lunes, 3 de enero de 2022

El roscón de reyes y el sentido de la vida


Cada vez que se acercan las fechas de Navidad y Año Nuevo me pongo un poco filosófico. No sé muy bien la razón. Quizá sea porque siento que podría haber dado más de mí mismo a los demás durante el año que se acaba o porque quiero ofrecer algo mejor en el siguiente. La cuestión es que a mí el tiempo de Navidad me vuelve nostálgico y algo taciturno en algunos momentos. 

La tarde de ayer fue uno de esos momentos en los que cierta tristeza se apoderó de mí. Esa que es circunspecta y me lleva a observar con más detenimiento las cosas. De repente, comencé a tener una actitud existencialista y me puse a preguntarme por el sentido de la vida mientras andaba por las calles del centro de Valencia. Lo cierto es que, si describiera todos los pensamientos e impresiones que tuve durante mi paseo, probablemente el lector piense que soy un posmoderno más que ha perdido el norte metafísico. Pero he de decir que mi brújula existencial se aclaró con cierta sencillez. No hizo falta que aconteciera ningún claro de bosque heideggeriano ni tuve una epifanía ontológica

Todas mis dudas y mi perplejidad existencial se convirtieron en algo sencillo y luminoso cuando pasé por delante de una pastelería y vi un roscón de Reyes relleno de nata, con su azúcar y sus frutas de colores por encima. Pasé sin detenerme y con rapidez. Tiempo suficiente para que esa imagen transformara mis reflexiones existencialistas en una claridad de pensamiento típicamente tomista. Ese roscón me llevó a pensar algo muy sencillo: el sentido de la vida está en el amor a las cosas buenas

Seguramente haga falta una explicación más compleja del asunto. Sin embargo, ese roscón me impide elaborar un discurso más erudito. Porque la verdad de ese roscón es tan evidente para mí que no necesito explicación ni demostración alguna. Al menos, no la necesité en ese momento ni la necesito ahora. 

Dicen que todo lo bueno es pecado o engorda. Y puede que sea cierto, si no sabes cómo desearlo. Es decir, si desordenas los bienes, pueden convertirse en males, por tornarse inadecuados. Entonces, esto me lleva a pensar que muchas veces, cuando perdemos el sentido de la vida o no lo encontramos, en realidad lo que hemos perdido es el orden de los deseos. En esto de desear hay que meter cabeza para que el deseo no acabe en una especie de frustración o de apatía. 

Por eso, ese roscón me ha llevado a pensar que un correcto orden de amores requiere un arte de vivir esmerado, paciente, concienzudo. Un arte que comienza con una mirada atenta, abierta al asombro, para contemplar el bien que hay en cada cosa por el mero hecho de ser. Algo que también hay que hacer con nosotros mismos: existir es un bien que hay que aprender a disfrutar sencillamente como algo misterioso y como un don. Un misterio que se esclarece cuando nos dejamos interpelar por la belleza de las cosas que nos rodean y que ilumina nuestra mirada.

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