domingo, 26 de septiembre de 2021

Dios, si es Infinito, ¿puede conocerse?


Escribo esto para aclararme. Porque la claridad y la simplicidad son características propias de lo que es primeramente. Voy a acercarme a aquello que es más simple. No porque sea fácil, sino porque carece de partes. Es decir, aquello que es Uno sin composición alguna, como dirían los neoplatónicos como Proclo.

He estado revisando los Elementos de Teología del filósofo neoplatónico tras conversar con un amigo el pasado viernes por la noche. En la oscuridad de la noche salmantina estuve hablando con Adolfo sobre lo mortal, lo inmortal y lo eterno. Y no pude dejar de pensar en la importancia de redescubrir aquellas nociones metafísicas que tanto alimentaron las mentes de los filósofos antiguos y medievales, para quienes la inmortalidad estaba fundada en aquello que no estaba sujeto al cambio: lo inmóvil, que mueve y no es movido. 

Lo que mueve y no es movido carece de todo comienzo y hace que, sin embargo, se dé tal comenzar. Pero el comenzar no es lanzado hacia la indeterminación, sino que está proyectado hacia su Principio, que es lo inmóvil. Porque lo que no es movido es eternamente porque es un Acto Puro. Esto significa que posee su fin sin que le sea dado por otro y que su fin es poseído por él de manera perfecta y acabada. No obstante, el fin poseído no es terminativo, es decir, no concluye su ser, sino que lo mantiene en el mismo, pues su esencia consiste en ello mismo, en ser. En este sentido, se dice que es Infinito, cosa de la que nos ocuparemos aquí para preguntarnos si es así.

El ser que posee su fin sin que le sea dado por otro es un ser que, de suyo, es uno, porque solamente él es verdaderamente por sí mismo y en sí mismo y hace que todo lo demás sea porque está orientado hacia él. Por eso dice Proclo que toda multiplicidad participa de alguna manera de la unidad. Esto es, que todo lo que percibimos en plural, en su multiplicidad, es porque lo que es Uno es por sí mismo.

Y lo múltiple lo captamos porque en nosotros hay algo uno que lo unifica y lo separa. Hay algo en nosotros que nos permite reunir lo disperso y, por ello, nos indica que eso que lo reúne está por encima de lo múltiple. Proclo dice: todo aquello que deviene unidad lo hace por participación de la unidad. Pero lo que unifica, a la vez, es una no-unidad, porque, en cuanto que unifica, no es lo Uno, ya que está compuesto por lo que no es lo mismo que él. 

Estamos dotados de una capacidad de unificación que, por no ser absolutamente simple, no es una unidad perfecta. Puede ir más allá de lo múltiple, pero no puede ser una totalmente, porque está ante lo múltiple que unifica. Nuestra unidad no se da a sí misma tal unidad, sino que viene de lo que es Uno en sí mismo. Sin embargo, nuestra capacidad de unificar nos indica que podemos ir más allá de lo múltiple y volvernos hacia lo Uno. En consecuencia, dice Proclo: todo aquello que tiene la capacidad de volverse hacia sí mismo es incorpóreo. Precisamente porque no se queda en lo meramente percibido, es decir, no nos quedamos solamente en lo que aparece, lo fenoménico, sino que podemos ir a la causa de la captación del fenómeno, a su origen. Podemos subir a un nivel en el que vemos cómo captamos lo múltiple percibido y, por ello, ese nivel es más unitario y, por tanto, superior. Hay algo en nosotros que mueve lo inferior sin que lo inferior le mueva. 

El nivel en el que podemos distinguir lo pensado del pensar es el intelectual. Es posible distinguir el inteligible de lo inteligente. Nos encontramos en la esfera del intelecto. Y la imagen de la esfera nos puede ayudar a ver esto con más claridad. La esfera puede ser por sí misma precisamente porque hay una imagen que, cuando entra en movimiento, le da forma. Se trata de la imagen de la circunferencia, que es forma de todas las formas de la imaginación. 

Cuando la circunferencia, que no está proyectada en el plano y ni en el tiempo, se vuelve sobre sí, proyecta la esfera. Es una actividad primigenia. De esta manera, la circunferencia, como imagen sin tiempo ni espacio, es símbolo del intelecto que mueve sin ser movido, generando las formas que dependen de él. Dice Proclo: todo aquello que procede del algo y hacia ello se vuelve tiene una actividad circular.

Así, como imagen acabada y que no comienza, la circunferencia es forma de todas las imágenes que comienzan, fuente de espacio (tres puntos de la circunferencia hacen el plano más simple) y del tiempo (todo círculo es proyectado en el plano a partir de la imagen ejemplar de la circunferencia). 

El intelecto tiene como imagen simbólica la circunferencia. Por eso, dice Proclo: el Intelecto es para todas las cosas objeto de deseo, todo procede del Intelecto, todo el universo recibe el ser del Intelecto, aun admitiéndose que el universo sea eterno. Y que sea eterno no impide que proceda del Intelecto, pues el hecho de haber sido formado ab eterno no impide que se haya efectuado una conversión. El universo eternamente procede y es eterno por su ser, está en un estado de perpetua conversión y es indisoluble por su propia constitución

Lo que Proclo está diciendo es que todo lo que existe permanece existiendo porque parte y retorna al principio de su ser, que es el Intelecto que lo ordena. Por eso, todo efecto permanece en su causa, procede de ella y se vuelve hacia ella. El Intelecto Universal mantiene en el ser, en cuanto que lo piensa, a todo lo que existe. Podemos decir que "ser es ser pensado por el Intelecto Universal". En consecuencia, se pueden identificar el Ser y el Intelecto. El Intelecto, como Ser, contiene dentro de sí todos los seres en tanto que los piensa y los atrae hacia sí como fin. 

Sin embargo, ¿qué pasa con lo Uno? Resulta que lo Uno está separado del Ser. Más allá. Es más simple que el Ser o el Intelecto. Porque todo aquello que es Ser en sentido verdadero y propio deriva del Límite y de lo Infinito. De esta manera, Proclo pone la potencia como superior al acto, a lo acabado, porque lo infinito es superior a lo limitado. Lo primero, para Proclo, es Infinito, y por tanto, está más allá de todo límite, de todo pensamiento y, por supuesto, de todo pensar. 

Lo Uno está separado del Intelecto, que limita por ocuparse de lo inferior, de lo múltiple inteligido y lo mantiene unitariamente. Por ello, la Unidad trasciende el Intelecto, porque para ser tal Unidad no puede estar mancillada por la pluralidad, porque es simplicísima. 

Este es el punto al que quería llegar, porque considero que es una contradicción radical. Proclo establece un orden intelectual en todos los seres, salvo en el Uno, que carece de ser, porque el Ser y el Intelecto, que se ocupan de lo múltiple, están mancillados por la pluralidad que les priva de la absoluta simplicidad e infinitud. El Ser y el Intelecto no son infinitos porque son limitados por lo finito. En este sentido, la fuerza de lo inferior sobre lo superior pone en claro que lo superior necesita de lo inferior para ser. Por tanto, ¿es realmente superior? Claramente, no. En este sentido, lo inferior es principio de lo superior: lo limitado causa lo ilimitado, lo pensado causa el pensar y el efecto es causa de su causa...

Aquí podemos ver una contradicción metafísica insostenible que un neoplatónico como Proclo soluciona poniendo la Unidad más allá de todo pensamiento. El recurso a lo inefable e infinito es el más fácil y práctico para no destruir la Unidad y dar muerte a lo divino. Pero es un recurso que tiene un precio muy alto: la Unidad está privada de Logos, de Pensamiento, de Inteligencia, que son inferiores a ella. En consecuencia, el Primer Principio de la realidad, el Uno, es incomprensible para sí mismo por ser Infinito y, así, Proclo introduce una imperfección en su seno que le priva de toda entidad, de toda perfección. El Uno es Potencia Infinita, no Acto Puro, y se torna la Imperfección Suma. Porque si el Uno es para sí mismo incomprensible, ¿qué es? Evidentemente, nada. Podemos decir, siguiendo los pensamientos de Proclo, que su metafísica es nihilista porque Dios es la nada por ser Infinito.

Un Dios que carece de Logos es un Dios que ha muerto y que no puede fundar nada. Nada puede depender de Él. Sin Logos, Dios no es absolutamente nada. No obstante, si en el principio era el Logos y el Logos era Dios, las reglas de juego cambian. Ese Dios que puede pensarse a sí mismo en su seno eternamente sin que lo pensando deje de ser Él mismo ni sea inferior a Él, sino que su Pensamiento queda dentro de su Ser, es un Dios que puede hacer que todo sea, porque puede expresarse y ser, verdaderamente, Creador.

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