es una postura muy cómoda intelectualmente hablando. Porque lo que los antiguos consideraron un misterio, por ser inefable, los modernos lo han descentrado, privándolo de su belleza, y lo han convertido en el sujetador de una realidad que solamente está en sus cabezas. 

Por esa razón, los modernos están en el claustro de su propio cogito, creyendo que en el monas-terio de su mente (Mónos es Uno, lo solitario e individual) pueden controlar la realidad como si fuera su laborat-orio (ora et labora). La vida monástica del sujeto moderno, esa religiosidad que busca controlarlo todo con el pensamiento, es un enclaustramiento de la razón que solamente sabe decir no a formas más altas de pensamiento que conducen al intelecto a aquella Verdad que es Vida.

viernes, 27 de agosto de 2021

Amar en tiempos de hedonismo

Habitualmente me dicen que soy cursi. Probablemente sea cierto. Sin embargo, me da absolutamente lo mismo. Es lo que tiene ser un pequeño romántico en tiempos de hedonismo. Cuando la felicidad queda reducida a un orgasmo anónimo, el rostro del otro se vuelve irreconocible o una mera máscara mortuoria. He hablado con muchas personas que tenían menos vida que el busto de Nefertiti. Y lo cierto es que antes sentía lástima y buscaba la manera de sacarlas de su vacío. Pero creo que no se puede llenar un corazón que ha perdido la esperanza de amar y de vivir en la verdad. Porque el cinismo es la peor enfermedad del alma...

Así que esta entrada la dedico a los cursis, a aquellas personas que sobreviven en un mundo en el que la esperanza es vista como una niñería. Simplemente para comunicarles que a ellas les pertenece el mundo. Porque los corazones vacíos son incapaces de poseer nada, porque no se poseen a sí mismos. Es la mejor forma de definir la esclavitud. Por eso Hegel se equivocó con su dialéctica del amo y del esclavo. Porque la libertad no depende de un proceso de reconocimiento. Sino que consiste en no estar inmerso en ningún proceso. Algo que ocurre cuando el corazón despierta y descubre que está más allá de la lógica de mercados.

Es posible que Pascal acertara, en algún sentido, al decir aquello de que el corazón tiene razones que la razón no entiende. La razón es una facultad muy provechosa, te ayuda a separar, distinguir y discernir. Pero es incapaz de unificar lo que ha dividido. Esa tarea le corresponde a otra parte de nosotros mismos que es capaz de simbolizar, de unificar lo que la razón ha dividido. Ahí es donde el corazón expresa toda su capacidad simbólica, el poder del symbállein frente al diabállein racional.

La actitud de quienes prefieren quedarse con el diabállein de la razón puede llegar a ser tremendamente cruel frente a la de los que confían en el poder simbólico del corazón, de la intimidad de la persona, donde reside su ser. Ello se debe a que, al quedarse en lo que separa, lo que divide, se encuentran ante la ignorancia y ocultamiento de su ser. Porque la razón solamente se ocupa de lo que no es ella misma y gestiona cosas que no son el ser de la persona, sino una réplica de otros seres. Ese es el motivo por el cual la mera razón conduce al absoluto desconocimiento de sí y a la desesperanza. Porque la razón se encuentra en un nivel inferior al del corazón, que es más profundo, más alto, más... divino. 

Y cuando se niega lo divino, que es eterno, lo diabólico se vuelca en aquello que la razón tiene a mano, como puede ser el mero placer físico. Así, solamente puede conformarse uno con placeres temporales, que resuenan como una escultura de bronce, quizá menos endurecida que el corazón olvidado que desconoce. De este modo, nos encontramos, así, inmersos en esta cultura del capitalismo hedonista que reduce todo trato a trata, que simplifica la felicidad al mero orgasmo de dos cuerpos, quizá uno, insatisfechos porque son incapaces de escrutar el infinito de la pupila del otro, donde se puede contemplar el propio rostro. Y se pierde, entonces, la oportunidad de comunicar el propio ser al otro con un abrazo amoroso y sincero, aconteciendo, de este modo, la profunda capacidad simbólica que tienen dos corazones que se abrazan verdaderamente. 

Pero no nos vamos a poner pesimistas aquí. Porque el que escribe no lo es en modo alguno. Cabe superar la razón diabólica, aquella que se cree suficiente, y llegar a la vida simbólica del corazón. Aquella que vive y se deleita con la eternidad, que es puro crecimiento amoroso, y abandonar aquellos supuestos que privan a la persona de una mirada limpia y esperanzada. Cabe pensar de otra manera. Cabe vivir por todo lo alto si se piensa a lo grande. Porque la verdad del corazón estalla en algún momento, abriendo un futuro que no deja de serlo nunca...

miércoles, 25 de agosto de 2021

La verdad del canto


Ayer se celebró una fiesta grande en Ávila: la fundación del primer Carmelo Descalzo, el Convento de San José. La presencia de Santa Teresa de Jesús en la capital abulense sigue a pesar de que pase el tiempo. Porque la andariega abrió el corazón de sus hijos espirituales y les dio la oportunidad de vivir las primicias del Reino de Dios: la sencillez de la vida teresiana te permite experimentar en qué consiste aquel "sed como niños" que predicaba Jesús de Nazaret...

Sin embargo, como tengo la costumbre de ir al Monasterio de la Encarnación, donde Santa Teresa vivió gran parte de su vida, fui a la celebración de la Misa de las ocho de la tarde. Aunque, ciertamente, todos los Carmelos Descalzos son el mismo. Así que puedo decir que también estuve en el de San José con el corazón...

Tras comulgar, durante la acción de gracias, las Carmelitas cantaron una canción que me hizo reflexionar un poco. La verdad es que tengo la mala costumbre de pensar demasiado las cosas. Es lo que tiene intentar ser filósofo. Pero, escuchando la canción, re-cordé que cuando se contempla la Verdad, la manifestación más expresiva de tal encuentro es el canto. Algo que le gustaba decir a Leonardo Polo, para quien la forma más alta de filosofía es cantar. Y las Carmelitas lo hacen divinamente.

La canción que entonaron las hijas de Teresa decía así: alma, buscarte has en mí. Creo que es una frase preciosa. Revela la verdad fundamental de la persona humana. Aquella que comprende que nuestra identidad solamente la podemos descubrir en la mirada de Dios, en las tres personas de la Santísima Trinidad. Nuestra búsqueda personal, es decir, la de la verdad de nuestro ser, solamente puede culminar en la contemplación de Dios. Es en la mirada divina y desde ella donde nuestro ser se des-vela o, más bien, donde, como decía San Juan de la Cruz, se "rompe la tela de este dulce encuentro".

A Leonardo Polo le gustaba hablar de la persona como adverbio. Es lo que él denominó el carácter de además. Esto significa que el ser personal de la criatura es y crece en el Verbo de Dios y desde Él. Es decir, que requiere la iniciativa divina para que ese encuentro y ese crecimiento libre se dé sin restricciones. 

La importancia de la mirada de Dios quedó manifiesta en la lectura del Evangelio. En ella se da el encuentro entre Jesús y Natanael. Este pasaje expresa claramente lo que es la vida adverbial, es decir, aquella en la que la mirada del Verbo te eleva más allá de los límites del propio yo cuando está ensimismado. Así estaba Natanael debajo de la higuera cuando Jesús lo vio. Pero la mirada de Jesús lo saca de sí mismo y le revela cuáles son sus sentimientos más íntimos. Algo que hace que el joven israelita quede embriagado por la fuerza de la mirada de Jesús. Por eso le dice el Nazareno: ¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores.

Se puede decir que en la mirada de Cristo podemos ver reflejada la Luz de la Trinidad. Ese encuentro es totalmente liberador, pues nos permite experimentar la fecundidad de la vida ad-verbial. Una vida que nos lleva a cantar como lo hacen las Carmelitas Descalzas.

Por eso, solamente cabe decir: alma, buscarte has en mí...