miércoles, 15 de septiembre de 2021

Lo que me ha enseñado el carboncillo

Mi primer bodegón antes de mandarlo a enmarcar. 
Aula de Pintura del Palacio de los Serrano (10/06/2021) 

Es curioso cuántas cosas puedes aprender dibujando del natural con carboncillo. Este año decidí lanzarme yendo a la Escuela del Palacio de los Serrano, en Ávila. Allí conocí a Álvaro López Tejada, que me ayudó a dar mis primeros pasos con el carboncillo con sus consejos y conversaciones. ¡Qué gran profesor! Ha sido una experiencia fascinante, sobre todo cuando me descubrió “El conocimiento secreto”, de David Hockney, un estudio sobre el uso de la cámara oscura en la historia del arte. Me dio la impresión de que la cámara oscura es una manera de introducirse en el interior de un globo ocular y pintar la luz que atraviesa la abertura donde está la lente que la proyecta. No cabe duda de que la pintura te lleva a estudiar la naturaleza de la mirada y su funcionamiento. 

En la exposición del
Palacio de los Serrano
(14/09/2021)

El órgano de la vista es un instrumento maravilloso con el que la naturaleza nos ha dotado para que podamos conocer la luz… Porque es la luz lo único que conocemos con la vista. La luz y las sombras, claro. Son las sombras las que nos permiten conocer los matices y las diferencias. El volumen, las formas, el espacio, las proporciones…, todo eso desaparece si la luz no acaricia los objetos que están ante nosotros. Una caricia que es una proyección que nos penetra y fecunda nuestra imaginación. 

Mi bodegón expuesto en el
Palacio de los Serrano (14/09/2021)

Con el carboncillo he comprendido que no pintamos cosas que están ante nuestros ojos, sino la luz que se proyecta desde ellos. En cierto modo, es una experiencia lunar. La realidad que percibimos con los sentidos está sujeta al movimiento y al cambio. Nuestra mirada es atravesada por ese cambio, porque la transparencia de nuestra pupila -su nada- nos permite captar y capturar el tiempo de la luz. La pupila proyecta en nuestro interior esa luz que viene de fuera y la retina lo atrapa, por decirlo de algún modo. Se produce, entonces, un complejo proceso de retención de la temporalidad de la luz, que es transformada en imágenes, después conservada como un tesoro en nuestra memoria y articulada por nuestra cogitación. Durante este proceso, en el que la luz es abstraída y separada de la realidad, la luz deja de ser luz y el tiempo pasa a ser intemporal, quedando ambos en la oscuridad de lo profundo de nuestro yo. Así, el yo priva de realidad la luz percibida, desnaturalizándola. Pero aquí no acaba el hecho extraordinario del dibujo. La luz oscura que pertenece a nuestro yo es iluminada por la luz interior de nuestro intelecto agente, que es luz de luz. En la oscura profundidad de nuestro yo, más allá de nuestra esencia, se encuentra la luz activa de nuestro ser, de nuestro intellectus, que ilumina la oscuridad de las formas que hemos des-realizado al separarlas del mundo. Después de la iluminación, llega la proyección, la conversión de la luz interior en trazos, esbozos, encajes, sombreados. Es un continuo acercarse a lo visto, que, por ser luminoso y bañarlo todo, no puede ser capturado totalmente por nosotros. Esa es la razón por la que he comprendido que la pintura es un camino filosófico, porque me sitúa siempre ante el espejo de mi ignorancia, ante los límites de mi conocimiento, y me invita a seguir caminando hacia la Luz de la Verdad.

 

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